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18- 19 D 7 LOS DOMINGOS DE LO PENSARÉ MAÑANA Algo de coherencia en los Oscar POR E. RODRÍGUEZ MARCHANTE L A gran mayoría de los terrícolas no hemos ganado nunca un Oscar de Hollywood y nuestras posibilidades de ganarlo en el futuro son prácticamente nulas mientras no cambien un poco las cosas. ¿Y por qué ocurre esto? Pues, hombre, esencialmente porque la mayoría de los terrícolas ni hacemos películas ni salimos en ellas, lo cual nos invalida de momento para aspirar a estas estatuillas que se otorgan por hacer o salir en las películas. Somos millones, en cambio, los que vemos las películas: y tan esen- cial es en el ciclo de la vida de cualquier película el que la hace como los que la ven, de ahí que considere un olvido (no hablaremos todavía de injusticia) que en Hollywood no se haya previsto un Oscar, pongamos, al mejor espectador. No tienen reparos los académicos en propinar estatuillas aquí y allá, al mejor corto, al mejor peinado, al mejor documental, al mejor dibujo, al mejor vestuario... en fin, prácticamente todo lo que haya tenido un contacto, por ligero que sea, con el milagro del cine, ahí tendrá su Oscar como recompensa; todo, menos el espectador, ya digo. Si la Academia de Hollywood fuera sensible a esta realidad incuestionable, seríamos millones los aspirantes a ese Oscar, lo que le daría un mayor suspense y algo de sentido al hecho de estar despierto ante la televisión a las cinco de la mañana para ver a quién le dan el Oscar al mejor corto o al mejor diseño de producción... Y si tal cosa sucediera, yo presentaría mi candidatura al mejor espectador en lengua extranjera, pues no en vano asisto a los Festivales de Cine donde te colocan las películas rumanas en rumano, coreanas en coreano y españolas en euskera Ander acaba de ganar un premio no oficial en la Berlinale) y creo poder demostrar que ni entiendo el rumano, ni el coreano, ni el euskera, ni casi ninguno de los idiomas del cine que se exhibe en los festivales (el cine español, desafortunadamente, viaja poco) lo cual me convierte en el perfecto espectador en lengua extraña. No di- go yo que ganara ese Oscar, pero, al menos, una de esas nominaciones me caía algún año, seguro. Y si no a mí, a mi hijo Félix, el Oscar al mejor espectador de dibujos animados, pues es capaz de ver la última del bicho de turno sesenta veces seguidas: con cuatro años ha visionado (así dicen los del oficio) Shrek o Nemo más veces que Miguel Marías Ordet o que Carlos Boyero El buscavidas Pero... la coherencia no ha llegado a la Academia de Hollywood aún y nos plantamos esta madrugada ante una ceremonia que nos ningunea. No a mí o a mi hijo, sino a millones de terrícolas... ¿Con qué ilusión hemos de trasnochar? ¿Con la de ver a ese presentador que no es ni gracioso, Hugh Jackman? ¿O a Jessica Alba, Cameron Díaz o Jennifer López? En fin, ¿y si nos negáramos a ver los Oscar? O mejor, ¿y si borrara todo esto y escribiera otro artículo? TIRA Y AFLOJA Por César Oroz NO SIEMPRE ES DOMINGO Cuestión de objetivos POR XAVIER PERICAY uando oí hablar por primera vez de la decimoquinta paga, fue, me acuerdo muy bien, con tanto asombro como envidia. En aquel entonces ya lejano, yo no aspiraba más que a cobrar las catorce de rigor y, a ser posible, regularmente. Que alguien pudiera cobrar alguna más me resultaba inconcebible. Luego, con el tiempo, fui conociendo los entresijos de esa retribución excepcional. Eran los beneficios. Una vez al año, la empresa distribuía parte de sus excedentes entre los trabajadores pa- C ra premiar su esfuerzo y dedicación. De lo que se seguía que ese reparto tenía que variar por fuerza de año en año; al fin y al cabo, ni las ganancias empresariales ni los sudores del asalariado eran siempre los mismos. En principio, claro. Porque, a la hora de la verdad, resultaba que en muchas empresas ese maná estaba asegurado. Más adelante surgió un nuevo concepto. Ya no se trataba de repartir excedentes, sino de premiar o dejar de premiar a los empleados según lograran o no determinados objetivos. Y a esa paga, claro, la llamaron y la siguen llamando paga de objetivos Yo no sé si la policía de Madrid dispone de semejante estímulo, pero todo indica que en los últimos tiempos ha estado funcionando como si dispusiera de él. Con la particularidad de que, en su caso, el premio prometido no es en metálico, sino en especies: tantas detenciones semanales, tantos días libres. Y con la particularidad de que el objetivo fijado no tiene nada que ver con lo que se supone que es la función de la policía- -en último término, garantizar la seguridad ciudadana- sino con algo tan aparentemente liviano como la estadística. La policía madrileña no detiene a quien detiene porque existan indicios de que esta persona puede haber cometido alguna fechoría; lo hace porque el ciudadano en cuestión tiene aspecto de inmigrante y, como tal, es sospechoso de pertenecer a la categoría de los que, además de inmigrantes, son inmigrantes sin papeles. Y porque, en fin, hay que cumplir el objetivo, que, de lo contrario, no hay premio. Por supuesto, no han faltado quienes han denunciado la inmoralidad y la ilegalidad de esas prácticas. Pero casi nadie ha puesto el acento en lo que las motiva: la estadística. Si los mandos exigen a la tropa resultados contantes y sonantes es porque a ellos también se los exigen. Hay que rebajar, como sea, el porcentaje de ilegales. Lo quiere el presidente José Luis Rodríguez Zapatero y, por lo tanto, también lo quiere el ministro Alfredo Pérez Rubalcaba, y el director general de la Policía, y el jefe superior de Madrid. La estadística es tiránica y no atiende a razones. Igual que la cadena de mando. Y es que las elecciones, qué le vamos a hacer, se ganan muchas veces por medio punto.