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18- 19 D 7 LOS DOMINGOS DE LO PENSARÉ MAÑANA Vivan los festivales de cine POR E. RODRÍQUEZ MARCHANTE ualquier cinéfilo de las decenas de millones que hay en el mundo considerará un privilegio asisitir a un Festival de Cine como el de Berlín. Cualquier cinéfilo, claro, salvo los que se acaban de comer los doce o trece días de este Festival de Berlín que hoy se clausura, gracias a Dios, hasta el próximo año. Dicho de otro modo: un Festival de Cine, y éste de Berlín especialmente, es un lugar maravilloso siempre que no estés tú en él... viendo películas. Habrá quien piense que todo esto no es más que una boutade una C provocación, por lo que me dispongo a defender lo dicho mediante la descripción de un día de festival para alguien que ha de ver las películas y escribir sobre ellas. Y aviso de que un día de festival se parece a otro día de festival como dos perrillos pequineses. Por alguna razón evidente, pero para mi inexplicable, el Festival de de Berlín (y los demás, también) necesita que el cinéfilo se pegue un madrugón para ver la primera película del día; entre las ocho y las ocho y media, el acreditado ya está a la caza de su butaca en el cine... tampoco sabría explicar por qué, pero los críticos de cine se pe- lean por los peores sitios de la sala, los más esquinados, las primeras filas... lo que obliga a estar atento y en plena forma, pues si no, sólo quedarán libres las butacas centrales de las mejores filas. Un horror. Tal vez convenga decir que esa primera película del día será muy probablemente polaca, uzbeka, de Burkina Fasso o de Irán... lo cual no contribuye, en principio, a que el desayuno nocturno se celebre de modo animado y esperanzador. Y como detalle de complemento, en Berlín, a esas horas y en estas fechas, uno ve un pingüino y le dice guten morgen con suerte habrá nevado lo suficiente como para que haya nieve fresca y no ir patinando. Las películas de los festivales tienen tendencia a ser largas, con lo que hay que darse prisa en tomar un café para entrar a la proyección de las doce, franja reservada a las cinematografías pujantes, tipo coreana, china, rumana, mexicana, alguna americana medio indie con estrella venida a menos... en fin, de cierta exigencia y desgaste. Tras ella, suele dar tiempo a hacer una cola para tomar algo antes de ir a hacer una cola para entrar a la peli de las tres y media o cuatro, que suele ser la fetén del día, y de la que se sale ya medio ahogado (por la hora) y con las prisas para escribir la crónica, la cual, las más de las veces, se piensa al día siguiente de haberla escrito. Los muy aficionados y rigurosos todavía tienen tiempo de saltarse la cena y descubrir a un autor o un título o una cinematografía remota e interesantísima que en próximas ediciones se podrá ver a las ocho y media de la mañana... Por lo tanto, cenar está mal visto entre los cinéfilos de festival, y cenar sentado y dos platos es una canallada que conviene hacer sin ser descubierto. ¿Quién se apunta? TIRA Y AFLOJA Por César Oroz NO SIEMPRE ES DOMINGO ¿Y Europa? POR XAVIER PERICAY A menudo me pregunto para qué sirve Europa. Sí, ya sé que sirve para que Raimon Obiols, el eurodiputado socialista, pueda declarar que todavía se está pensando si va a presentar su candidatura por tercera vez consecutiva, como si semejante decisión no dependiera más que de su estricta voluntad. Y para que, de paso, deje entrever sus intenciones con un argumento antológico: Los alemanes dicen que hay que ir tres legislaturas: la primera para aprender, la segunda para trabajar intensamente y la tercera para enseñar a los que vienen a continuación O sea, cinco años de supuesto trabajo y diez de vacaciones pagadas. Y todo a cargo del contribuyente. Nada, que vuelve a presentarse, seguro. Pero, aparte de esa clase de utilidades, ignoro qué otras puede tener Europa. El proceso de Bolonia, por ejemplo, también llamado Espacio Europeo de Educación Superior, no ha servido más que para llevar el drama de la enseñanza a un terreno que hasta ahora había quedado milagrosamente a salvo. Y no porque las instituciones comunita- rias se lo propusieran, sino porque el marco establecido, de tan general, ha permitido, en manos de nuestros estrategas educativos, todo tipo de abusos y despropósitos. Y algo parecido puede decirse de la directiva del Parlamento Europeo sobre comercialización de artículos pirotécnicos. Han pasado más de dos años desde que fue aprobada y, de momento, su principal objetivo- -esto es, el alto nivel de protección de la salud humana y la seguridad pública y de protección y seguridad de los consumidores -sigue sin estar garantizado. ¿Y saben por qué? Pues porque el Ministerio de Industria, que es a quien corresponde adaptar la directiva a nuestro entorno, no se decide a hacerlo. Las tradiciones pesan mucho. Y España es tierra de fuego, sobre todo en la zona mediterránea. Al Ministerio, pues, no le queda más remedio que negociar con los gobiernos autonómicos la forma de salir del apuro. No le resultará fácil. Esos gobiernos son arte y parte. Como han sido los primeros en promover muchos de esos festejos pirotécnicos, tratarán por todos los medios de que la directiva no se aplique- -o, como mínimo, de que no les afecte a ellos- Pero es que, además, esos gobiernos no sólo han promovido la fiesta donde tenía cierto arraigo, sino también donde jamás lo había tenido, llegando incluso a convertir ciertas tradiciones rurales, más o menos salvajes, en verdaderos tumultos urbanos. Así ocurre, por ejemplo, en Cataluña y Baleares con el correfoc un invento reciente al que las administraciones dedican cada vez mayores partidas presupuestarias y que consiste en regar con fuego a la gente y confiar en que no se queme. ¿Y Europa? Lejos, muy lejos.