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6- 7 D 7 LOS DOMINGOS DE be. Así es como lo ilegal se vuelve apto a ojos de todos por motivos económicos, sociales, culturales e históricos. Sorprende sin embargo que la millonaria onda expansiva del hachís no salpique el norte de Marruecos de riqueza y progreso. Muy al contrario, la pobreza, el subdesarrollo y la falta de infraestructuras campan a sus anchas en una región cuyo epicentro es Ketama. Basta comprobarlo recorriendo la columna vertebral rifeña por la carretera que lleva de Chauen hacia Alhucemas. En el café Laanasser un joven detecta de inmediato al guiri que firma este reportaje y acude a ofrecerle mercancía. Dicen que el dueño del establecimiento purga cárcel por trafico de hachís, pero recomiendan no preguntar por ello y seguir la ruta. Unas pocas casas llaman la atención desde las laderas por nuevas, grandes, recargadas y aparentemente bien construidas. Puedes imaginarte de quién son explica L, un vecino de Chauen que acompaña al reportero como intérprete. Destacan en medio de duares (aldeas) con casuchas de tejado de hojalata ondulada. Incluso en poblaciones importantes como Bab Berret el asfalto desaparece convirtiendo la travesía en un auténtico fangal que camufla de manera peligrosa los socavones. El firme mejora más adelante pero la nieve se multiplica según se asciende hacia Issaguen, donde el peso de los copos acumulados ha convertido la estructura de la gasolinera en un amasijo de hierros sobre los surtidores. La transición a la vecina Ketama no tiene precio. El caos de las bocinas de taxis, camiones y autobuses compite con los vendedores del zoco, cuyos tenderetes se asientan sobre nieve que alguna vez debió de ser blanca. La cobertura del teléfono móvil se esfuma. Los proyectos del Estado nos tienen olvidados se queja Redouane El Azzouzi, un joven de 31 años que ocupa la vicepresidencia municipal. Todo es por el hachís. Se creen que somos ricos, pero esto no es vivir en el siglo XXI. Ni carrete- ferencia de otras poblaciones. Impera el modelo de hombre ocioso prisa mata salvo los que suben y bajan de los vehículos que atraviesan la carretera principal. El viejo Mercedes en el que nos trasladan asciende por una pista de barro sin apenas echar de menos la tracción 4 x 4. Hay más de medio metro de nieve que va dando forma de puzzle blanco a las parcelas que, hasta avanzado el verano, acogieron las plantas de cannabis y que ahora se secan en dos graneros que nuestros anfitriones muestran abriéndose camino con palas. Son tres familias cuya subsistencia depende de los aproximadamente diez kilos de hachís que producen al año. Para cada kilo hacen falta cien kilos de plantas. Pero el grueso del dinero acaba en manos de los traficantes, que son los que comercializan el hachís de estos productores. Este es el caso de Marruecos, donde muy pocos cultivadores de cannabis tienen los recursos y las conexiones necesarias para traficar, según el especialista Pierre- Arnaud Chouvy, responsable de la página web geopium. org. La importancia de la economía del contrabando y la emigración ilegal demuestran que el tráfico de hachís, aunque vital para la región, se encuentra lejos de ser suficiente para sostener la economía A nosotros nos da para sobrevivir. Nada más asegura Hasán, de 56 años, en el interior de una de las casas a la luz de un camping gas. De ricos nada, aquí hay mucho pobre. Dígalo. Hay que pagar la mano de obra de las 45 personas que trabajan las fincas. Cobran ocho euros diarios y hay que darles alojamiento y comida añade. Explica además que la vida en Ketama es cara y la ausencia de otros cultivos eleva el precio de las patatas hasta los siete dirhams (unos 65 céntimos de euro) el kilo y el de las cebollas a seis dirhams (algo más de medio euro) Si cultiváramos trigo o patatas no viviríamos Varias de las personas que rodean al periodista fuman porros y (Pasa a la página siguiente) Sostener la economía Casas y casuchas ras, ni agua potable, hay cortes constantes de luz... La retahíla sigue sin que el reportero tenga que preguntar. Y además otro problema: los gendarmes y los responsables de Aguas y Bosques. Van contra los cultivadores. Les piden dinero y si no obtienen nada los envían a la cárcel. Ketama es una gran prisión En el café donde una familia local da cita al periodista los viejos fuman kif en pipa y los jóvenes lían generosos canutos que embriagan el ambiente. Aterriza media docena de extranjeros con mochilas, sacos de dormir y una enorme sonrisa colectiva. Son los únicos turistas. No se ven mujeres por las calles. Ni agentes de uniforme, a di-