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10- 11 D 7 LOS DOMINGOS DE Eugenio de Azcárraga contempla, en el salón de su casa en Valencia, un retrato de su juventud en el que aparece ataviado como alférez del ejército de Franco blica. Y puntualiza: Otra cosa fue la represión y la depuración de la posguerra, que me pareció profundamente injusta Con un tono indefinido de disculpa- -que la que suscribe este artículo no se atreve a escrutar- el ex- combatiente especifica que su formación jesuita no inspiró nunca en él un exagerado sentimiento religioso; tampoco le gustó nunca el saludo hitleriano, razón por la que no se alistó en la Falange. Yo era un conservador liberal, pero la política me importaba un pito Sin embargo, a mediados de 1936, dos de sus primos, tan apolíticos como él mismo, aparecen asesinados en una cuneta de la localidad de Paterna. Entonces supo que su vida corría peligro en territorio republicano. Recurrió entonces a un pariente italiano para salir del país a través de la embajada del país transalpino y poder pasarse al bando sublevado. Allí le facilitaron los documentos necesarios para volver a entrar en España por Navarra, única fisura fronteriza del frente rojo. Una vez en Pamplona, ingresó en el ejército y fue destinado a la batería de lanzaminas de Asturias. Ascendió a oficial y pasó a luchar a Córdoba; de ahí se valió de las influencias familiares para pasar al frente de Aragón. Quería ser de los primeros en entrar a Valencia al terminar la guerra Y efectivamente entró de los primeros, pero como prisionero. Contraviniendo la inclinación a la melancolía y el sentimentalismo de muchos mayores, Eugenio de Azcárraga expone sus recuerdos con cierto desapego, en plena coherencia con la alienación a la que se ve abocado el ser humano en un escenario bélico. La guerra reduce tus instintos a la mera supervivencia, te convierte en un fatalista, porque aceptas que te puede pasar de todo. No piensas que te van a matar, pero llega un momento en que te mueves por inercia, eres un número, pierdes tu personalidad. La ofensiva de las fuerzas republicanas a la ciudad de Teruel en diciembre de 1937, posición que él defendió como alférez de Infantería, talló en su memoria imágenes de terror. Fue un asedio tremendo, en el que el ejército franquista perdió 800 de sus 1.200 hombres. Lo peor no fue ver la muerte vestida de caqui, sino a niños pequeños y mujeres, con su pañuelito, destripados por las bombas. Después de resistir más de veinte días llegó el momento de la derrota, que se saldó con la captura de soldados y oficiales, que fueron confinados en el monasterio de San Miguel de los Reyes de Valencia, y posteriomente en el castillo de Montjuic. ¿Qué se le pasa por la mente a alguien cuando es llevado a un destino incierto? ¿Regurgita el odio de sus entrañas? ¿Se apodera el miedo del corazón? ¿Se refunda el espíritu con una valentía desconocida? No, qué va. Uno está ya atontado, llevas días malcomiendo y sin agua, estás como drogado. Estás casi deseando que pase lo que tenga que pasar Sin películas, así de prosaico. Azcárraga, hombre en el que descubrimos a un interesante iconoclasta del romanticismo bélico, se refiere más a la inconsciencia del joven que a la gallardía del soldado en su relato de cómo saltó del tren en marcha que le trasladaba en enero de 1939 desde Montjuic a Francia, dentro de la maniobra de retirada de las tropas republicanas ante el avance de los nacionales sobre Barcelona. Los prisioneros que se quedaron fueron asesinados días después en Pont de Molins. Yo pensé entonces que habían sido unos cobardes, pero luego comprendí que de haber sido yo mayor o caso de haber tenido mujer e hijos, yo tampoco me habría tirado. De los que sí reunieron valor para saltar, uno se mató en el intento, y otro se hirió en una pierna. Como no podía andar, lo dejamos apoyado en un árbol antes de seguir caminando hasta Francia. ¿Volvieron a saber de él? No, ni nosotros ni su familia. Instinto de supervivencia