Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
18- 19 D 7 LOS DOMINGOS DE LO PENSARÉ MAÑANA Inquietud ante los Goya POR E. RODRÍGUEZ MARCHANTE entro de unas horas la Cultura española, o sea, el Cine, nos ofrecerá el trasluz de su radiografía: los Premios Goya; o mejor dicho: la gala de los Premios Goya. Pues tanto hablan de nuestro estado cultural el nivel de las películas y los cineastas premiados como el de la ceremonia de entrega. Allí se nos dirá si estamos contentos, satisfechos, sablistas, enfadados, orgullosos, luchadores, pacifistas, alborotadores o graciosos, y ése será reflejo de nuestro año cultural, cuando los profesionales del cine nos adviertan de D ello. Ha habido años en los que la ceremonia de los Goya ha sido nuestro Parlamento, nuestro Senado, nuestro ágora y asamblea, y de no ser por la fluidez y la oratoria de los de la cultura del cine, ni nos habríamos enterado de lo que pasa. Tal vez haya alguien que crea que tiene el mismo significado que gane el Goya Los girasoles ciegos que Camino Los crímenes de Oxford o Sólo quiero caminar o que da lo mismo que presente la gala Rosa María Sardá que Carmen Machi... Y no es así, pues en cada elección nos manda nuestra Cultura un sutil mensaje. Otra cosa es que lo queramos ver (el men- saje, no la ceremonia) Del mismo modo que no dirá lo mismo de nuestro año cultural el hecho de que quienes recojan los premios vayan vestidos de gala o con una camiseta, o que la consigna sea Salvemos el mundo Salvemos España Salvemos el Cine o Salvemos el currelo O incluso que la consigna sea, como en alguna otra ocasión: No hay consignas La Academia del Cine ha pasado, según conviniera la ocasión, de termómetro a fiebre: la sensibilidad extrema de nuestros cómicos y artistas nos ha alertado con escrupulosa honradez de los peligros que nos acechaban. Lo cual nos hace sospechar que ésta será la noche en que nuestra Cultura arremeta con furia y talento contra la indigencia mental y argumental de quienes nos gobiernan en tiempo de crisis con la boca blanda y la cara dura. Los mensajes de los móviles ya están en ello, y el ingenio se concentra en las denuncias y leyendas de pasquines y pancartas. Los de la compañía teatral Animalario, tan mordientes y lucientes (como el propio Goya) y siempre en su despiadada crítica al poder, allá donde esté, han tenido que quedarse fuera de la gala por la vehemencia de sus censuras y para que no se convirtiera la fiesta en un perol de malos humores y bilis, dejando su hueco al humor surrealista y manchego de Muchachada Nui, tan fino que se colará por ese pedazo de almadraba que la autoridad competente tiene por cabeza... Y hablando de cabeza, en algún recodo de este artículo me temo que he perdido la mía. Sería cosa de volver sobre mis pasos hasta el título para buscarla, pero buscar cabezas el mismo día que se entrega la de Goya como premio viene a ser como pintar el techo de casa justo cuando Barceló descubre la bóveda. No hay color. TIRA Y AFLOJA Por César Oroz NO SIEMPRE ES DOMINGO Aquel bachillerato POR XAVIER PERICAY mediados de octubre del año pasado, la localidad coruñesa de Sada recibía los restos del galleguista Ramón Suárez Picallo, muerto en 1964 en el exilio bonaerense. Las pocas crónicas que acompañaron la llegada de las cenizas de Suárez Picallo destacan algunos rasgos de su personalidad, como su pasión por la lectura, sus dotes de orador o su gran ternura. También rememoran, claro, los aspectos más notorios de su vida: su origen humilde, su emigración precoz a Buenos Aires- -casi tan A precoz como la de su paisano Julio Camba- su toma de conciencia política, el ejercicio del periodismo, su condición de diputado durante la Segunda República, la tragedia de la guerra civil- -un hermano suyo fue paseado por falangistas- -y los claroscuros del exilio. Pero ninguna de ellas hace hincapié en algo tan relevante como que Suárez Picallo, siendo ya diputado de las Constituyentes, obtuvo el título de bachiller. Sí, lo que han leído. Comprendo que semejante dato pueda parecer a estas alturas de lo más baladí. Sin embargo, cuando uno traza la semblanza de un personaje, debe tener en cuenta la época que le tocó vivir. Y esta época, tan reducida hoy en día, por desgracia, a la diatriba o la apología, se caracterizaba, entre otras cosas, por la importancia acordada a un título de bachiller. Figúrense si tenía importancia que hasta el vespertino La Voz en su edición del 28 de septiembre de 1932, consideró necesario dedicar un breve al acontecimiento. Se titulaba El diputado señor Suárez Picayo (sic) obtiene el título de bachiller e informaba de que el político sadense había sido muy felicitado y obsequiado por sus amigos con un banquete Nada es como era, por supuesto. Los más ingenuos dirán que para bien: si la obtención del bachillerato ya no merece ninguna celebración, señal de que las cosas de la enseñanza han entrado por fin en la senda de la normalidad. Actual- mente todo el mundo puede estudiar; de ahí que un título de bachiller valga tan poco. Por no decir uno de licenciado- -que es a lo que equivale, en el mejor de los casos, aquel bachillerato- Desde luego. Pero la ausencia de celebración revela también la ausencia de mérito, de reconocimiento. Y de consideración social. No sé cuántos diputados habrá hoy en las Cortes que no sean bachilleres. Pero si sé que hay varios que no son licenciados. ¿Se imaginan a alguno de ellos siendo homenajeado por sus correligionarios por haber logrado, al fin, la tan ansiada licenciatura? ¿Verdad que no? Y es que no les hace ninguna falta- -la licenciatura, no el homenaje- Por cierto, según consta en los archivos del Congreso, en 1936, cuando logró su segunda acta de diputado, Ramon Súarez Picallo era ya abogado.