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22 3 09 HORIZONTES Goa Una Lisboa con sabor a curry Legendario destino hippie en los años setenta, este antiguo enclave portugués ofrece playas idílicas, fiesta a raudales y una herencia colonial tamizada por la tradición india TEXTO Y FOTOS: PABLO M. DÍEZ GOA (INDIA) las playas de Goa, el paraíso hippie de los años 70 en la India, va uno buscando sus interminables noches locas de sexo, drogas y música trance y acaba charlando de lo humano y lo divino con los sacerdotes jesuitas que custodian el cuerpo del santo español Francisco Ja- A Ermita del Buen Jesús, donde reposan los restos de San Francisco Javier vier en la Basílica del Buen Jesús. Así de chocantes son las paradojas en la India, cuyos sempiternos contrastes alcanzan una categoría mística en esta antigua colonia portuguesa donde la influencia de la metrópoli aún sigue a flor de piel. Aderezada, eso sí, con un poquito de curry. Y, si no, que se lo digan a las vendedoras ambulantes que, envueltas en sus finos saris de vivos colores, exponen sus frutas y verduras en plena calle bajo las fachadas amarillas y rojas de viejos edificios de estilo colonial, con sus alargadas ventanas con postigos de madera o sus relucientes azulejos blancos y azules decorados con figuras medievales. La mayoría de ellas recuerdan a los portugueses que, con el propósito de controlar la ruta marítima de las especias de Oriente, llegaron en 1510 a Goa, que se convirtió en su base en la India gracias a sus puertos naturales y sus ríos navegables al interior del subcontinente. En 1542, desembarcaron los primeros misioneros jesuitas, encabezados por san Francisco Javier en su prolija evangelización de Asia. Poco a poco, el control de los portugueses se fue extendiendo por esta región costera bañada por el Mar Arábigo. Cargados de mercancías, los barcos de los comerciantes surcaban el Océano Indico y arribaban a la Vieja Goa, un floreciente centro de negocios que en el siglo XVI llegó a superar en esplendor y riqueza a la propia Lisboa. De aquella época plena de prosperidad aún quedan en pie la catedral de Santa Catalina, un monumental recinto de estilo gótico portugués cuyas obras se prolongaron de 1562 a 1652, y el convento de San Francisco de Asís, del que destaca su ornamentado retablo. Junto a las iglesias de San Cayetano y Santa Mónica, cuyos esbeltos campanarios sobresalen entre la frondosa jungla tropical, resalta la Basílica del Buen Jesús, un destino de pe- regrinación para los católicos indios y de todo el mundo que acuden a ver la urna donde se guardan las reliquias de san Francisco Javier. Tras su muerte en China en diciembre de 1552, el milagro de su cuerpo incorrupto sirvió para canonizar al misionero jesuita, cuyos restos volverán a ser expuestos a los fieles en 2014. Pero, mientras llega ese momento, más vale perderse por las encantadores calles de Panaji (o Panjim) adonde se trasladó la capital del estado en 1843. En esta pe-