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8- 9 D 7 LOS DOMINGOS DE Robert Anderson, durante un descanso en un ensayo de una de sus obras de teatro en Nueva York AP IN MEMORIAM Robert Anderson Cronista de la iniciación sexual El autor de Té y simpatía compañero de generación de Arthur Miller y Tennesse Williams, murió a los 91 años de una pulmonía añadida a siete años de Alzheimer POR EDUARDO CHAMORRO iempre buscó el modo de legitimar lo que pretendía poner en escena. Y siempre intentó mantenerse a este lado de la moral. Nunca dejó de rastrear algo de piedad para con sus personajes y para consigo mismo. Porque era ahí donde miraba cuando se ponía a escribir. Pertenecía a aquella generación de tan desiguales planteamientos y fortuna como los de Arthur Miller y Tennessee Williams. Miller militaba con las armas de un resentimiento intelectual bajo el ropaje de un psicodrama político y social que en Wiliams apelaba a los registros de un resentimiento homosexual puesto en las tretas de un costumbrismo erótico. Puede que Robertson desempeñara de algún modo, y desde un punto de vista más cercano a lo privado que a las ciencias de las letras, el punto de contacto entre Miller y Williams, por un lado, y Truman Capote por el otro. Es difícil decidir cuál fue el más infeliz. O el que ganó más dinero. Robert Woodrruff Anderson nació el 28 de abril de 1917 en Nueva York, hijo de un hombre de negocios bastante esquinado y agrio. Estudió en Harvard y sirvió en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial. S Té y simpatía Deborah Kerr ofrece su comprensión al solitario muchacho Fue el gran éxito de Anderson. Un solitario estudiante (John Kerr) es tenido por homosexual por sus compañeros. Pero la mujer del director del colegio (Deborah Kerr) le ofrece su amor... y se da perfecta cuenta de que el chico es heterosexual Vuelto a casa y puesto a escribir para el teatro, acertó de lleno con la crónica de los acontecimientos que marcaron su vida a partir de su estancia en la Phillips Exeter Academy. Un chico solitario, abrumado por los excesos de un padre pendenciero, es tenido por homosexual por sus compañeros de escuela, cuyo desdén le condena a una marginación en la que ocultará una iniciación rotundamente heterosexual entre los brazos de la esposa del director de la academia. La peripecia se llamó Te y simpatía y su éxito fue de tan largo y sugestivo alcance que Vincent Minnelli se encargó de dirigir la versión cinematográfica, con una Deborah Kerr recién salida de su papel de adúltera en De aquí a la eternidad interpretando a la esposa del maestro y seductora del alumno. Aquel fue un vuelo breve sobre la fama, aunque Anderson supo convertirlo en una prolongada estancia en la cumbre de su prestigio, repetidamente acreditado desde entonces no tanto en el planteamiento de experiencias sexualmente sugestivas como en el retrato de personajes cuya limpieza exterior o, en ocasiones, supuesta, es la máscara de un interior complejo, oscuro y trepidante. En ese sentido, su fórmula de trabajo alcanzó su mayor eficacia en las versiones cinematográficas de historias que no eran suyas. También gozó de una suerte casi inaudita a la hora de elegir a sus interpretes. Contó con Carrol Baker para el papel de la esposa de All Summer Long adaptada de una novela de Donald Wetzel, con Henry Fonda para el marido adúltero de Silent Night, Lonely Night con Audrey Hepburn en Historia de una monja y con un magnífico Steve McQueen para el papel de soldado maquinista de una cañonera americana en El Yang Tse en llamas que fue el título de la versión española de The Sand Pebbles dirigida por Robert Wise, a partir de la novela de Richard McKenna. Su ganado prestigio como creador de afortunadas versiones cinematográficas, nominado un par de veces para el Oscar, le vino muy bien como consuelo para un desafortunado regreso al teatro, donde intentó llevar sus ya algo manidas crónicas de la descomposición sentimental al terreno del frenesí juvenil y el desnudo ocasional. Puesta en escena con un Martín Balsam en el papel de un dramaturgo sorprendido en la bañera, la obra, titulada You Know I Can t Hear You When The Water s Running superó las 750 representaciones entre 1967 y 1969, pero fue la señal para que la crítica diera por acabada la veda sobre Robert Anderson, al que acusaron de ponerse a la sombra de Hair La acusación era injusta. Anderson nunca hizo la crónica de una simpleza.