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18- 19 D 7 LOS DOMINGOS DE LO PENSARÉ MAÑANA Atrapados en el tiempo POR E. RODRÍQUEZ MARCHANTE i esto fuera el resumen de la semana, y uno, el resumidor, pondría el artículo del domingo pasado y, prácticamente, ni se notaría. Vivimos, desde hace varias, la misma semana con ligerísimos cambios, como ese día de la marmota que se le repetía a Bill Murray en Atrapado en el tiempo Qué desolación. Qué planicie. Qué lugar éste en el que se reproducen fotos, situaciones, frases, personajes y chanchullos como en una película mal montada. Algún nuevo viaje exótico de Garzón, otra ocurrencia de Carod Ro- S cas que caen como piedras en el agua estancada de la crisis, nuevas fotocopias de ilegibles facturas sobre el caso de turno, el asunto de los vascos y las vascas, lo del árbitro, el perpetuo ERE al pensamiento libre, a la cultura no oficial... En fin, nada que no hubiera ocurrido antes. Es como si nuestro Gran Guionista se hubiera atascado y únicamente nos proporcionara flash- back o rodajas de déjà vu hasta el punto de que sólo el calendario nos ofrece la evidencia de que los días pasan. Bueno, el calendario y el peso de la espalda. Esta semana ha estrenado pelí- vira, más medidas pseudoeconómi- cula Almodóvar, y gracias al título, Los abrazos rotos uno no tiene la sensación de que es una que ya había hecho al menos un par de veces. La promoción, la masiva presencia por tierra, mar y aire, la habitual cantinela Almodóvar sí, Almodóvar no, la cosa nostra. Aburrirse y deprimirse ha dejado de ser una elección y se ha convertido en un deber. Y encima, el otro día vino un tipo llamado Paul Krugman, premio Nobel en economía, a borrarle la sonrisa a Zapatero con una frase indigesta: Las perspectivas económicas en España son aterradoras Claro que lo más aterrador no es el panorama económico, sino que a Zapatero ni así se le borra la sonrisa. Menos mal que, al menos en Cataluña lo tienen claro: a educar a la infancia. Ni un niño catalán podrá escaparse de la nueva formación del espíritu nacional, y están confeccionando una Ley para que can- ten y bailen la nueva cultura propia y se eduquen en el cultivo del sentido de pertenencia como miembros de la nación catalana Eso, a los que tengan hijos catalanes les proporciona una tranquilidad y una fe en el futuro impagables. En cuanto se pongan de acuerdo en el tipo de uniforme que han de llevar nuestros hijos, ya se podrá disfrutar de esa gozosa sensación de amparo que anule las peregrinas incertidumbres de la crisis. Estamos en el mejor de los mundos, y sólo hay que decidir la fórmula de hacernos valer en él; y para cada una de esas fórmulas siempre hay a la vista un modelo a imitar: el deporte nos los ofrece a pares; la televisión, a docenas; la política, a puñados, y el mundo empresarial, ese agua cristalina, a manos llenas. ¡Será por ocasiones! ¡Por educación! ¡Será por gente a la que admirar! Pues éste, me temo, también valdrá para la próxima semana. TIRA Y AFLOJA Por César Oroz NO SIEMPRE ES DOMINGO Más allá del gris POR XAVIER PERICAY o sabría decir si la lectura del poema fue antes o después del juego. Y, en el caso de que fuera antes, si tuvo o no tuvo alguna influencia en lo que vino después. Sea como sea, de algo estoy seguro: yo jugué, de joven, a lo mismo a lo que jugó, también de joven, Arthur Rimbaud. A colorear vocales. Pero no como esos niños que, armados de un haz de lápices, van rellenando la tripa de unas letras cuyos contornos aparecen impresos en una hoja de papel. No, lo mío era de palabra. Como lo de N Rimbaud y su poema- -salvadas sean, claro, todas las distancias- Yo le asignaba a cada vocal un color. Su color, el que yo veía irremediablemente unido, como un halo, a la letra. Y lo comentaba con los compañeros de clase. Con aquellos a los que les ocurría lo propio, a veces coincidíamos en la asignación de ciertos colores- -que si la a era roja, por ejemplo, o la e verde- -y a veces no. La discusión, si la había, podía alargarse de forma indefinida. Eso sí, detrás de cada apareamiento no existía razonamiento alguno. Sólo la percepción de cada cual, intransferible. Supongo que no hace falta añadir que, del mismo modo que yo no era Rimbaud, tampoco mis asociaciones eran en absoluto las de su poema. Todo lo anterior me ha venido a la memoria después de leer el interesante reportaje que Pilar Quijada publicó el pasado sábado en el suplemento Salud de ABC. Resulta que lo que yo experimentaba entonces- -y lo que experimentaban, claro, cuantos como yo jugaban a aquel juego- -era una especie de sinestesia. Modesta, ciertamente, y algo tangencial, pero sinestesia al cabo. Nosotros no veíamos colores en las palabras, pero sí en ciertas letras. Lo que ya no me atrevería a afirmar es que la relación se estableciera, como parece preceptivo, entre el sonido de la vocal y el color que dicha vocal traía apareado. O sea, entre sentidos. No, yo creo que lo nuestro era más bien producto de la imaginación. Nos concentrá- bamos en una vocal y, a fuerza de concentrarnos, a esta le salían, como si dijéramos, los colores. En cambio- -y confieso que el hallazgo ha supuesto para mí una revelación- una de las personas sinestésicas que aparecen en el reportaje de Quijada ha estudiado Bellas Artes, por lo que es muy probable que se dedique hoy en día a la pintura. En tal caso, esa persona no hará sino mezclar colores y crear con ellos sensaciones que van mucho más allá de las estrictamente visuales. Es decir, pondrá en práctica una destreza natural- -sin que ello quite, claro, un ápice de valor a lo que su talento acabe destilando- Y luego vendremos los demás y, al contemplar el resultado de su trabajo, nos asombraremos todos de lo que la imaginación, la muy puñetera, habrá sido capaz de producir.