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22 3 09 EN PORTADA Camps El chico del Poble Nou POR ISAAC BLASCO A Francisco Camps no le castigaron ni en el colegio El presidente de la Generalitat Valenciana se retrotrajo el pasado 19 de febrero a la infancia. A las seis de la mañana de ese día, tuvo noticia por sus colaboradores de que su nombre aparecía ligado a la investigación de la Operación Gürtel, instruida, se ignora con qué grado de rigor, por el juez Baltasar Garzón. Aquel recuerdo infantil, participado al presidente de la Diputación de Valencia, Alfonso Rus, fue algo así como una descarga de conciencia tras dar lectura a una declaración institucional entre los muros seculares del Palau de la calle Cavallers, sede del Gobierno valenciano. En esta declaración, en la que tuvieron mucho que ver los oficios de Federico Trillo, desmintió de plano las acusaciones que le sitúan en un chusco escenario trabado de prebendas y dádivas, se defendió desde la convicción plena de su inocencia, citó a Bertolt Brecht y, sobre todo, valoró la causa en la que se ha visto envuelto como un extraño proceso de secreto de sumario abierto a todo un partido político el PP, cuyas siglas tiene interiorizadas hasta la médula. Más de un cuarto de siglo de militancia en esa formación y un cúmulo de responsabilidades públicas- -concejal, consejero autonómico, secretario de Estado, vicepresidente del Congreso, delegado del Gobierno y, hoy, presidente regional- -sobrevenido en un marco de progresión lógica no han conseguido borrar esa mota de candor que explica la fugaz acometida en su memoria del tiempo feliz, transcurrido entre Poble Nou, una pedanía situada a las afueras de la ciudad de Valencia que confirma punto por punto el tópico de las novelas regionalistas de Blasco Ibáñez, y el Colegio de Jesuitas de la ciudad del Turia, donde, a decir de quienes compartieron con él pupitre, siempre se comportó como un alumno ejemplar. Procedente de una familia de la huerta valenciana, el presidente regional se ufana de tener documentados a todos sus antepasados en esa zona. En concreto, en la alquería Felip, así llamada por el primer miembro de la familia Camps que habitó en ella. Sus familiares ha gestionado negocios relacionados con el transporte en autobús y otros- -extrañas ironías de la vida- -vinculados al pequeño comercio textil. Está muy orgulloso de que su madre, de origen aragonés, todavía trabaje. Ese valor del trabajo, una firme rectitud de comportamiento y un acendrado sentido de la responsabilidad han constituido pautas de conducta asimiladas que ha venido aplicando con posterioridad al ejercicio público. Sus comienzos no fueron precisamente fáciles: militante desde 1982 en Nuevas Generaciones de la entonces Alianza Popular, el veneno de la política le fue inoculado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Valencia. Allí compartió sus inquietudes con el hoy vicesecretario de Comunicación del PP, Esteban González Pons, y Gerardo Camps, vicepresidente económico del Gobierno valenciano. Con ambos sigue manteniendo hoy una relación que trasciende la mera militancia política o el poder. Pero, con todo, ha tenido que aprender a sufrir: de algún modo, su trayectoria es un master en esa materia. Sólo que, ahora como nunca, el padecimiento supura por una herida abierta sobre un tejido personal de valores que enlazan con conceptos ajenos a la política, como la familia, las convicciones morales y, sobre todo, la normalidad, la ansiada normalidad en la vida cotidiana. Es lo que él mismo define como la línea divisoria que nunca se debe pasar Un par de veces se la han cruzado desde que dirige los destinos de la Comunidad Valenciana. La instrumentalización política del accidente del metro de Valencia, en julio de 2006, fue la primera de ellas, y seguramente la más lacerante. Sufría lo indecible cada vez que la oposición proclamaba- -incluso contra el criterio judicial, que decidiría el archivo del caso- -que el siniestro, en el que fallecieron 43 personas, podía haberse evitado. Nunca olvidará aquellos días de sentimientos encontrados en la que una Valencia de luto recibió al Papa Benedicto XVI, él que es profundamente religioso. Los preparativos de la visita del Pontífice le mantuvieron embebido durante semanas. En aquel acontecimiento confluyeron el presidente y Paco el que carece de ambiciones, el que come los sábados con los padres y los domingos con los suegros, el que se para con todo el mundo en cualquier calle de la Comunidad Valenciana, el que adora, en definitiva, esa normalidad que le proporcionan su familia y unos hábitos de vida inocuos, cuando no decididamente austeros sin necesidad de que lo confirme José Tomás García, el controvertido (y supuesto) sastre cuyo testimonio mantie- La divisoria que no se debe pasar Al decir de quienes compartieron con él pupitre en el Colegio de Jesuitas de Valencia, Francisco Camps siempre se comportó como un alumno ejemplar Procedente de una familia de la huerta valenciana, el presidente regional se ufana de tener documentados a todos sus antepasados en esa zona