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29 3 09 FIRMAS Jade Goody, en el centro, bromea junto a unas amigas en la víspera de su boda con Jack Tweed el 21 de febrero de 2009 AP IN MEMORIAM Jade Goody Rota en su agonía, en vivo y en directo Nacida en el desastre, supo aupar su vida sobre el escombro y hacer de su muerte la idea para un entretenimiento millonario, al vender su cáncer terminal a un reality show en televisión POR EDUARDO CHAMORRO urió en público, tal cual había vivido durante sus últimos siete años sin otra cosa que acreditar que el simple hecho de seguir viva. De no ser por el público y por las diversas fórmulas con que se disputan el mercado los medios audiovisuales, Jade Goody habría pasado inadvertida y, con ella, su vida como pieza de un museo universal de la ceniza, la caspa y el mal sabor de boca. Pero el público decidió la explotación de sus días en la feria de une espectáculo que ella supo explotar, a su vez, con atroz desenvoltura. Fue famosa porque hizo famoso un modo de ser desdichado. Fue célebre por su propia celebridad inscrita en una subasta de desgracias. Dio carne al monstruo de las cien cabezas, todas deslenguadas, en el crepúsculo de las vidas ejemplares. Podría haber afirmado Yo soy quien soy y no soy y habría estado en lo cierto. Supo ser la gula de todas las voracidades. Un personaje entre Jonathan Swift y Lewis Carrol. Nunca hubo una muerte tan popular, tan democrática, tan social y tan capitalista como su muerte, sin que se pueda decir que al minuto de estar muerta el espectáculo de su muerte haya entrado en recesión. Es muy probable que alguien ande ya preparando la pócima de una enfermedad mortal que permita prolongar el espectáculo rizando los pormenores del dolor. Pero cabe la duda en cuanto a la invención de una fórmula que reinvente su coraje y el M talento que la llevó del andrajo pendenciero a la calvicie radiante, ejemplar y millonaria. Jade Cerisa Lorraine Goody nació hace veintisiete años en Bermondsey, Londres, como un juguete roto previamente, sin garantía ni esperanza, sin margen de espacio o tiempo entre la fe de vida y el levantamiento del cadáver: era carne de cañón ya en su primer suspiro. Su padre era un drogadicto que se dio a la fuga cuando ella era una niña, una criatura sin tiempo casi para asustarse ni conocimiento para darse a la desesperación ni asiento desde el que considerar la muerte y meditar un suicidio. Quemó las fuerzas de su infancia en el cuidado a su madre, tuerta y con un solo brazo a raíz de un accidente de moto. Esa debió de ser la hoguera y forja de su carácter. No tuvo, en realidad, otra familia que el instinto de supervivencia, y esa fue toda su ideología. Cuando los promotores del Gran Hermano británico se pusieron a buscar protagonistas para su reality show ella les mostró veintiún años de realidad en vena, un líquido turbulento, ardiente, poblado de limaduras, astillas, virutas, grava, polvo y derrubio de una especie en un muy probablemente grave riesgo de extinción. A su lado, Amy Winehouse era una rata de laboratorio. Aquel programa fue la rampa para el lanzamiento de una ayudante de dentista dispuesta a que el mundo mordiera el polvo frente a su desgalichado aplomo y al malhumor de sus modales. Podía lamentar entre blasfemias la falta de alcohol en el programa, y celebrar su abundancia emborrachándose hasta la animalidad, el desnudo, la procacidad y el alarde de una grosería gutural y goteante. Tenía a mayor gloria de su desenvoltura el despliegue de una ignorancia primitiva, selvática. Confundía a voces España con Portugal y no ocultaba la bárbara satisfacción que sentía al ver el pánico puesto en los rostros de quienes la oían hablar naturalmente en inglés, pronunciándolo como su fuera un caballo cuando no un orangután. Insultaba a quienes la corregían como si quisiera que sus palabras fueran dentelladas para descuartizarlos con ellas. Luego recurrió al tumulto de un racismo por el que, a continuación, pidió excusas para completar el retrato de una emponzoñada pantera con piel de escualo y corazón de cordero, redimida en la pantalla que a todos nos iguala con la ficción de una solidaridad hecha adormidera. Primero vendió la desnudez de su vulgaridad, y luego vendió el ropaje de una ternura salvaje. Mostró después la ejemplaridad de su estoicismo ante un cáncer terminal, del que vendió su término cuando llegó su fin. Descubrió el capitalismo en un scanner.