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8 3 09 11- M CINCO AÑOS DESPUÉS La soledad era esto TEXTO: IGNACIO CAMACHO FOTO: IGNACIO GIL A soledad, eso es lo que queda. Más que el dolor, que acaba cerrándose como una lenta herida del tiempo. Más que la rabia, disuelta ya en los primeros días cenicientos de aquel marzo de furia, pólvora y plomo. Más que el miedo, agazapado en la médula como un quiste de la libertad. Queda la soledad, el desamparo, el vacío, el hueco sin medida del abandono. Es la soledad la que se sienta en ese banco gélido y gris de la estación, una soledad de andenes enmortecidos con su frío metálico de ausencia y desconsuelo. La soledad infinita e insalvable de la muerte, la soledad deshabitada de esperanzas y de ilusiones. La soledad desnuda, yerta, abatida, helada como la atmósfera mineral de aquella maldita mañana. La soledad sin reparo de una condena estéril que no redimen los años, ni la justicia, ni los monumentos, ni los homenajes, ni el ejercicio piadoso y necesario de la memoria. Queda la soledad como un abismo de angustia, como una sima de desasosiego, como un piélago de congoja sin fondo. La soledad de los que ya no están y de los que se quedaron, la soledad insondable de los muertos y la soledad desabrigada y huérfana de los vivos; una tristeza pegajosa, un abatimiento desgarrado, una desolación de páramo moral, una postración desalentada. Eso es lo que nos queda desde entonces; cinco años de aridez sin consuelo, de derrota sin retorno, de amputación sin cura del amor, del cariño, de la ternura, de la amistad, de la alegría. No hay castigo para ese crimen, ni pena para ese delito. No hay en éste ni en otro mundo atenuante para ese mal ni anestesia para ese sufrimiento. No hay alivio, ni bálsamo, ni paliativo para esa soledad honda del alma ni para esa zozobra del espíritu. No hay indulgencia, ni misericordia, ni perdón para quienes nos robaron aquellas vidas y nos dejaron esta letal, amarga, afligida desesperanza. L