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14- 15 D 7 LOS DOMINGOS DE Porteadores y clientes coinciden en la larga marcha. Los primeros van más cargados... y más deprisa que hablan de un 40- 50 por 100 en la ruta Marangu, conocida como ruta Coca- Cola la más directa, popular y transitada, y que las estadísticas de Rongai y Machame son mayores, pero quién sabe. Machame es más larga, más rompepiernas, pero también la que permite una mejor aclimatación a la altitud y la que regala las vistas más impresionantes sobre el Kibo, el cráter principal del Kilimanjaro. Además, se duerme en tiendas de campaña, no en refugios. Esa fue la ruta que elegimos para atacar la gran montaña nevada que el astrónomo griego Ptolomeo citó en el siglo II en un escrito sobre una tierra misteriosa, habitada por caníbales, situada al sur de lo que hoy es Somalia. El mito adquirió viso de realidad tras las observaciones del misionero alemán Johann Rebmann en 1849, que son recogidas por la Royal Geographical Society. La selva húmeda nos ensaliva hasta llegar a los 3.000 metros de altura. La trocha embarrada serpentea entre helechos arborescentes y gigantescas coníferas desde cuyas ramas los colobos espían la romería. Por esa misma floresta, a pelo, ascendieron el geógrafo alemán Hans Meyer, el alpinista austríaco Ludwig Purtscheller y el guía local Yohana Lauwo hacia la ladera sureste, buscando un paso entre paredes imposibles y flujos de hielo, y después de atravesar el glaciar Ratzel pusieron el pie en el techo de África. Era el 6 de octubre de 1889. En 1926, otro misionero alemán, Richard Reusch, encontró en el cráter principal el cuerpo congelado de un leopardo. El felino se convirtió en un símbolo literario cuando Ernest Hemingway publicó Las nieves del Kilimanjaro un cuento que reflexiona sobre el ocaso de los días y la mortalidad y cuyo epígrafe dice: El Kilimanjaro es una montaña cubierta de nieve, de 5.895 metros de altura, y dicen que es la más alta de África. Su nombre en masai es Ngáje Ngái, la Casa de Dios. Cerca de la cumbre se encuentra el cadáver seco y helado de un leopardo, y nadie ha podido explicarse nunca qué estaba buscando el leopardo por aquellas alturas Sube la marea al alba. Una marea negra, jadeante, que no conoce el desaliento. Son los porteadores, equilibristas en los muros de roca. Algunos cargan bultos inverosímiles sobre sus cabezas. Casi todos suben con más rapidez y agilidad que el mzungu (hombre blanco) que los ha contratado y al que hidratan, alimentan y hacen la cama. Si hay un paso difícil no serán ellos los que caigan, como en las películas de Tarzán, sino el patán llegado de Occidente. Van discretamente equipados en contraste con el uniforme coronel Tapiocca del primer mundo. Sin ellos las posibilidades del 99 por 100 de los turistas serían remotas. A ellos más que a nadie pertenece la montaña. Hemos alcanzado otro piso, de la selva lluviosa al brezal y el páramo, con sus lobelias y senecios gigantes, esas plantas que nos transportan a un mundo misterioso donde los leopardos se pierden, aquejados de mal de altura. Un entretenimiento extra: buscar referencias de picos españoles. Estamos a la altura de Peñalara Alcanzamos el Almanzor, Torrecerredo, Aneto, Mulhacén, Teide... El paisaje entre la meseta de Shira y Barranco Camp es deslumbrante. El camino discurre entre enormes torres de lava petrificadas y laderas salpicadas de bombas volcánicas. Al llegar al campamento la bruma vespertina cede y sale el sol, descubriendo el Kibo, que parece un colo (Pasa a la página siguiente) Amos de la montaña A pocos metros de la cima, los últimos glaciares descansan sobre tierra volcánica. Un contraste sorprendente