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8- 9 D 7 LOS DOMINGOS DE IN MEMORIAM Corín Tellado Reina de una literatura de masas Vendió 400 millones de libros. Solitaria y rumiante, no hizo en su vida otra cosa que escribir, a excepción de un matrimonio del que no se sabe con certeza si él la abandonó o fue ella la que le puso en fuga POR EDUARDO CHAMORRO e ha dicho de ella que escribía novelas románticas e incluso eróticas. Pero habría torcido el gesto si alguien hubiera mencionado Orgullo y Prejuicio o Historia de O como relatos cercanos a los que ella escribía. Lo suyo eran unas novelas sentimentales cuyo recorrido más complejo se refiere a las intrigas del noviazgo en territorios de elevada competencia, o al tejido de los celos en una máquina de sospechas recurrentes y enérgicas. En el vuelo regular o más bien bajo de esas peripecias podía sorprender, de vez en cuando, y aparecer de repente en lo más alto del Kilimanjaro, entre Clark Gable y Ava Gardner, junto al cadáver del leopardo, sobando la pipa de Hemingway. Se podía fumar cinco paquetes de cigarrillos mentolados diarios. Podía escribir de sol a sol y terminar una novela de 60 folios en un par de jornadas. Podía dar con una puerta cerrada súbitamente, con un inesperado aguacero, con un apagón abalanzado sobre la escena por sorpresa, y aprovechar esas ocasiones para que los sentimientos que narraba adquirieran cuerpo, color y temperatura, descritos entre dientes o a mitad de un murmullo, sin que los rubores del arrebato dieran lugar a una emancipación del deseo en aullidos. Era cuidadosa, sumamente pulcra, pulida y minuciosa según un estilo probablemente indiano, de merienda y azulejos, de talco a media mañana y un perfume cansado al atardecer, tan penetrante como para estimular el homenaje puntual de Boris Izaguirre, a quien ella habría colgado de los pulgares por el simple motivo de hacer de la cursilería el afán de un chisgarabís nervioso. Fue también una maestra insobornable en el recurso a las malas pulgas, con las que supo labrar S FOTOS: EFE Capaz de terminar una novela en un par de jornadas de sol a sol Su obsesiva dedicación literaria le valió la admiración de autores tan sólidos como Mario Vargas Llosa unos pliegues elocuentes en los flancos de la boca, al pie de las comisuras. Cultivaba con el mismo esmero las malas pulgas y el cansancio de ponerlas en práctica sin alzar la voz. Sólo las tenía buenas para con sus nietos, a los que cogía calurosamente en brazos durante el tiempo imprescindible para señalarles con el dedo el mundo al otro lado de la cristalera de su casa en Gijón. El mundo, el mar, la curva de la playa, el fulgor de la costa, las sombrillas, la reverberación de la luz que convierte la piel en terciopelo, la huella de un paseo solitario, una carta abarquillada y dócil al viento en la arena, con el rastro de una saliva traicionada a punto de secarse en un rictus de venganza. Le gustaban las historias que transcurren en silencio y aprovechan la penumbra para el movimiento distraído de los personajes. Sabía hacer de los usos y costumbres provincianos un master en disimulos. Podía llevar el calor animal y la flexibilidad botánica de lo morboso a una prosa mineral, acicalada y concisa con la que abordaba las cosas entre hombres y mujeres como si fueran anécdotas de la vida en un acuario. El margen de su imaginación coincidía con las puertas de los reservados y la reserva de habitaciones en los hoteles del extrarradio. La fidelidad masiva de sus lectores consistía en el acudimiento puntual a lo que callaba o a lo que se podía ver en el punto insinuado cuando su pluma miraba para otro lado. La sagacidad de su simpleza suscitó un extraño fervor entre algunos de sus colegas, dedicados a lo mismo pero con una concepción del mundo y sus tareas diametralmente opuesta. Su obra adquirió así unos perfiles postineros y castizos ante los que se rindieron escritores tan sólidos como Mario Vargas Llosa, capaz de reconocer su admiración por ella al tiempo que la circunstancia de no haber leído una sola de sus novelas. Es cosa que se dice pronto y que pasa a añadirse de inmediato al material con el que se sobresaltan los prestigios. Guillermo Cabrera Infante sí la leyó, y lo hizo con el cuidado de una nostalgia habanera. Descubrió así una fronda de pasiones en el silencio encadenado a trompicones de los sentimientos. El autor de Tres Tristes Tigres le rindió un encendido homenaje a mediados de los Sesenta. Puede que sus novelas encerraran también una acumulación sociológica, manifiesta en el aire de la influencia con la que Juan Marsé creó el contraste imprescindible para el vuelo de un personaje tan genial, vibrante, preciso y legendario como el Pijoaparte de Últimas tardes con Teresa. Tal vez algunos de los caminos de Corín Tellado sean sinceramente increíbles. Murió con 82 años, en su Gijón natal. Sus 4.000 novelas se movieron más que ella.