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1 3 09 EN PORTADA Un torero distinto Esplá dice adiós a los ruedos después de más de treinta años de alternativa. Maestro de viejas lidias, sabio de terrenos y encastes. Amante del teatro y escenógrafo de los ruedos. Generoso y variado en las suertes; cómplice del aficionado antes que del profesional. Nació en Alicante un 19 de junio de 1958, pero ha sido torero de Madrid por excelencia. En Las Ventas impulsó su carrera la mítica tarde de la Corrida del Siglo de 1982 con Ruiz Miguel, Palomar y los toros de Victorino Martín. Debutó con picadores el 22 de diciembre de 1974, en Tenerife. En La Misericordia tomó la alternativa el 23 de mayo de 1976. Camino le doctoró en presencia de Capea, con toros de El Cordobés. La confirmó en Madrid durante el San Isidro del 77, junto a Romero y Paco Alcalde, con toros de Berrocal. Torero, pintor, intelectual... Se despide un personaje distinto. Un tipo con personalidad que ha navegado por la orilla dura de la Fiesta y la independencia. Esplá siempre cuidó hasta los últimos detalles, la escenografía, en el único teatro donde se muere de verdad El toreo que conocí, el toreo que dejo (viene de la página anterior) Ello obligaba a dos cosas. A mantener dispuestos y preparados a los toreros para enfrentar las posibles eventualidades presentadas por el toro. Y al público a asumir esto como parte del presupuesto habitual de la corrida. Con el oficio de los primeros, y con la paciencia de los segundos, se lograban incluso cristalizar grandes faenas en torno a aquello que pintaba imposible. Han cambiado los toros. Como es normal, los toreros no tienen más opción que secundar esta evolución. El aficionado no es el mismo, y el sistema, amparando toda esta mudanza, está más preocupado por custodiar la economía que el talante artístico. Cuando yo vine al toreo, en él se podía intuir el pulso y sentir de la sociedad de finales de los setenta: liberada de opresiones censuradoras, plural, burguesa, satisfecha económicamente, evolucionada sin pérdida de esencias y ávida de la democrática experiencia que se anunciaban. En los mismos cosos de antaño, hoy, se pueden leer las claves de la sociedad presente. Son casi las mismas que impregnan el espectáculo. Un escalafón conformado por más de doscientos toreros en activo, imprescindibles para dar el sinnúmero de corridas que las estadísticas recogen. El toro más grande de la historia del toreo, aunque para suerte de todos no le da por menearse, pero con el que es tan difícil tanto cuajar faena como que no te hiera, tan pronto te levanta los pies del suelo, pues a la distancia en la cual ha de situarse el torero le da una precisión y una puntualidad en las acciones impensable. Los novilleros ya no padecen las miserias de nuestros modestos comienzos. Viajan en cómodas furgonetas de asientos individuales y re- clinables, me los cruzo en los enmoquetados pasillos de los grandes hoteles, comen en los mejores restaurantes y celebran sus triunfos con champán. No ganan dinero, eso es cierto, pero tienen siempre alguien alrededor dispuesto a sufragar con generosidad todo aquello que a las pobres criaturas les niega el toreo. Es difícil no verlos cumplir el gran sueño de la alternativa y, por mal que los trate el negocio, aguantan años y años con la esperanza de cuajar esa faena soñada un día cualquiera del mes de agosto a un toro de no se sabe qué ganadería. La fiesta necesita de ellos, aunque solo sea para cuadrar las cuentas, del mismo modo que los bancos necesitan muchos pobres para obtener ingentes dividendos. El público asiste en masa a las ferias, pero más allá de éstas, el panorama es inquietante. Y la niebla de la globalización va empapando con un imperceptible calabobos el mundo del toro. Pero salvo el ladrido de los antitaurinos, todo parece indicar felicidad. Los toreros se abrazan, se besan y hasta se pellizcan las nalgas por patios de cuadrilla y callejones. La apariencia del toro es inversamente proporcional a su rendimiento, y para evitar comparaciones y agravios, se ha estereotipado al toro, evitando con ello esas horribles diferencias existente entre encastes. No se dan ya mansos con la profusión de antes. Es más bravo sin duda, y más previsible, de ello deducimos que hoy se torea mejor que nunca. Sí. Pero a mí, por favor, no me toquéis a los maestros. Aquellos con los cuales aprendí que el toreo es infinitamente más bonito y más duro de lo que jamás imaginé.