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4- 5 D 7 LOS DOMINGOS DE EL TOREO QUE CONOCÍ, EL TOREO QUE DEJO Luis Francisco Esplá dice adiós a los ruedos treinta y tres temporadas después. Analiza para D 7 la Fiesta que vivió, sufrió y amó: Es infinitamente más bonita y más dura de lo que jamás imaginé l toreo, me dijo alguien, es facilísimo o imposible. Y esto lo supe con el tiempo, pues sin apenas darme cuenta me encontré dos años después anunciado como matador de toros en todas las ferias de España. Esto fue lo fácil. Después vino lo imposible: verme todas las tardes haciendo el paseíllo con uno de los elencos más abigarrados de la historia de la tauromaquia. Es cierto que siempre ha habido en el escalafón treinta o cuarenta toreros en activo, pero en casi todas las épocas del toreo, el reparto escénico solía dirimirse entre cinco o seis coletas. Y es curioso que, en las etapas más prósperas, han sido tan sólo una pareja de éstos los que se han repartido las arcas del espectáculo. Los demás sobrevivían, pero tan sólo eso, malvivir de milagro. Pues eso, a mediados de los 70, el capítulo de matadores de toros estaba conformado, como siempre, por una cuarentena de matadores, pero nunca ha estado tan repartida y equilibrada la escena como en esos años. Era el gusto del respetable. Tras la desaparición en el panorama de El Cordobés, casi una docena de toreros se disputaban las ferias de la geografía taurina, con una equidad que sólo se alteraba por el buen momento de uno o de otro. Y arriba o abajo, todos a destajo. Y allí estaban: Curro Romero, El Viti, Camino, Dámaso, Palomo Linares, Teruel, Paquirri, El Capea y un largo etcétera, que hacía casi imposible la intromisión en esa plural élite. Se toreaban menos corridas, muchas menos que ahora, y meter la cabeza entre esa docena de toreros era, como he comentado, lo imposible del asunto. Sin embargo, las novilladas gozaban en aquellos años de una inmejorable salud artística y económica. La profusión de éstas en todos los pueblecitos y villas estaba sostenida por empresarios modestos. La mayoría de las veces vinculados al pueblo, bien por la gestión de años, bien por nexos de vecindad. Los novilleros tenían unos inmensos circuitos donde abonar experiencia y conocimientos, así como la posibilidad de crear la imprescindible inercia que los empujase a la deseada alternativa. Y como la vida nos había inculcado el comedimiento que la escasez impone; después de viajar como liendres, ocho personas en un coche de cinco plazas, haber mal dormido en fondas y pensiones de inclementes camastros, habernos E Luis Francisco Esplá Matador de toros conformado con el plato combinado de la casa, y haber finalmente liquidado íntegro el sueldo a nuestras cuadrillas, siempre quedaban unos cientos de pesetas para sumar a los cientos de otras tardes, y así poder pagarte cuanto menos la ropa de torear. La misma que los novillos se encargaban de triturar con alevosa minuciosidad. La mayoría de estos novilleros se diluían por el camino. Unos abrumados por las dificultades, que crecían paralelas a la romana de los novillos. Otros porque advertían no estar dotados para la labor. Y el resto, por mor de una afición que no estaba para hacer caridad sino para disfrutar, y todo aquel que no consiguiese moverlos de los asientos no interesaba. Esto redefinía rápidamente el panorama de cada cual, de ahí que la mayoría de los banderilleros de aquella generación viniesen directamente de las filas de los novilleros. Pero volviendo a los matadores de mis inicios, me gustaría subrayar aquello que envidiaba en todos ellos, y que era a la vez esencia común no sólo de esta generación sino del toreo clásico. A pesar de las diferencias de estilos y escuelas entre ellos, que nunca han sido tan dispares, había un hilo conductor en todas aquellas formas de expresar el toreo: La difícil facilidad Y esto, la facilidad, era el argumento más sustancial de aquella generación. Verlos delante del toro nos creaba la ficción de una soltura inverosímil, sin aspavientos, sin mímica, sin mohín alguno, salvo ese gesto torero y contenido propio de la inspiración: el ceño del artista. Luego, fuera, eran exactamente igual. Jamás una alusión a los riesgos corridos, a lo comprometido de algunos trances. Nada. A lo sumo, y para minimizar la angustia de esas tardes difíciles, la jugosa chanza que conjuraba toda inquietud. Cuando conseguí ser admitido en aquel club, había cumplido ya mis cuatro años de alternativa. Y obtuve con ello los privilegios de socio. Me saludaban y deseaban suerte en los patios de cuadrillas, no me amenazaban después de quitar en sus toros, ya no me equivocaban con respecto al castigo que debía infligir en varas a cada toro, y hasta podía invitarlos a café. Más tarde pasé a ser buen amigo de muchos de ellos. Si se me pregunta por el toro de entonces, no tengo más remedio que reconocerlo. Era mucho más pequeño que el actual, también más vital. Se movían más, para bien o para mal, aunque generalmente lo hacía para beneficio de todos, pues el porcentaje de astados aptos para el toreo era, con mucho, mayor que el actual. Otro aspecto dinamizante con el cual contaba la ganadería del momento era la diversidad de encastes. Pero esto solo en sí no es suficiente. La diversidad morfológica de los encastes estaba contrastada con lo heterogéneo de sus comportamientos. Y aún iban más allá estas desavenencias, pues entre reses de un mismo encaste y distinto hierro se hacían también ostensibles. Y así, al asomarse uno a los corrales, sin ampararse más que en la apariencia, eras capaz de distinguir si éstos pertenecían a Buendía, Bartolomé, Ana Romero, Hernández Plá o cualquier otro criador de Santa Coloma. Y se daban los toros mansos, huidos, querenciosos, ladinos, marrajos y malandrines, en cualquier ganadería, y con la medida frecuencia como para no ser excepcional. (pasa a la página siguiente) Luis Francisco Esplá, en plena ebullición de su juventud torera ABC