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14- 15 D 7 LOS DOMINGOS DE ÁNGEL CÓRDOBA como económicamente hay serias fracturas en la práctica totalidad de los países de la zona, lo que los convierte en zonas potencialmente prometedoras para grupos como AQMI. Resumiendo, la amenaza terrorista en el Sahel es una realidad en alza, que presenta muchas caras y perfiles todavía desconocidos en parte. La personificación más clara a día de hoy es AQMI, aun cuando en puridad se trata de un grupo que, como su propio nombre indica, sigue centrando su actividad en el Magreb y no el Sahel (aunque también es evidente, como ya hemos reflejado con anterioridad, su tendencia a ampliar el radio de acción de sus actividades) Esto no significa que excluir a este grupo de cualquier lista supusiera el fin del terrorismo en el Sahel. Conviene insistir, en todo caso, que son muy pocas las pruebas para confirmar la idea de que el Sahel constituye ya hoy un frente principal de la guerra contra el terror Frente al empeño de algunos por crear una alarma que justifique una respuesta en fuerza, siguiendo las directrices militaristas de la guerra contra el terror resulta adecuado recordar que nos estamos refiriendo a una dinámica preocupante, pero no inminente, rodeada de muchas preguntas por contestar. Esto aconseja, cuando menos, aplicar el principio de precaución y activar otros mecanismos no militares en primera instancia; todo ello para evitar que ese delicado equilibrio regional termine por inclinarse hacia la violencia, retroalimentada por quienes en ella habitan y por quienes tienen intereses en dominarla de un modo u otro. Es previsible, a corto plazo, que el fantasma de la amenaza terrorista en el Sahel no vaya a desaparecer; antes al contrario, aumentará si no se adoptan políticas de cooperación sólidas que busquen eliminar las causas que la promueven. Aunque solo sea desde una perspectiva egoísta, ése es también nuestro reto, en tanto que esa amenaza no solo afecta a los habitantes de la región o del Norte de África sino también a quienes residimos en la orilla norte del Mediterráneo. Estados Unidos es quizás el único actor verdaderamente global, en el sentido de que tiene intereses en todas las regiones del mundo; por lo tanto, cualquier actividad de la guerra contra el terror en el Sahel, como ocurre en cualquier otro lugar, debemos entenderla como integrada en una agenda mucho más amplia y compleja. Tradicionalmente esto se interpreta como defensa de intereses geopolíticos, pero en nuestros días hay que entenderlo cada vez más como intereses geoeconómicos. Sin embargo, el Sahel- -como región olvidada en la agenda internacional y una de las más pobres del mundo- -no es a primera vista una prioridad económica. Como ejemplo, baste decir que las inversiones directas en el conjunto de los países afri- canos subsaharianos representa menos de un 1 por ciento del total para EE. UU. Lo que sí reviste más importancia en el caso del Sahel es el tema de la seguridad energética o, dicho de otra manera, el control de fuentes petrolíferas y de gas natural. En la medida en que el abastecimiento de esos productos desde los exportadores tradicionales es cada vez menos seguro, y dado el aumento dramático de la competencia global desde China, India o Corea del Sur, la búsqueda de nuevas fuentes ha ganado en importancia bajo la Administración Bush. En el Sahel hay varios países (Malí, Chad) que parecen tener posibilidades importantes para la exploración de estos recursos naturales, pero el énfasis en la región está centrado principalmente en el Golfo de Guinea. Se espera que las importaciones de EE UU desde la zona aumenten desde el 15 por ciento actual del total Control del gas y el petróleo Las graves fracturas étnicas y económicas existentes en el Sahel lo convierte en zona potencialmente prometedora para grupos como Al Qaeda del Magreb Islámico El terrorista no necesita integrarse formalmente en un grupo; puede ser un granjero, un panadero o un millonario saudí durante casi toda su vida hasta que se activa hasta un 25- 35 por ciento en 2025. Otro ejemplo viene dado por la decisión de Chevron, que ha invertido en Nigeria más de 4.000 millones de euros para hacerse con el 15 por ciento de las reservas del país (García Cantalapiedra, 2007) En total, las empresas energéticas estadounidenses han invertido en estos últimos años unos 21.000 millones de euros en la extracción de petróleo, y tienen previsto otros 42.000 más, lo cual representa casi un 75 por ciento de todas las inversiones estadounidenses en el continente africano. Directamente vinculada con esa prioridad por asegurarse la estabilidad del aprovisionamiento de recursos energéticos está el tema de la influencia política en la región. Aunque no se puede negar la buena voluntad de muchas de las actividades estadounidenses relacionadas con educación, sanidad, buena gobernanza y democratización, tampoco se pueden desvincular todos esos esfuerzos del interés por incrementar el control político sobre la región. El Sahel es una de las regiones del mundo que todavía está en el limbo geoestratégico, por cuanto no está todavía controlada directamente por ninguno de los grandes actores, pero es bien evidente el creciente deseo que algunos de ellos tienen para hacerse con esos países, con el fin de satisfacer sus propias necesidades y ejercer un control hegemónico en su competencia con los demás rivales.