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24- 25 D 7 LOS DOMINGOS DE En la Casa se recorre la evolución del rococó al neoclasicismo; llegar al Salón de Terciopelos es hacerlo a un lugar único del mundo conocida como de la Colgadura de Valencia no tiene sedas galas, sino de la ciudad del Turia. Los pocos rastros documentales que se conocen de la sedería francesa proceden de las numerosas cartas que el diseñador Françoise Grognard, agente comercial de Pernon, le escribió a éste desde España. En ellas consta, por ejemplo, la dificultad de los bordados de la Saleta Pompeyana y cómo se solventó en parte pintando con acuarela sutiles sombreados perimetrales de los que el Rey se percató de inmediato y con los que se conformó ante la justificación de que si también eso se hubiera bordado habría retrasado mucho el encargo Por cierto, que tras la decapitación de Luis XVI y María Antonieta, al fin y al cabo primos de los Reyes españoles, Grognard tuvo que salir de Madrid tras ordenarse la expulsión de los franceses como medida de protesta (y no menos de prevención) Pero antes había servido para el Salón de Terciopelos las telas que hacen de la Casa de El Pardo una pieza exclusiva en la historia del tejido. Se trata de un terciopelo chiné a la rama, para cuya fabricación debió de ser tejido dos veces, primero en una tela normal donde se imprimiría el dibujo sobre la urdimbre que habría de ser retejida para hacer el terciopelo. Además, el dibujo debía deformarse a lo largo porque la tela se encoge seis veces y eso nos lleva a tal complicación que lo hace excepcional. Los tejedores- -me susurra Pilar Benito- -son unos matemáticos locos con tantos pájaros en la cabeza que si se les cruza un cable te hacen una locura como ésta. Una locura maravillosa y única Y por si todo este escenario para la felicidad fuera poco, en las sillas de todas las salas se tejieron sedas adecuadas a la forma exacta de asientos, respaldos y cenefas; se decoró con frescos de Bayeu, Maella y Vicente Gómez, y estucos y relieves de Ferroni, y espejos, consolas y cornucopias lograron el soberbio atrezzo que recupera su esencia. Porque hoy de nuevo, como lo veía Carlos IV volvemos a ver desde la entrada principal, y a través de la trasera, la fuente del jardín- -que con sumo esmero atiende, como todos los espléndidos jardines de El Pardo, el ingeniero Francisco Tomé- aunque el edificio siga separado del parterre por la cicatriz terrible de la carretera. Allí, bajo el sol de la primavera recién nacida y mientras se dan los últimos toques a la restauración, no hay duda de que haber vuelto a la Casita de El Pardo es un chapuzón en la historia y ante todo un retorno a la belleza. Tejedores, esos matemáticos locos Bordados del respaldo de una de las sillas del Comedor, aún rococó, que vuelve a ser azul. La Sala Pompeyana (izqda. neoclásica, reproduce arquitecturas romanas vadora Pilar Benito- -intenta recrear de una manera racional la naturaleza, de ordenarla, con esa idea muy ilustrada del XVIII. El diálogo entre el interior y el exterior es continuo, como se aprecia magníficamente en el Gabinete de las Fábulas, donde cada guirnalda encierra una de esas parábolas (la de la zorra y las uvas, la del león y el ratón... siendo su único lenguaje el del mundo del campo. No se trata de dominar la naturaleza, sino de ordenarla para su máximo disfrute. Porque viniendo de Palacio, la Casa- -no hablemos de casitas que es un invento contemporáneo, hace el inciso, sino de casas del Príncipe porque están mandadas construir por él- -es una zona de paso hacia los montes y si vas hacia los lados, las ventanas- -que también han vuelto a ser azules- -te ofrecen ese encuentro con la naturaleza De las nueve estancias con que cuenta el palacete, todas excepto dos se adornaron con ricas colgaduras de seda. Las tres salas de menores dimensiones fueron vestidas con bordados españoles y franceses, siendo la del retrete- -de caoba y que se conserva impecable- -la única que ha perdido su adorno textil original, una colgadura bordada en sedas de colores sobre fondo blanco por el mejor bordador de cámara de la época, Juan López de Robredo. El resto, como nos va relatando en nuestro paseo Pilar Benito, se vistió con bellísimas telas servidas por la manufactura más relevante de Europa, establecida en Lyon por Camille Pernon y de la que también fueron clientes Catalina la Grande de Rusia y Napoleón. Sólo la pieza