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14- 15 D 7 LOS DOMINGOS DE ÁNGEL CÓRDOBA vatore acabó mal. Se salió de la carretera después de haber estrellado voluntariamente un jeep. El coche se incendió, aunque no del todo, de modo que las llamas le envolvieron lentamente, mientras el motor se quemaba y el humo negro entraba en el habitáculo. Cuando llegaron los bomberos, Salvatore estaba completamente quemado. Pero pudieron identificarlo de inmediato porque llevaba la placa. También él, como todos. Nombre, apellido, fecha, lugar de nacimiento y grupo sanguíneo. Y en el reverso, el nombre de su prometida. Un anexo a su biografía de metal. Ahora los médicos, bomberos y policías tantean siempre con las manos bajo el cuello buscando la placa, así evitan tener que mirar en los bolsillos, coger la documentación o preguntar su nombre a los moribundos. Y cuando no la encuentran es como si se hallaran delante de un tonto, como un joven que no se ha puesto el casco, una imprudencia de quien, deambulando por territorios de guerra, no se adapta. La placa es un objeto ordinario, incómodo. Cada vez que alguien nos abraza y hace frío, este sello de metal provoca la reacción de echarse atrás de un salto si llega a entrar en contacto con la piel del otro, y en verano se te engancha con el pegamento del sudor del pecho, y cuando haces el amor está ahí balanceándose sobre la nariz de la muchacha o incluso acaba por metérsele en la boca. No tengo un solo amigo que no me haya enseñado la placa mordida, según él, por sus mujeres: yo me estrujo los ojos sobre el metal, pero no veo más que microscópicosrasguños. Según su versión, cada rasguño es de un canino femenino distinto. La placa es una señal. La señal de un país en guerra. De una parte de país en guerra. Un país en guerra que no sabe estar en guerra. De hombres que se queman en distintos frentes. Se queman como Salvatore o como Enzo. Mientras hablamos y yo trato de salir de la situación embarazosa enseñándole mi placa, Maria se levanta de sopetón y saca del armario un vestido de vivísimos colores. Me lo enseña. Y en medio del negror de los vestidos y la penumbra me causa el mismo efecto que una linterna que me apuntara directamente a los ojos. Dentro de tres días será su cumpleaños. El vestido que Maria llevará en su fiesta es el que habría llevado el día de la promesa de matrimonio. Me doy cuenta de que no sé su edad. De que ha sido algo que siempre he dado por supuesto, adscribiéndola a una edad genéricamente joven. Se lo pregunto directamente: ¿Cuántos años tienes? Maria me mira, traga saliva. Tal vez es que en los últimos meses nadie le había vuelto a hacer esa pregunta. -Diecisiete, dentro de tres días dieciocho. La señal de un país en guerra Pienso que no lo he oído bien. -Diecisiete. Enzo tenía veintiuno. Los soldados casi nunca tienen una edad precisa. Cuando no se les considera feroces o asesinos, son todos genéricamente jóvenes. Pero cuando la juventud se detiene con una anotación en el registro civil, veintiún años para morir son poquísimos hasta para un soldado voluntario, que ha ido a Afganistán para pagarse la boda y conseguir un crédito. Y cuando se pronuncia la edad, la distancia del acontecimiento, del uniforme, del deber, de la tierra lejana, se te acerca hasta darte en las narices. Aquel diecisiete dicho con tanta sencillez, como se dice la propia edad, me ha hecho estrellarme como contra un cristal que no ves por su propia transparencia mientras andas. El de haber creído que era una chiquilla. Era una niña. Es una niña. Una chiquilla viuda. Una esposa blanca. Diecisiete años. La sensación es como estar ante algo sagrado. Una especie El cacharro es un coche destartalado que en caso de necesidad es conducido de manera vistosamente peligrosa para hacerse detener y que el cargamento pase inadvertido Salvatore era conductor de cacharros Se había hecho famoso porque si no conseguía que lo pararan en los puestos de control, estrellaba el coche al azar... de imagen arquetípica que se presenta de nuevo como una vestal trágica de las épocas históricas. Las muchachitas que quedaban viudas de muchachitos soldados. Que se volvían intocables para todos porque estaban siempre protegidas por el fantasma de sus aspirantes a maridos. La tenía ante mis ojos. Me venían deseos de repetir los habituales salmos laicos de las discusiones de tranvía, de los políticos de tertulia, que todo permanece siempre igual, que nada cambia, que no hay diferencia entre el pasado y el presente. Pero es la propia Maria la que detiene la tentación. Salimos de nuevo y me lleva al bar de debajo de su casa. Está lleno de veteranos. Lo ha montado un ex paracaidista de la Folgore. Había estado en Somalia y se había involucrado en historias de fotografías y tortugas atrapadas bajo las orugas de los tanques, y se había ido dejando a su mujer en el bar. Allí estaba Tommaso, enganchado al videopóker. Había hecho la guerra en Bosnia y odiaba a todos los militares de todas las demás misiones. Gastaba verdaderas fortunas en el videopóker. Perdía todo lo que era posible perder. Y ganaba lo justo para encontrar una motivación que le permitiera seguir jugando. Maria quería que yo hablara con él o, como mínimo, que tuviera ocasión de conocerle. Tommaso era uno de los veteranos más resentidos, alguien que desde que había vuelto no tenía un momento de paz...