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15 2 09 EL LIBRO BIBLIOTECA NUEVA Rusia y Georgia querían la guerra Wojciech Jagielski es un periodista polaco que se declara alumno de Kapuscinski, pero que ha sabido construirse un estilo propio, tan cargado de autenticidad como el de su maestro. En este libro, recorre esa geografía de violencia y venganzas que es el Cáucaso, un buen lugar para morir Valga como ejemplo el siguiente pasaje sobre sus vivencias en la guerra de Osetia del Sur Tsjinvali llegamos de casualidad, ni siquiera nos dimos cuenta de cuándo entramos en el extrarradio, y de no haber sido por aquellos helicópteros que aparecieron de repente, como salidos de la nada, habríamos bajado por la carretera hasta el mismo centro de la ciudad, donde el día antes había tenido lugar una batalla decisiva para la suerte de la guerra. Habíamos viajado desde Gori por una carretera desierta que atravesaba aldeas abandonadas. Unos días antes, el ejército georgiano había salido de Gori para lanzarse al asalto de Tsjinvali, y allí había vuelto para refugiarse tras ser aplastado por los pilotos, los artilleros y los paracaidistas rusos. Reconocía los nombres de los pueblos por los que pasábamos, como Tkviavi o Terdnisi. Casi veinte años atrás, al comienzo de la guerra entre georgianos y osetios, por aquí discurría la frontera que separaba Georgia de la provincia rebelde, Osetia del Sur. Terdnisi distaba siete kilómetros de Tsjinvali, capital y bastión de los osetios, y en aquellos días, si alguien deseaba viajar entre esas dos poblaciones, debía hacerlo a pie y por su cuenta y riesgo. Más tarde los georgianos fueron situando puestos militares en las colinas que rodean Tsjinvali. El último puesto- -una barricada de bloques de hormigón y unas alambradas- -se hallaba aproximadamente a un kilómetro de la ciudad, y a partir de ahí la carretera descendía bruscamente desde lo alto de las colinas georgianas. Decidí emprender el camino entre Gori y Tsjinvali con la intención de comprobar hacia dónde se había retirado el ejército georgiano tras la derrota, y dónde se habían detenido los soldados rusos y los milicianos osetios que los perseguían. Me acompañaban Robert, reportero gráfico, y un georgiano que había aceptado ser nuestro intérprete y guía. En Ergneti nos topamos con un puesto militar ruso: refugios subterráneos, torres de vigilancia y tiendas de campaña rodeadas de sacos terreros y con la bandera blanca, roja y azul en lo alto, ondeando en medio del hostil territorio georgiano. A Título: Un buen lugar para morir. Historias del Cáucaso Autor: Wojciech Jagielski Editorial: Debate Páginas: 416 Precio: 22,90 Euros Fecha de publicación: 13 de febrero Un hombre salió corriendo de la casita de piedra al vernos llegar, gritando y agitando los brazos, dándonos a entender que debíamos irnos de allí. Señalaba alternativamente el cielo y un camión militar volcado en la cuneta. De repente llegó hasta nosotros el ruido de unos rotores. Dos helicópteros se elevaron desde el valle en el que está situado Tsjinvali y se dirigieron hacia donde estábamos. Instintivamente, el guía georgiano y yo nos metimos entre los árboles de un huerto cercano, para evitar ser vistos por los tripulantes de las aeronaves. Robert y el conductor se quedaron en la carretera. Y entonces se oyeron disparos. Primero una ráfaga, luego tiros sueltos pero rápidos. Ta, ta, ta, ta, ta. Nos dispersamos a la carrera, cada uno por su lado. Robert se escondió detrás de la casita y el conductor subió al coche. El georgiano y yo nos fuimos del huerto, que era de donde habían salido los disparos, y nos refugiamos tras una valla metálica verde, junto a un camino de tierra que bajaba hacia la ciudad. Nos tiramos al suelo entre la valla y un coche gris reluciente que había al lado. Escuché cómo nuestro conductor ponía en marcha su coche y se marchaba escopetado de allí. En Osetia del Sur no había periodistas cuando estalló la guerra. Los tiroteos en la frontera se sucedían desde hacía tanto tiempo, que hasta los corresponsales más experimentados de Tbilisi y Vladikavkás subestimaron las noticias sobre los disparos de artillería y los rumores de que tanto georgianos como rusos se preparaban para la guerra. Debía haber sido una guerra re- Wojciech Jagielski Periodista y escritor. Autor de Una oración por la lluvia lámpago. Había estallado porque así lo deseaban todos, tanto georgianos como rusos. Unos y otros se proponían ajustarle las cuentas a su enemigo de una vez para siempre, pulverizarlo, zanjar el asunto definitivamente: sorprender al adversario, golpearle con rapidez y alzarse con la victoria antes de que el contrincante recuperase el conocimiento. El joven presidente de Georgia, Mijaíl Saakashvili, había prometido a sus compatriotas que, antes de finalizar su mandato, no sólo rompería la resistencia de las provincias de Osetia del Sur y Abjasia, a las que Rusia había animado a sublevarse, sino que además haría de Georgia un país fuerte que jamás volvería a ser vasallo de Rusia. Y debía ser Estados Unidos el que ayudara a los georgianos a liberarse de los rusos. Saakashvili lo había apostado todo por Estados Unidos. Carretera George W. Bush La guerra de Osetia la deseaban todos, tanto georgianos como rusos. Unos y otros se proponían ajustarle las cuentas a su enemigo de una vez para siempre, pulverizarlo Y debía ser Estados Unidos el que ayudara a los georgianos a liberarse de los rusos. El presidente georgiano, Mijail Saakashvili, lo había apostado todo por Estados Unidos No tenía la menor intención de preocuparse por la reacción de Europa. Europa lo único que sabe hacer es hablar y hablar me comentó en cierta ocasión. Durante la presidencia de Saakashvili, Georgia se había convertido en uno de los aliados más fieles de Estados Unidos, el adversario de Rusia. La carretera entre el aeropuerto internacional de Tbilisi y la ciudad, así como una de las glorietas de la capital, habían sido bautizadas con el nombre del presidente estadounidense, George W. Bush, que había prometido a Saakashvili apoyar sus gestiones para que Georgia entrara en la OTAN. El mandatario georgiano envió a sus soldados a EE. UU. para que realizaran prácticas militares, y mandó a dos mil de sus mejores hombres a la guerra de Irak. En los últimos tiempos, sólo británicos y estadounidenses contaban con un número mayor de soldados en tierras iraquíes. Además, cuando Saakashvili accedió a la presidencia del país, el petróleo del Mar Caspio empezó a pasar libremente por territorio georgiano para ser distribuido por el mundo, eludiendo así a Rusia e Irán, adversarios de Estados Unidos. No buscaba la confrontación con los rusos, pero tampoco creía