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2- 3 D 7 LOS DOMINGOS DE ne últimamente en un sinvivir a la clase política de la Comunidad Valenciana. La línea se la están cruzando también ahora. En el plazo de un mes se ha sacudido la estupefacción inicial y superado un cierto abatimiento anímico para convencerse decididamente de que la triple P -paciencia, perseverancia, prudencia- -por él siempre invocada le servirá para soportar este ratito largo del que, no tiene dudas, saldrá reforzado. Pero que nadie espere que arremeta contra el juez, menos que acredite el pago de sus trajes si no es el momento oportuno dicen quienes lo conocen. Lo confirmó él mismo en el Foro que este periódico celebró en Madrid el pasado 10 de marzo, donde urdió por otra parte un discurso territorial de profundo calado. A preguntas del director de ABC, Ángel Expósito, dijo: Claro que pago mis trajes Nada más... y nada menos: No lo hubiera asegurado sin contar con la certeza de que está en condiciones de demostrarlo Para desesperación de algunas personas de su equipo, el presidente valenciano maneja con singular destreza los tiempos, lo que le preserva de los pasos en falso, pero le genera también algunas críticas por abonarse a dilaciones en apariencia innecesarias. Se le ha reprochado una excesiva dosificación de su liderazgo, pero es esa estrategia la que al fin y al cabo le ha permitido, no sin enormes dificultades iniciales, convertirse en el presidente valenciano más votado de la historia. No me pidas para ti lo que yo no te pediría para mí La frase, si se quiere hasta un poco cortante, se la espetó Camps a un empresario que acudió de los primeros a felicitarle una vez resultó elegido presidente de la Generalitat Valenciana (mayo de 2003) Con ella, marcaba las distancias con unas formas políticas más extrovertidas, menos regladas, quizá no tan mortificantes para quien asume el cargo como una misión de veinticuatro horas diarias y con un respeto casi sacro por el significado de la institución que representa. Esto es clave para la correcta aprehensión del personaje: la institución ante todo. Las proverbiales desavenencias de Camps con Eduardo Zaplana, su predecesor al frente del Gobierno autonómico, han contribuido a fijar sus coordenadas políticas desde que el ex ministro trazara de un modo expeditivo el camino de la sucesión antes de marcharse a Madrid llamado por José María Aznar. Pero Zaplana nunca se fue del todo. Le costaba. Mucho. Una enormidad. Entonces comenzó una larguísima partida de ajedrez. En el ínterin, desaires, zancadillas, hasta un plante en las Cortes regionales promovido por los afines del Zaplana como contrapunto también ex portavoz parlamentario del PP, hoy reducidos a taifa en la provincia Alicante. El jaque mate del duelo comenzó a tomar cuerpo en el mes de abril de 2004. Tras la convulsa derrota electoral del PP, Zaplana renunciaba a la presidencia del partido en la Comunidad Valenciana. El debate previo fue abierto por algunos de los más reputados políticos locales, caso del consejero Rafael Blasco, aún hoy en labores de gobierno. Éste, con un lejano pasado en las filas del PSOE, describió al presidente valenciano como alguien de fiar Empleó para ello una frase antológica: Yo le compraría un coche de segunda mano En aquella época, Camps contaba con un vehículo más que habituado al taller. Lo sustituyó hace unos meses por uno familiar de gama media, cuando el viejo ya había rendido servicios durante ¡trece años! En noviembre de 2004, fue elegido en Castellón presidente del PP de la Comunidad Valenciana con un puñado apreciable de votos en blanco: el emitido por los zaplanistas. El pasado 18 de octubre, conjurado ya para siempre el peligro de las tutelas, se produjo la reelección en Feria Valencia, el mismo escenario en el que, cuatro meses antes, Mariano Rajoy renovó la confianza de su partido. En esta ocasión, el nivel de respaldo a la candidatura de Camps alcanzó el 98 por ciento. Su hegemonía al frente del PPCV ha fraguado sin puñetazos en la mesa, sin aspavientos, mediante la aplicación de esas dosis de paciencia que ha incorporando como aliada principal a su gestión política. Su auténtico golpe de autoridad se ha limitado en lo esencial a permitir que las cosas maduren por sí solas hasta hacerlas caer por su propio peso. Hoy es, junto a Esperanza Aguirre, el referente territorial más consolidado del Partido Popular. El último estertor de la discrepancia interna en la familia popular valenciana se produjo en diciembre pasado, cuando el candidato a la presidencia en Alicante que representaba la línea oficial se quedó a cinco votos de la victoria. Manuel Pérez Fenoll, alcalde de Benidorm, dispuso del respaldo del aparato regional de la formación, no así de la complicidad del Gobierno autonómico: Camps prohibió a sus consejeros meter en la liza a la institución. De haberlo permitido, acaso hoy el zaplanista José Joaquín Ripoll no presidiría el PP en esa provincia. Pero todo es cuestión de tiempo. Esperanza ha roto la bilateralidad que pretendía Montilla Cuando la presidenta de la Comunidad de Madrid se declaró encantada (Pasa a la página siguiente) Siempre el lado positivo Camps se cuida mucho físicamente. No es difícil verlo haciendo ejercicio en el campo ABC