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14- 15 D 7 LOS DOMINGOS DE ÁNGEL CÓRDOBA -Quizás se pueda resistir un ataque aislado, pero no una ofensiva general de todo el ejército y la aviación de Franco. Lo que Negrín predicaba era el suicidio- -cortó Masip alterado. -En cualquier caso, bravo por los comunistas. Hay que reconocer que siempre han tenido los huevos bien puestos. Y los fascistas también, para qué negarlo. Una vez oí decir a alguien que la causa de esta guerra es que hay algo en los guisos españoles que nos hace enfurecernos a unos con otros. Aquella persona sospechaba del cilantro. Aunque para mí la verdadera desgracia de España es que siempre ha habido muchas banderas y pocas chimeneas... Se despidió nuevamente, esta vez con la excusa de que tenía que regresar a Hacienda con urgencia. ¿Sigue viendo a la mujer que le visitó en el Palace? -le preguntó el periodista mutilado cuando ya se marchaba. -Sí, la sigo viendo... -respondió, titubeante. -Entonces es un tipo afortunado. Usted es de los que siempre se salvan. Masip había hecho a oscuras el camino de regreso hacia la calle. En las escaleras seguían dormitando los guardias, pero ahora también en el patio andaluz y en el hall del edificio. Cuando alcanzó la entrada, donde había dejado su motocicleta, el mismo teniente de caballería al que había preguntado en Lista le pidió con amabilidad su salvoconducto. -Lo siento, capitán. Tengo órdenes de no dejar salir a nadie. Los comunistas nos han cercado. Están por todas partes. Han cortado Serrano por Ayala, y ya dominan toda la Castellana y Recoletos. Salir ahora sería una temeridad. Cumpliendo sus recomendaciones, había pasado la noche en la biblioteca del ABC, una sala de dos pisos recubierta de maderas nobles. Allí se habían refugiado algunos de los periodistas que no había visto antes en la redacción y varios obreros de las rotativas. Le explicaron que no habían podido imprimir el periódico del día siguiente por culpa del cerco de los comunistas. Al cabo de varias horas, se despertó con zozobra del último sueño entrecortado. Alguien había encendido una linterna y proyectaba su luz sobre las hileras de hombres dormidos. Al final, el haz de luz se había detenido en él, cegándolo. Era el viejo teniente de caballería. -Capitán, está amaneciendo- -dijo el viejo teniente- Necesitamos a todos los hombres que sepan disparar. Los comunistas pueden asaltar el edificio de un momento a otro. El oficial le había guiado después por pasillos y escaleras, donde se les fueron sumando hombres como sonámbulos, con fusiles y mantas en bandolera. En lo alto de una escalera, el teniente había empujado una puerta, detrás de la cual descubrió la azotea del edificio donde ahora se encontraba, apostado junto con una veintena de guardias a la caza de tropas comunistas. Se oyó una ráfaga de ametralladora disparada desde el otro lado de la Castellana. Pudo ver cómo caían al suelo, hechos añicos por el plomo, unos azulejos del pequeño templete que coronaba la fachada del ABC. Sin quererlo, vio su vida rota en pedazos. Pensó que había llegado la hora del asalto. Nada más oírse los disparos, tres guardias corrieron hacia aquel lado de la azotea. Uno de ellos, con abrigo de cuero negro y un pañuelo blanco a modo de brazalete, empuñaba un fusil ametrallador. A los pocos segundos, el guardia descargó una rociada de disparos sobre la Castellana. No hubo respuesta a aquella rociada. Durante varios minutos, no sólo se hizo el silencio alrededor del ABC, sino también en todo Madrid, extrañamente. De pronto, desde el otro lado de la Castellana empezó a oírse un pitido agudo, que dio paso a Quizás se pueda resistir un ataque aislado, pero no una ofensiva general de todo el ejército y la aviación de Franco. Lo que Negrín predicaba era el suicidio Había pasado la noche en la biblioteca del ABC, una sala de dos pisos recubierta de maderas nobles. Allí se habían refugiado algunos periodistas que no había visto antes una proclama estridente y metálica lanzada desde un altavoz: ¡Soldados del Ejército Popular! ¡Republicanos españoles! Se aproximan nuevas jornadas de dura lucha. Los invasores de nuestra patria pretenden nuevamente infiltrarse sobre los frentes de la República aprovechándose de la creación y de la actitud del Consejo Nacional de Defensa. Españoles, republicanos: opongamos una resistencia firme y tenaz al invasor. Españoles, camaradas nuestros: ¡Viva España independiente y libre! ¡Viva la unión de todos los españoles! ¡Viva la República! Al terminar la alocución de los comunistas, el guardia del fusil ametrallador se asomó sobre el murete de la azotea. Con el arma apoyada en la cintura, regó de nuevo la Castellana con ráfagas entrecortadas, mientras gritaba: ¡Traidores! ¡Canallas! ¡Sois vosotros los que servís a los invasores soviéticos! ¡Salid de Madrid y volved a las trincheras a defender la República! El resto de los guardias se puso en pie e hizo una piña en torno a él, exclamando al unísono: ¡Viva Casado! ¡Viva el Consejo! ¡Viva la República! Sin decir nada, abandonó la azotea del ABC y bajó las escaleras. Se encontró frente a la puerta de la redacción. Estuvo a punto de pasar de largo, pero pensó, por superstición, que todo le iría mejor si se despedía del hombre que le creía tan afortunado.