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14- 15 D 7 LOS DOMINGOS DE ÁNGEL CÓRDOBA Ejecución de un camarada. Robert Brasillach, escritor y periodista, colaborador de los alemanes y con el que en su día viajó a Nuremberg y Berlín, es fusilado. Por él han intercedido Valéry, François Mauriac, Cocteau y el mismísimo Albert Camus, pero su defensa no ha servido de nada. Cae en una fuerte depresión, el próximo puede ser él. Morir como un héroe o morir condenado. Prefiere su propia condena, su propio sacrificio. Está harto, harto de todo, de sí mismo, de lo privado, de una mística vacía y una nerviosa espera de aconteceres con muy mal cariz. ¿A qué esperar si lo tiene todo decidido? Para qué seguir con Memorias de Dirk Raspe, para qué preocuparse por Francia, por lo que está ocurriendo. Dicen que hay 30.000 detenidos por la resistencia, podrían encarcelar a medio país. ¿Quién no había colaborado? ¿Cuántos habían rehusado? Francia era un país sumiso. Vichy era la legalidad. ¡La resistencia era ilegal! Lástima tantos errores, tanto judío, tanto burgués, los masones, los comunistas... Llega la venganza. Son todos unos pederastas ¿Cuándo llegará su turno? A él no le tocarán, él se marchará. Así se lo dice a algunos amigos que se encuentra en sus últimos paseos, semioculto por las calles inmediatas a su domicilio, al escondite de Jeramec, en el barrio de Ternes. Dirk Raspe, su último alter ego novelesco, morirá antes que el au- tor. Pierre abandona la novela en las navidades más tristes que París ha conocido nunca. Suspende la redacción de las Memorias de Dirk Raspe. Deja de escribir y pronto dejará de vivir, como lo hiciera Van Gogh con su obra. Lo tenía que haber hecho ya. En fin, en estos meses ha escrito algo más, pero morirá tarde o temprano, pronto. Ha pasado el tiempo de las artes y de la literatura; todo le produce asco, busca lo sobrenatural. La presión de las noticias en los diarios le devuelve a la realidad, observa la reacción de la resistencia sobre la colaboración, la confusión del momento, las intenciones del general de Gaulle, la presión de las partidas de comunistas que tienen tomado París. Todo son listas negras, depuración, comités, venganzas. ¿Miedo? ¿Qué se puede decir? Todavía piensa, escribe e insiste en las mismas letanías fascistas y comunistas, sin perspectivas lógicas y desafiando a toda censura, sin temer la hostilidad de todos. Está muy confundido. Los periódicos se están ensañando con su persona, con el amigo de los nazis, con el que ha sido el último director de la prestigiosa Nouvelle Revue Française, antorcha literaria del país. Madeleine Jacob, periodista judía de los tribunales, se encona con él; la estupenda periodista norteamericana del New Yorker, Janet Flanner, lo de- fiende. Se dicta la orden de busca y captura, Drieu lo lee en el periódico de la mañana; en Le Figaro se anuncia que se ha abierto una instrucción contra su persona, que el escritor es un prófugo. Se acabó. ¿Por qué no ha muerto ya? Puede crear complicaciones a los que le protegen, a los que acudan en su ayuda, y eso no lo quiere. Escribe una nota para su ama de llaves, Gabrielle, y otra para Colette Jeramec, a la que ya ha dejado instrucciones previas para su funeral, que no quiere religioso y desea sea sencillo. No desea presencia masculina, si acaso Malraux y Jean Bernier, el viejo amigo al que hace años que no ve. Que sólo le acompañen las hermanas de Olesia, Bassia y Kissia, y Suzanne Tézenas, si están en París. Sus planes se cumplirán a medias. Muchos de su círculo salen de la ciudad o están muy lejos ya. Lejos de sus deseos, seguirán el féretro sus editores Gallimard y Dicen que hay 30.000 detenidos por la resistencia, podrían encarcelar a medio país. ¿Quién no había colaborado? ¿Cuántos habían rehusado? Francia era un país sumiso El 15 de marzo coloca su rostro y boca frente a un tubo de gas en la cocina, sentado en una silla frente a la pila; previamente ha tomado tres cápsulas de Gardenal Paulhan, que celebran la liberación de París llorando a su complicado amigo, con el que tanto discreparon; y sus más queridos, Boyer, Bernier, Pierre Andreu, los Clément Philippe y Colette. Malraux no podrá estar presente, permanece en el frente lorenés. Ninguna de sus esposas pudieron acudir al sepelio en el cementerio de Neuilly: ni Olesia, ni Colette, y tampoco ninguna de sus amantes importantes. Sus amigas sí. Todas, las judías y las polacas. Christiane Renault encargó la lápida, en ella reza B. À HASSIB, de Beloukia a su poeta de Bagdad en la ficción. La joven viuda K quiso permanecer anónima en todo momento, en vida y muerte de Drieu. El 15 de marzo coloca su rostro y boca frente a un tubo de gas en la cocina, sentado en una silla frente a la pila; previamente ha tomado tres cápsulas de Gardenal, una cantidad mortífera de fenobarbital. Esta vez no fallará. Muere fulminantemente. En la nota que ha dejado a Gabrielle, su ama de llaves, le pide que no le ayude en esta ocasión, le escribe: Déjeme dormir esta vez en otra carta dirigida a Colette, le ruega que ponga sus papeles a buen recaudo, que cuente con Malraux como albacea y organice el funeral previsto. Paul Léautaud, el anciano escritor y periodista del Mercure de France, levanta el cadáver. Pierre Drieu la Rochelle ha muerto y es enterrado en el cementerio de Neuilly- surSeine, en París.