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29 3 09 ACTUALIDAD 1 de abril de 1939 Setenta años del fin de la Guerra Civil María de la Luz La última miliciana Hoy, a sus 93 años y con una mente más clara que el cielo azul, recuerda el horror de un infierno, el de la Guerra Civil española, que ella vivió en primera fila, es decir, en las trincheras POR LUIS MIGUEL DEL BARRIO uele a primavera en Extremadura y resuena en el aire un estallido inevitable de belleza. El campo se tiñe con el blanco puro de las flores y se oyen ecos de Neruda: Quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos Pero hoy, precisamente hoy, no parece el día más propicio para las flores ni para la poesía ni para el amor. ¿O quizás sí? Un coche se encamina hacia las afueras de Badajoz (me piden que no haga pública la dirección) se interna por senderos campestres y aparca frente a una humilde casa en la que vive María de la Luz Mejías Correa, nacida el 3 de marzo de 1916 y alistada en las filas del Ejército Popular de la República con veinte primaveras. Hoy, a sus 93 años y con una mente más clara que el cielo azul, recuerda el horror de un infierno, el de la Guerra Civil española, que ella vivió en primera fila, es decir, en las trincheras. Su testimonio, además de excepcional, es único, pues ya no viven más mujeres españolas que, como ella, combatieran en el ejército rojo Es, por tanto, la última miliciana, la misma que, en un gesto que la honra y la define para siempre, comparte con ABC una conversación de más de tres horas en la mañana del día 17 del presente mes. Es su legado- mi última entrevista dirá luego, al darme un beso imborrable de despedida- justo casi en la víspera del setenta aniversario del final de aquel horror, cuando los muertos eran enterrados como perros en el campo Habla de la guerra, de aquella guerra- ¿también de su guerra? y muy pronto pone los puntos sobre las íes para evitar malos entendidos: Aquello no fue una guerra, sino un engaño y un exterminio. Quien tenía la fuerza era la derecha y el clero. Sin guerra, España hubiera sido como una balsa de aceite Y guarda silencio... Se oye el canto de un ruiseñor en la huerta que ella misma cultiva, en la que, según me explica, ble, entre las colinas doradas que rodean la casa de la última miliciana: Y todo el campo un momento se queda, mudo y sombrío, meditando. Suena el viento en los álamos del río. La tarde más se oscurece y el camino que serpea y débilmente blanquea, se enturbia y desaparece. Mi cantar vuelve a plañir: Aguda espina dorada, quién te pudiera sentir en el corazón clavada. Y la entrevistada se convierte entonces en la entrevistadora: La vida del obrero cuando yo era una muchacha... ¿quieres que te la cuente? (Por supuesto que sí) Para desayunar, sopas y migas; garbanzos para comer, y gazpacho por la noche. Ante esta esclavitud, el obrero se organizó, y por eso mismo vino la guerra... porque eso no les gustaba nada a los ricos Al oírla, se entiende cómo esta mujer ha sido capaz de relatar con su propia voz toda su biografía, condensada en un libro publicado por la Editorial Renacimiento bajo el título de Así fue pasando el tiempo en el que se reflejan ésas sus Memorias de una miliciana extremeña Con la ayuda de uno de sus nietos, Manuel Pulido Mendoza, lo ha sacado a la luz para recordar porque si lo echamos todo en el olvido puede repetirse otra vez Al recordar, le hablo del incendio de iglesias por parte de miembros del Frente Popular, y ella me responde sin dudarlo, como para dejarlo muy claro de una vez por todas y sin necesidad de más debate: Eso lo hicieron los mismos curas para echarle la culpa a los rojos. Los milicianos se refugiaban en las iglesias y luego venían las tropas de Franco y las quemaban... Acaba de pronunciar su nombre. Es el momento, pues, de la pregunta: ¿qué opina del dictador, cómo le define, qué recuerdos guarda de él en su conciencia? Y también contesta de inmediato, como de carretilla, como cuando se dice algo que siempre se dirá en cada momento que uno lo piense o lo recuerde: Franco era una persona criminal porque era quien mandaba matar. Es el culpable auténtico de todo lo que ocurrió ¿Siente rencor hacia él? (Me mira con compasión infinita. Guarda silencio. No está el ruiseñor. Ya se ha ido. ¿Volverá... Y responde entonces: Ya no tengo rencor por nadie, ni siquiera por Franco Y María de la Luz continúa su H planta ajos, habas, fresas, patatas, acelgas... Y el ruiseñor no para de cantar... Y ella le pone letra a la canción del pájaro: No es necesario pelearse; lo que es necesario es el diálogo y la comprensión. Las causas fundamentales de las guerras son el odio y la envidia Y el ruiseñor se marcha con la nueva canción a no se sabe dónde. ¿Quieres que te recite un romance? me pregunta entonces. Y pronuncia de memoria y en voz alta el romance del molinero y el cura: Isabel le dijo a Andrés: ¿No sabes Andrés, que el cura me quiere pisar me quiere pisar el pie? Si es sólo el pie, déjalo que te lo pise si te trae bien de comer Y continúa con su romance hasta el final, sin olvidar ni una línea, sin dudar de nada ni por un momento. De niña- -recuerda- mi padre me contó un manojo de romances Y luego, ya de mayor, asegura que se aficionó a componer sus propios versos: Los pienso y los guardo en la memoria, pues me cuesta mucho escribir. Me encantan los romances Y como siempre, sonríe... Porque a la postre, siempre parece sonreír María de la Luz Mejías Correa... ¿Siempre? Yo no he tenido miedo ni en la trinchera ni en la vida. Nunca he pensado que me van a matar. Siempre he pensado: ya saldremos de este bache y tendremos libertad ¿Acaso esta mujer no tiene miedo ni a la muerte? Tampoco responde. Y remacha: Sólo tengo miedo al dolor, al sufrimiento de no poder hacer nada... -La tarde cayendo está- En el corazón tenía la espina de una pasión; logré arrancármela un día: ya no siento el corazón. Mientras María de la Luz va soñando sus propios caminos, así es como Machado aparece, inevita- El molinero y el cura Sin rencor Y ella repite la frase, aunque con más crudeza todavía: Corría la sangre por los campos de San Juan como agua de río... (La sangre derramada, ¡ay! ¡que no quiero verla!