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18- 19 D 7 LOS DOMINGOS DE LO PENSARÉ MAÑANA El día después de la reflexión POR E. RODRÍGUEZ MARCHANTE ntre las muchas cualidades de los españoles, la de reflexionar está situada en una segunda o tercera tanda. Aquí se reflexiona básicamente en esos cursos de verano de las Universidades y en las películas de la guerra civil, que, tal y como suelen subrayar los críticos con crianza, el film aborda una reflexión sobre... y detallan minuciosamente esos puntos suspensivos. Por ello, es decir, por esa calculada ligereza que adorna nuestra idiosincrasia, el día de ayer, previo a la jornada electoral y por lo tanto felizmente E llamado jornada de reflexión adquiere para nosotros un carácter especial, casi único, y como si fuera una súplica más que un derecho: ¡Reflexione, por favor! En otros países tendrán, claro, otras costumbres, pero aquí, en el nuestro, se ha llegado a reflexionar el día previo a unas elecciones con una cacerola y un cucharón, o a grito pelado... De cualquier modo, creo que ayer no nos tocaba reflexionar a todos los españoles, sino sólo a los vascos y a los gallegos. Y digo creo porque no estoy seguro de ello, pues si bien es cierto que los que no somos vascos ni gallegos no tene- mos hoy derecho a votar, tengo la impresión de que no hay ningún impedimento legal que nos imposibilite a participar en la anterior jornada de reflexión. De mí puedo decir que me aferré al envoltorio de la ley y no reflexioné, pero habrá quien hiciera lo contrario. En fin, llegados a este punto la cuestión ha de ser si la reflexión nos lleva, en lo tocante al voto, a un lugar distinto que su falta de ella; es decir, si alguien cambiará su voto durante la jornada electoral tras haber meditado profundamente sobre el asunto el día anterior. Y creo sinceramente que no, que el voto lo lleva uno encima tintineando como la moneda suelta del bolsillo, y que, al menos en nuestro país, no es la meditación la que te hace elegir una papeleta sino otros motivos muy distintos y más cercanos al amor a unos colores, a unas siglas o a unas costumbres. Por decirlo de otro modo: nadie deja de ser del Real Madrid, del Barça, el Depor o la Real Sociedad mediante un proceso reflexivo. La reflexión se convierte, de este modo, más en una autoafirmación, un alegato, que en otra cosa. Según se contaba hace dos días en un entretenidísimo reportaje que firmaba en este periódico Nuria Ramírez de Castro, los motivos que nos impulsan a elegir un líder son más emocionales que racionales; un rostro atractivo, un toque elegante, una imagen que inspire seguridad... O sea, que la pose del votante el día previo a las elecciones sería más bien la de quien hojea una revista que la de El pensador de Rodin. Y un sucinto repaso a la fachada de los candidatos, a sus caras, a la magia que transimiten (Ibarretxe, López, Basagoiti, Quintana, Pérez Touriño, Núñez Feijóo... provoca una enorme compasión por los que ayer tuvieran que reflexionar. TIRA Y AFLOJA Por César Oroz NO SIEMPRE ES DOMINGO La revolución pedagógica POR XAVIER PERICAY ada vez son más las familias españolas que optan por instruir ellas mismas a sus hijos. Entre las razones aducidas para justificar su decisión, están, por supuesto, las de índole religiosa o moral, es decir, la convicción de que las creencias familiares no van a encontrar acomodo en el sistema de enseñanza, sea público o privado. Pero esa clase de razones no dejan de ser, al cabo, las que menos pesan. Lo que lleva a la gran mayoría de esos padres a escoger la llamada educación en fami- C lia es, paradójicamente, la pedagogía. O sea, lo que se supone que debería ofrecerles la escuela. En otras palabras: su decisión nace de la desconfianza, cuando no del rechazo, hacia el sistema. Y es que todos esos progenitores consideran que sus retoños aprenderán mucho más si pueden ir progresando a su aire, según sus propias capacidades, que si han de ceñirse al nivel del grupo que les ha tocado en suerte, máxime cuando este nivel, en la escuela actual, ya ni siquiera resulta de establecer la media entre el de cada uno de los alumnos que integran una clase, sino que es, pura y simplemente, el de los más rezagados. Con todo, no estamos ante una práctica demasiado extendida. Al menos en España, donde sólo afecta a 2.000 familias, muy pocas en comparación con las 400.000 del conjunto de Europa o con los dos millones de Estados Unidos. No obstante, lo más sorprende no es esto; lo más sorprendente es que la educación en casa no esté regulada, cuando sí lo está en casi todos los países europeos y, en especial, en los más ricos. Porque esta es otra. En los países donde más consolidada está esa modalidad educativa, más consolidado está el régimen de libertades. O sea, el respeto a los derechos fundamentales y, entre ellos, el de los padres a educar a sus hijos. Y quien dice el respeto dice su estricta observancia. Por eso en todos estos países la responsabilidad del Estado en materia educativa no entra en contradicción con la de los padres para con sus hijos. O, lo que es lo mismo, no entra en contradicción con la libertad. Claro que todavía puede extraerse otra lección de esa tendencia. Y es que allí donde la enseñanza obligatoria ha hecho ya todo el recorrido imaginable, allí donde está ya garantizada la escolarización de todos y cada uno de los ciudadanos hasta una edad más que suficiente- -aunque no dudo que habrá siempre quien aspire a extenderla hasta la mismísima edad de jubilación- allí, para aspirar a una educación distinta, a una enseñanza verdaderamente humanística, a lo que algunos llaman aún la excelencia, no queda más remedio que abandonar las aulas y encerrarse en casa. Y contar, claro, con que papá y mamá no hayan olvidado las tablas de multiplicar.