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6- 7 D 7 LOS DOMINGOS DE triales como para que perdurase la visión del país que habían difundido las novelas de Baroja desde medio siglo atrás. La sociedad estaba tan despolitizada como toda la España del franquismo, y ni siquiera la aparición de ETA le otorgaba una excepcionalidad. Más importancia había tenido, incluso desde el punto de vista del Ministerio del Interior, la fundación, unos meses antes, del Frente de Liberación Popular, el Felipe, en la que habían participado algunos jóvenes vascos como José Ramón Recalde o Luciano Rincón, cuya extracción social no era muy distinta de la de la mayoría de los primeros etarras, estudiantes de clase media, procedentes de familias franquistas. En efecto, ETA surgió al margen del nacionalismo vasco tradicional, como una manifestación más de la crisis generacional interna del franquismo, que había aflorado en la revuelta estudiantil madrileña de 1956. Muy pocos de sus Ibarretxe charla con los batasunos Otegi y Goirizelaia efectivos iniciales venían del campo de los derrotados en la guerra civil. La nueva oposición al régimen que asomaba tras los primeros indicios de modernización económica nada tenía que ver con las organizaciones residuales del bando republicano; más aún, nacía en abierta rivalidad con éstas, a las que, diferencias ideológicas aparte, reprochaba su ineficacia, su incapacidad de movilizar a las masas contra la dictadura. En cierto sentido, era una crítica con fundamento, por lo menos en lo que concernía al Partido Nacionalista Vasco. Pero si la resistencia nacionalista no se había hecho notar hasta entonces, no se debía a que la sociedad vasca hubiera dejado de ser nacionalista, sino a que nunca lo había sido. El nacionalismo de anteguerra consiguió implantarse en un amplio sector de las clases medias urbanas, pero carecía de arraigo en un movimiento obrero dominado por el socialismo, y su penetración en el mundo rural, donde competía con el tradicionalismo, había sido igualmente débil. La fuerza del PNV de José Antonio Aguirre estuvo en Bilbao y en la comarca del Nervión, desde donde se propagó a las ciudades secundarias de Vizcaya (Guernica, Durango, Bermeo... Como cultura política de una mesocracia enfrentada por igual a la burguesía industrial y minera, al socialismo y al carlismo, no tuvo, en los años de la Segunda República, caracterizados por el estancamiento económico, demasiadas oportunidades de rebasar los límites de lo que había sido su espacio geográfico originario. Paradójicamente, el fuerte impulso que dio el franquismo a las regiones industriales en detrimento de la España agraria, a partir, sobre todo, de los años cincuenta, creó las condiciones para la expansión nacionalista, pero éstas- -el acelerado proceso de urbanización y el crecimiento de las clases medias asalariadas, tanto en la industria como en los servicios- -no fueron suficientes por sí mismas para promover la adhesión mayori- FOTOS: TELEPRESS taria a una ideología que arrastraba un lastre de xenofobia y arcaísmo demasiado patente. El PNV de los años cincuenta y sesenta tampoco se parecía mucho al actual. La literatura clandestina que produjo en aquella época abunda en lamentaciones ante los efectos desvasquizadores de la gran oleada migratoria que llegaba de las provincias empobrecidas y convertía en suburbios las sonrientes aldeas de antaño, en las que, por otra parte, el PNV no se había esforzado por reclutar adeptos (la sociabilidad rural, allí donde existía, se encuadraba en los círculos recreativos tradicionalistas) pero que explotaba retóricamente como si fueran el depósito de la auténtica identidad lingüística (y racial) vasca. Este tipo de jeremiadas no presentaban atractivo alguno para los jóvenes inquietos, profesionales y obreros, que afluían, en escaso número, a las organizaciones de izquierda (otra vez debo recomendar al lector el libro de Lázaro sobre Martín- Santos) y proporcionaron a la ETA incipiente una panoplia de argumentos para presentarse, frente al PNV como un naciona, lismo moderno, integrador y revolucionario, desdeñoso del folklore de romería y tamboril que aquél preconizaba como forma de resistencia a la asimilación cultural. El paso de ETA a la violencia política actuó como un poderoso catalizador en la formación de una nueva comunidad nacionalista durante la última etapa del franquismo. Por supuesto, tal violencia puede ser perfectamente definida como terrorismo desde sus primeras expresiones, pero no adelantaríamos mucho en la comprensión del proceso que éstas desencadenaron. Los propios ideólogos de ETA, como Federico Krutwig, no tenían el menor empacho en utilizar el tér- Sólo el pacto contra el terrorismo puede suscitar una nueva comunidad política capaz de afrontar las dificultades que derivarían de una derrota electoral de los nacionalistas mino terrorismo como estricto sinónimo de lucha armada. La cuestión, sin embargo, se planteó en términos de legitimidad de la respuesta violenta a la violencia represiva del régimen, y el asentimiento a la misma creció en forma espectacular a medida que el franquismo crepuscular se endurecía y se atrincheraba. Es innegable que no todos los que consideraban legítima la violencia de ETA eran partidarios de utilizar la violencia, pero lo que creaba consenso comunitario y, por tanto, nacionalismo, no era el hecho de recurrir a la violencia sino el de otorgarle legitimidad. Todavía en 1986, el lehendakari Ardanza- -en campaña electoral- -sostenía que la violencia de ETA no desaparecería hasta que se diese satisfacción a las legítimas demandas del pueblo vasco, y, en la misma coyuntura, Juan María Bandrés, dirigente de un partido nacionalista de izquierda, Euskadiko Ezkerra, que se proclamaba pacifista y demócrata, definía a éste como la auténtica ETA Ambas manifestaciones delataban la persistencia de los hábitos mentales colectivos del nacionalismo reconstruido en los años del último franquismo y, sobre todo, ponían de relieve que la nueva comunidad nacionalista se había ido formando, en dicha época, por agregación de voluntades a la legitimación de la violencia etarra. Es decir, al terrorismo. Lo que, dicho sea de paso, plantea una cuestión interesante: la de cuáles son los verdaderos límites de la comunidad nacionalista vasca. Si el criterio que define a la misma, desde sus orígenes, es la no reprobación (o sea, la aprobación encubierta) de la práctica de la violencia política por parte de ETA, habrá que concluir que la comunidad nacionalista reconstruida incluyó a todos los que, bajo el franquismo, se negaron a reprobar (esto es, a condenar) el terrorismo de ETA. Hoy no parece haber margen para dudar de que quienes, en el País Vasco, se niegan a condenar el terrorismo de ETA forman parte del entramado político y social de la banda. No creo que haya razones de peso para sostener que la aplicación de los mismos criterios a la situación de los años finales del franquismo constituya una extrapolación abusiva. Es cierto que entonces se vivía bajo una dictadura, pero eso no afecta al núcleo de la cuestión. La no reprobación de los atentados de ETA equivalía a una aprobación tácita, tanto entonces como ahora. Un mínimo ejercicio de memoria permite certificar que el consenso legitimador fue mucho más amplio que el campo de las fuerzas que entonces se definían explícitamente como nacionalistas, e incluía tanto a éstas como a la práctica totalidad de las organizaciones de izquierda (salvo el por (Pasa a la página siguiente)