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22 2 09 EL LIBRO BIBLIOTECA NUEVA Cerco a la sede de ABC Pedro Corral, autor de Si me quieres escribir y Desertores publica La ciudad de arena novela que narra, a través de personajes de ambos bandos, episodios desconocidos del final de la Guerra Civil en Madrid. Anticipamos un fragmento sobre el cerco comunista a la sede del ABC republicano durante los combates entre los partidarios de Negrín y del coronel Casado l entrar en la sede de ABC, Masip había creído encontrarse en un cuartel. Había hombres armados por todas partes, nerviosos y expectantes, como si temieran que de Serrano fuera a bajar una turba dispuesta a arrollar todo a su paso. En las ventanas que daban a la calle se habían levantado parapetos con muebles y con pilas de periódicos y números de Blanco y Negro En un patio andaluz cercano a la entrada, se había establecido un improvisado puesto de socorro, con una decena de camillas traídas de no se sabe dónde. Al subir unas escaleras para entregar las proclamas del Consejo en la redacción del diario, había tenido que sortear a una decena de guardias que descansaban sobre los peldaños, abrazados a sus fusiles. En la puerta de la redacción se identificó ante un joven en mangas de camisa que salía a toda prisa con unas hojas mecanografiadas en la mano. Abrió la puerta y se encontró ante una gran estancia que la luz de la tarde iluminaba como un lugar sagrado a través de unos amplios ventanales cruzados por cintas de papel engomado. Al fondo de la sala, había un hombre sentado a una mesa, frente a los pupitres vacíos de los redactores, como si fuera un maestro esperando la llegada de los alumnos de la escuela. Cuando estuvo delante del periodista, al que no había visto en sus anteriores visitas, le tendió las proclamas. El periodista empezó a leer las hojas con avidez, mientras él le observaba con compasión. Tenía una tez extremadamente pálida, que le daba a todo él una apariencia viscosa. Bajo sus grandes gafas de concha negra, apenas era posible hacerse una idea de su cara, que cubría con una barba rala. Llevaba el pelo cortado como un recluta, con pequeñas calvas enrojecidas por toda la cabeza que parecían de tiña. Vestía una vieja chaqueta de pana negra, cuyos hombros y solapas aparecían sembrados de una mezcla de costras y ceniza de tabaco. -Como las fuerzas de Mera no se den prisa por entrar en Madrid, los comunistas nos van a meter es- A Título: La ciudad de arena Autor: Pedro Corral Editorial: El Aleph Editores Páginas: 384 Precio: 19,95 Euros Fecha de publicación: 26 de febrero tas proclamas por el culo- -dijo sin levantar la vista de los papeles. La voz de aquel hombre le pareció a Masip tan desgraciada como su figura. Dio su misión por cumplida y se despidió de él. Cuando estaba en medio de la redacción, oyó de nuevo la voz del periodista y le pareció que el tiempo se paraba en seco. -Hasta siempre, capitán Masip. Veo que usted ha tenido más suerte que yo. Se volvió bruscamente al oír su nombre. Vio al periodista levantado junto a la mesa, donde se apoyaba con dificultad. Le faltaba la pierna izquierda y tenía esa pernera del pantalón recogida a la altura de la ingle. -Coincidimos en el hotel Palace, después del ataque sobre Segovia y La Granja. Usted no se fijó en mí, pero todos los heridos de aquella sala nos fijamos en usted, mejor dicho, en su novia. ¿Porque era su novia, verdad? -No, no... -Una mujer guapísima. Carole Lombard y ella, como dos gotas de agua. Todos pensábamos que era usted muy afortunado. También pensábamos que era usted hermano del ex general Mola, al que el diablo tenga en su seno. Se le parece usted mucho, ¿se lo habían dicho alguna vez? -Usted es... -respondió él con interés, tendiéndole la mano. -Qué importa. Es mejor que nos acostumbremos a no tener nombres. Así correremos menos riesgos cuando entren los fascistas. Fui comisario de batallón. Un moro gigantesco me atravesó la pierna con su bayoneta en Valsaín. Me quiso ensartar los cojones, pero no acertó. Yo le descerrajé un tiro de revólver entre ceja y ceja. Me Pedro Corral Periodista, escritor. Autor de Si me quieres escribir y Desertores Lo asesinaron unos milicianos, como a tantos redactores, estereotipadores, mozos, cajistas, linotipistas, correctores, maquinistas... Tan obreros como sus verdugos Tenía razón Indalecio Prieto cuando decía, después del asalto a la cárcel Modelo, que todos cargaríamos con aquellos crímenes porque con el tiempo no se harían distingos quedé toda una noche en tierra de nadie, con el fiambre del moro sirviéndome de almohada. Pude desenganchar la bayoneta del fusil, pero no tuve fuerzas para sacarla de mi pierna. Me encontró al amanecer una de nuestras avanzadillas, pero ya no había nada que hacer: aquella bayoneta debía de tener la peste rifeña y tuvieron que cortarme la pierna. -Lo siento, señor... -balbuceó Masip, intimidado por la crudeza de aquel hombre. -No sienta piedad por mí. Ahórresela para usted. Yo sólo soy un fantasma. Vivo y trabajo en el lugar de los muertos y, como ellos, carezco de importancia. Aquí mismo, donde me siento, trabajaba antes de la guerra el subdirector de esta casa, Rodríguez Santamaría. Lo asesinaron unos milicianos, como a tantos otros redactores, estereotipadores, mozos, cajistas, linotipistas, correctores, maquinistas... Tan obreros como sus verdugos, asesinados en el altar de la revolución proletaria. Dentro de unos días, Franco va a entrar en Madrid. El hombre del caballo blanco lo llaman en la Falange clandestina. Cada cual tendrá que mirar por lo suyo antes de que los moros nos saquen los ojos a todos por culpa de unos cuantos. Tenía razón Indalecio Prieto cuando decía, después del asalto a la cárcel Modelo, que todos cargaríamos con aquellos crímenes porque con el tiempo no se harían distingos. ¿Tiene usted idea de qué es lo que puede pasar en Madrid? -se decidió a preguntarle, tomando asiento en uno de los pupitres de la redacción. -Los comunistas no podrán mantener por mucho tiempo esta situación. Ahora mismo tienen dos frentes abiertos. Uno contra Casado, en Madrid, y otro contra Franco, en las afueras de la ciudad. Corren rumores de que hace dos días los fascistas intentaron tomar Madrid al asalto, por el frente del Manzanares. Las unidades controladas por los comunistas los rechazaron con centenares de bajas. Es una ironía que nada más salir Negrín hacia Francia los comunistas hayan hecho buena la política de resistencia que predicaba.