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2- 3 D 7 LOS DOMINGOS DE Los vietnamitas condecoran al teniente médico Velázquez (en primer plano, el capitán Rojas) En el centro, el hoy general en la reserva Velázquez y el subteniente San José, enfermero, ante el hospital. Arriba, la casa de nuestros militares en Co Gong con el cartel de Misión Sanitaria Española le hiciera general honorífico a su retirada, pero se lo negó porque haber estado en Vietnam no era mérito suficiente. Yo no sé si con haber estado allí bastaba, pero le aseguro que hacía falta ser muy valiente para ir a esa guerra en aquel momento Al propio Velázquez, que se embarcó en la aventura dos años después de iniciada la misión, se lo dijo su padre, también médico militar. Luego, me lo propuso mi coronel. Aquella era una guerra mítica para nosotros, muy rechazada por la sociedad occidental, más que hoy la de Irak. Yo fui con los ojos cerrados. Tenía muchísima ilusión y muchísimo miedo. Fue una experiencia muy bonita, -me cuenta el general desde su retiro ceutí- pero también muy triste porque se veían cosas muy malas A este médico, por ser el más nuevo le tocó atender Pediatría, que nadie quería, en el hospital provincial de Go Cong, a 46 kilómetros al sur de Saigón, un ruinoso edificio iluminado por un generador donde las madres acompañaban a sus hijos tendidos sobre hojas de palma, amontonados de dos en dos y hasta de tres en tres. Las condiciones de trabajo eran francamente difíciles, lo mismo que las condiciones de vida en medio de aquella guerra civil. La comunicación con España era inexistente, salvo las cartas que nos enviaban nuestras familias y las que nosotros les escribíamos a ellos y que recibíamos con ocho días de retraso. Nunca pude hablar con Madrid, ni con mi mujer... Del nacimiento de mi hija Carmen, que nació el 14 de julio, me enteré diez días más tarde. Es verdad que el ejército regular de Vietnam del Norte no llegaba hasta allí, pero todo estaba plagado de guerrilleros. Se oían ráfagas de disparos y no se veía nada. También es cierto que no venían a por nosotros porque atendíamos a la población civil- -la mayoría vietcongs- pero si te caía un morterazo encima te la liaban. Yo llegaba a la consulta y elegía a los más graves de los 300 chiquillos que podían estar esperando y de los que todos los días se me morían tres o más. Faltaban medicamentos, faltaba sangre... Había malaria, cólera, disentería, paludismo... Y luego estaban los heridos. Fue terrible Los recuerdos de Antonio Velázquez están cuajados de anécdotas, de muertes, de vida y amigos, y hasta de milagros. Lo peor era la sensación de inseguridad. No sabías por dónde te podía venir un atentado; dónde estaba el amigo o el enemigo. Una tarde paseando me topé con un trabajador del hospital. Váyase a casa que esta noche bum- bum y efectivamente esa noche bombardearon. Otro día fuimos a Saigón, a casa de un americano que estaba casado con una española y que celebraban la Fiesta Nacional, entonces el 18 de julio, y la vuelta era muy complicada porque había que atravesar varios brazos de río; nos detuvieron unos guerrilleros vestidos con ese esquijama negro y el gorro cónico típico y nos dimos a conocer como médicos españoles, taibanha (españoles) lo primero que aprendí a decir en vietnamita, y nos dejaron pasar. Al día siguiente, los americanos nos contaron que justo después de dejarnos pasar habían atacado uno de sus puestos El último día fue para aquel joven teniente médico una jornada triste y terrorífica. Me dio por pensar, fíjese, después de seis meses, si al final no llegaba a ver a mi hija Pero la vio. Y a otras dos más. Una de ellas, Rocío, es teniente, enfermera, y, como su padre, voluntaria en misiones de paz a Kuwait, a Kosovo... También Velázquez se pudo traer de su primera guerra el recuerdo de otros españoles que 110 (Pasa a la página siguiente) años después, la bandera española ondeó en el delta del Mekong. Vestidos con uniformes de faena americanos, que se resistían a usar por si se le confundía, protegidos por un chaleco antibalas y un casco, y armados con un fusil M- 40, treinta militares españoles llevaron a cabo una misión tan desconocida que a su discretísimo regreso, como relata a D 7 el único de aquellos expedi- cionarios que llegó a general, se me acercó un comandante y me preguntó que si no era muy joven para haber estado en Ifni, a la vista de la cruz roja que llevaba. Cuando le dije que era por Vietnam exclamó ¿es que se va usted a cachondear de mí? Luego, años después, el coronel Faúndez, que tenía mucho prestigio, solicitó al entonces ministro de Defensa, Eduardo Serra, que El drama de los niños El teniente coronel Pedro Bernal, hoy general, al mando de la fuerza española en Namibia