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1 3 09 LA IMAGEN ¡Cielos! dijo Washington TEXTO: ALBERTO SOTILLO FOTO: FREDRIK VON ERICHSEN (EFE) ras recibir una ayuda del Gobierno de 1.500 millones de dólares y despedir a 450 trabajadores, el banco de Chicago Northern Trust Corp decidió darse una pequeña alegría y organizó un macrojolgorio para varios de sus empleados supervivientes en hoteles de lujo de Los Angeles, con actuaciones musicales de Chicago, Earth, Wind Fire y Sheryl Crow entre finas cenas y traslados en limusina mientras asistían a un torneo de golf. No digan que no es para que se lleve las manos a la cabeza el hombre del dólar, George Washington, el venerable padre de la patria americana: ¡Cielos! Estos truhanes serían capaces de subastar mi peluca para pagarse otra juerga Al pintar bigotes y perilla a la Gioconda, Marcel Duchamp daba a entender que el lienzo de Leonardo no era tan venerable como se creía. Que no merecía la supersticiosa adoración que recibía. Igual ha llegado también el momento de recapacitar sobre el culto pagano que durante decenios hemos prestado al dinero. Nuestra iluminada civilización es capaz de cuestionar las matemáticas euclidianas, la existencia de Dios, la gramática de Cervantes y la honestidad de la señorita que sirvió de modelo a la Gioconda. Pero jamás dudó de los hedge funds de la honorabilidad del trilero de Madoff ni de la capacidad milagrera de quienes nos aseguraban que el dinero por sí solo- -sin esfuerzo ni trabajo- -se reproduce con más fruto y provecho que una granja de conejos. Este billete de dólar con la imagen de Washington llevándose las manos a la cabeza circulaba esta semana por la Bolsa de Francfort. Cuando descubrinos que la irresponsabilidad de los sacerdotes del dinero ha llevado al paro a millones de personas. Que a muchos irresponsables esta crisis les va a salir gratis. Y que con el dinero del contribuyente se conceden ayudas de miles de millones a empresas que mantienen los hipersueldos y el alocado ritmo de vida de sus ejecutivos, no digan que no es para que nos llevemos las manos a la cabeza y, en profunda crisis de fe, exclamemos: ¡Cielos! Ni el dinero se gobierna como una granja de conejos, ni el mundo fue creado en siete dias por un genial gestor de fondos de riesgo a largo plazo T