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14- 15 D 7 LOS DOMINGOS DE ÁNGEL CÓRDOBA que fuera posible llegar a un acuerdo con ellos. No creía posible la reconciliación con los líderes de Osetia del Sur y de Abjasia, ni la concordia con Rusia, ni la recuperación de las provincias sublevadas por la vía diplomática, como le había prometido Occidente. En cambio, sí tenía fe en que sus amigos norteamericanos le protegerían de las iras de Moscú. Por tanto, ya que la guerra con Rusia parecía inevitable, a los georgianos no les quedaba más remedio que intentar que se desarrollara como a ellos más les convenía. Los georgianos confiaban en que asestando un golpe rápido y potente serían capaces de dejar tocado, grogui, a su poderoso pero torpe enemigo, Rusia, y con ello poder ocupar Osetia del Sur, la provincia sublevada cuyos líderes no pensaban ni por un momento en reconocer al gobierno de Tbilisi. Después, cuando en el Kremlin comenzaran a encolerizarse y a bramar de ira, planeaban buscar protección bajo las alas de sus amigos occidentales. Lo único que necesitaban era lanzar un ataque sorpresa sobre Tsjinvali, ocuparlo y hundir el túnel de Roki, cerrando así la única carretera por la que los rusos podían enviar tropas a Osetia del Sur a través de las montañas del Cáucaso. Parecía una tarea sencilla y una victoria segura. Es evidente que los impetuosos e inexpertos georgianos no advirtieron que también Rusia estaba al acecho para hacerles caer en una trampa y asestarles un golpe mortal, después del cual la arrogante Georgia tardaría mucho en levantar cabeza. Al mismo tiempo, a Estados Unidos esto le serviría de lección para que dejara de aspirar a algo que el Kremlin seguía considerando de su propiedad. Los georgianos no valoraron en su medida el poderío y la audacia de los rusos, y sufrieron una derrota aplastante. A su vez, Rusia obtuvo una victoria con la que llevaba años soñando. Ganó la guerra en un tiempo récord y sin dejar lugar a dudas. Fue Rusia, y no Georgia, la que consiguió un triunfo redondo. Necesitaban que fuera demoledor y muy rápido, de manera que nadie pudiera llegar a tiempo e informar de lo que allí ocurría, y ni siquiera fuera capaz de reconstruir el curso real de los acontecimientos, de determinar quién había empezado y por qué, quién tenía razón en sus argumentos, quién era el culpable y quién la víctima. Resultaría imposible acercarse a la zona de los combates, y el que lo intentara acabaría igual que yo, escondido detrás de un coche junto a un huerto de las afueras. O incluso peor. El mismo día en que yo me dirigía a Tsjinvali, cuatro periodistas fueron tiroteados en la ciudad. Dos murieron y otros dos resultaron heridos. Allí, a las puertas de Tsjinvali, sentado detrás de un coche, lo único que escuchaba eran explosiones sordas que provenían del centro y del otro lado de la ciudad. No tenía idea de quién dispa- raba ni contra quién. Ni siquiera sabía quién nos estaba disparando a nosotros ni por qué, quién defendía la entrada a la ciudad. Me decidí finalmente a cruzar la valla que rodeaba el campo de maíz. El georgiano, que hasta entonces había intentado convencerme de que esa era la única salida, ahora opinaba que no debíamos precipitarnos. Me separé del coche, arrastrándome por el camino lo más lejos posible del huerto. Llegué hasta un portillo que había en la alta pero inestable valla. Me agarré al poste del portillo y poco a poco me incorporé. El portillo parecía cerrado a cal y canto, pero de un puntapié se abrió sin oponer resistencia. Avancé a cuatro patas entre las cañas de maíz. El georgiano miraba a un lado y a otro, y tan pronto se preparaba para saltar como se echaba para atrás. Me disponía a apremiarle a que Los georgianos confiaban en que asestando un golpe rápido y potente serían capaces de dejar tocado, grogui, a su poderoso pero torpe enemigo, Rusia, y con ello ocupar Osetia Los impetuosos e inexpertos georgianos no advirtieron que también Rusia estaba al acecho para hacerles caer en una trampa y asestarles un golpe mortal viniera, cuando me sobresaltó el ladrido de un perro. Era blanco, parecía un perro lobo. Estaba muy cerca de mí y enseñaba los dientes. Entonces fingí que le tiraba una piedra y desapareció en el maizal. Al rato volvió a aparecer, pero esta vez venía acompañado de un chucho pequeño. Se envalentonaron al verse superiores en número y comenzaron a ladrar ruidosamente, delatando así mi posición. De un salto me puse en pie y, sin esperaral georgiano y tropezando con piedras y montículos, atravesé corriendo el maizal hasta llegar a la carretera. Allí me alcanzó al cabode un rato el georgiano, que venía asfixiado. Sin decir una palabra nos pusimos en camino hacia Gori, caminando por una carretera completamente vacía en la que no se oía el menor ruido. Ya en Tbilisi, a altas horas de la noche, me enteré de que, en una entrevista concedida a la cadena de televisión estadounidense CNN, Saakashvili había dicho que los rusos habían matado a un periodistapolaco en Tsjinvali. En la televisión georgiana, aparte de los mensajes del presidente a la nación y de las noticias del frente de Gori, estaban emitiendo películas de guerra como Top Gun y Full Metal Jacket. Telefoneé al secretario del presidente para decirle que seguía vivo. -Eso es estupendo, estupendo- -comentó- Voy a comprobarlo y enseguida le llamo.