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8- 9 D 7 LOS DOMINGOS DE María de la Luz Mejías Correa, el pasado 17 de marzo, con un retrato en el que aparece junto a su marido, el también miliciano Juan Mendoza Casado relato, con palabras que brotan como el agua que fluye por los ríos: sin vigilancias, sin barreras... sin grabadoras, claro. Es la última miliciana. ¿Te has mojado, hijo? le pregunta a uno de los nietos que están presentes en este encuentro y que, embelesado con la historia de su abuela, con la historia de España, ha tirado su vaso de agua fresca sobre el hule de la mesa con brasero, aquí, en las afueras de Badajoz, al lado mismo de donde estuvo presa durante todo un año en varias cárceles antes de ser condenada a seis años y un día) ¿Y por qué? Pregunto todavía se lamenta, al comentar su tan triste e injusto caso de sentencia. Y es aquí y ahora, en este preciso instante, cuando me mira de frente y a los ojos, como buscando en mí una respuesta que yo sí que no tengo. Y me cuesta no bajar la mirada y aguantarle la suya, repleta de fuerza, de vida, de memoria... Tengo la conciencia muy tranquila porque no he hecho daño a nadie. No he matado cobardemente, no he sacado a los hombres de las casas como si fueran borregos camino del matadero... (Su voz está a punto de quebrarse, a punto de ahogarse en la emoción. Se me encoge el corazón y susurro casi para que no me oiga: ¿llora cada vez que está sola y recuerda todo esto? Pero me oye, porque así dice: De tanto que he sufrido, ya no siento ni llanto Y su mente, su mente de luz clara, vuelve a donde ella quería llegar de no haber sido interrumpida por mi torpeza estéril: Corría la sangre por todo el campo de San Juan... (Y me muestra las estremecedoras Lunas de agosto de Justo Vila- ...este es un libro muy importante -subraya- en donde se rescatan los sucesos acaecidos en torno al 14 de agosto de 1936, cuando el teniente coronel Yagüe ocupa Badajoz con sus tropas, que, según Vila, durante horas persiguen y fusilan no sólo a los defensores de la capital extremeña, sino a la población indefensa Y María de la Luz parece enfocada en su última frase, como si no quisiera avanzar, como si quisiera saber el porqué de todo aquello. Quizás por eso la repite de nuevo, aunque con más crudeza todavía: Corría la sangre por los campos de San Juan como agua de río... (La sangre derramada, ¡ay! ¡que no quiero verla! Y el ruiseñor no canta, pero la voz de Lorca lo hará por él horas más tarde, cuando, con los recuerdos vivos de María de la Luz, me acerco a la calle del Obispo por la que en 1936 bajaba la sangre de los fusilados frente a la catedral pa- CASIMIRO MORENO La sangre derramada cense. En algunas de sus piedras aún se observan las huellas terribles de unas balas que nunca debieron dispararse, que no debieron derramar aquella sangre: ¡Que no quiero verla! Que mi recuerdo se quema. Y mientras Lorca me habla, también recuerdo las palabras de María de la Luz: Yo lucharía siempre por la libertad, sin atajos, sin odio pero matar a una persona que está en frente, viéndola, eso no lo haría nunca... ...Y Federico interrumpe de nuevo los recuerdos y rescata el canto perdido de aquel pájaro que oímos por la mañana: ¡Oh ruiseñor de sus venas! No. ¡Que no quiero verla! Que no hay cáliz que la contenga, que no hay golondrinas que se la beban, no hay escarcha de luz que la enfríe, no hay canto ni diluvio de azucenas, no hay cristal que la cubra de plata. No. ¡Yo no quiero verla!