Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
18- 19 D 7 LOS DOMINGOS DE LO PENSARÉ MAÑANA El Padrino La Biblia, Ibarretxe POR E. RODRÍGUEZ MARCHANTE iempre se acude a esa frase aplastante que ilustra como ninguna otra el poder de convicción: Le voy a hacer una oferta que no podrá rechazar La dice Michael Corleone (Al Pacino) en El Padrino y es justo la frase que uno nunca querría oír de labios con deje italiano. Esta semana se ha podido escuchar otra frase impresionante, precisa, igual de cinematográfica: Mi partido seguirá dirigiendo este país, sea desde donde sea ¡Guau! y con el soniquete muy vasco del hablar de Ibarretxe. A mí, S personalmente, hay otras frases de El Padrino que me han impresionado más que estas dos en lo tocante al poder de convicción: Al final del día su cerebro o su firma estarán en ese contrato O ésa otra, también fina y punzante como el borde de una lezna, que decía Marlon Brando: Algún día, y puede que ese día nunca llegue, acudiré a ti y tendrás que servirme. Hasta entonces, acepta mi ayuda en recuerdo de la boda de mi hija En fin, como ya se ha dicho tantas veces, en El Padrino y en La Biblia está todo. Y leer las Santas Escrituras y ver El Padrino al menos una vez al año debería ser cosa obligatoria para todo aquel que pretenda conocer todas las estancias y aposentos del corazón humano. No podría asegurar, pero casi, que por la frase de Ibarretxe, por el tono aparentemente despreocupado, por la mirada sin fijar, aquí y allá, mientras la dijo, el ex lendakari, o lendakari en funciones, tiene muy rastrilladas al menos las mejores escenas de la película de Coppola. Tal y como está estos días y estará en los próximos la política vasca lo más sensato entre sus coreógrafos principales será mirar dentro de la cama y sacar de allí, antes de entrar en ella, la cabeza del caballo. Mejor sería, de todos modos, que en estos tiempos acudieran antes a La Biblia que a El Padrino pues en ella no habrá menos de un centenar de frases e ideas muy recomendables en la coyuntura. Dejaré caer aquí algunas al voleo, pe- ro cada lector podría tirar las suyas también con cubilete: Si alguien quiere ser el primero, deberá ser el último de todos y servirlos a todos Si alguien te pega en una mejilla, ofrécele también la otra si bien estas dos grandes observaciones no sabría ahora de cierto a quién podría aplicárselas, si a Patxi, a Iñaki, Eguiguren, Basagoiti o a todos, hay otra frase bíblica que parece esculpida para este Ibarretxe desafiante y enigmático del seguiremos dirigiendo este país, sea desde donde sea Es ésa de la parábola de la mujer adúltera en la que Jesús anima a los fariseos a tirar la primera piedra (bueno, en realidad, sólo a los que estén libres de pecado) Pues eso, que da la impresión de que esa frase del ex a lo que anima es a tirar piedras. Lo cual, en el País Vasco sería, poniéndonos en el mejor de los escenarios, una secuencia de El Padrino IV La vendetta TIRA Y AFLOJA Por César Oroz NO SIEMPRE ES DOMINGO Jugando a los médicos POR XAVIER PERICAY N o se alarmen. No me refiero a este juego. O, mejor dicho, sí me refiero a él, pero no en el sentido que suele darle la gente, sino en el que le daba una campaña ya lejana del Ministerio de Sanidad en la que se veía a un presunto abuelito ofrecerle a su presunta nieta un medicamento que acababa de sacar de lo que parecía un botiquín. Como soporte de la imagen, podía leerse: Todavía hay gente que sigue jugando a los médicos Y, algo más abajo, el lema de la campaña: La salud no es ningún juego Por supuesto. Lo que no impide, claro, que cinco años más tarde la gente siga jugando a lo mismo, que es como decir que sigue medicándose o medicando al prójimo sin tener licencia para ello. ¿Por qué razón? Pues, en primer lugar, porque nada hay tan cómodo como resolver los problemas al instante, sin encomendarse a Dios ni al diablo, y en especial cuando estos problemas guardan relación con el malestar o el dolor. Y luego, porque, obrando de este modo, uno se ahorra la visita al médico. O sea, colas y gestiones. O sea, tiempo. Y es que, por más que la sanidad pública haya mejorado en las últimas décadas, sigue dejando mucho que desear. Los ambulatorios no dan abasto, los servicios de urgencias están colapsados, las intervenciones quirúrgicas se posponen sine die Faltan médicos, aseguran los expertos. Sin duda. Pero también sobran enfermos. Y como lo primero parece más fácil de remediar que lo segundo, los responsables de nuestro sistema sanitario se aplican en ello. O, mejor dicho, ponen el grito en el cielo, que no otra cosa es lo que hizo la semana pasada el ministro del ramo, Bernat Soria, al afirmar que en 2025 vamos a necesitar 25.000 médicos más para cubrir las necesidades de la población. Y al proponer, como solución a esa carencia, un plan de choque entre cuyas medidas figuran el aumento del número de plazas en nuestras facultades de Medicina, la contratación de profesionales extranjeros o la repatriación de los médicos españoles que un buen día decidieron emigrar en busca de mejor suerte. Por descontado, la aplicación de estas y otras medidas puede ser efectiva. Pero también puede serlo, insisto, una política que tenga como objetivo la reducción del número de enfermos. O, si lo prefieren, la detección precoz de los imaginarios, de los que, al menor síntoma, se plantan en el ambulatorio o, peor aún, en el servicio de urgencias de un hospital. ¿Y saben cómo puede lograrse, esa disminución? Pues muy sencillo: haciendo pagar a cada ciudadano una cantidad simbólica cada vez que acuda al médico. Ya verán como más de uno se lo piensa dos veces antes de ir. Y es que la salud- -lo recordaba aquella campaña ministerial- -no es ningún juego.