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1 2 09 EL LIBRO BIBLIOTECA NUEVA Entre Nápoles y Afganistán Roberto Saviano, autor de Gomorra esa impactante denuncia de las actividades de la Camorra, vuelve a escribir sobre su Nápoles natal. Se trata de dos relatos en los que una honda violencia, perpetua y arraigada a la historia de su tierra, late tras cada detalle de la narración. En este pasaje la dureza de la guerra en Afganistán corre en paralelo a la cotidiana violencia napolitana nzo se había alistado en el ejército con la clara intención de ir a una misión de paz. Había dejado el gimnasio, donde era uno de los mejores. Suele creerse que la gente se alista por dinero. Y con demasiada frecuencia se emplea la palabra mercenario Mercenario. Suena bien, fuerte, feroz, crítica en la medida justa. Adolece de cierto aire romántico. Quien combate no debería hacerlo por dinero, sino por amor a la patria. De veras que da risa. Y los muchachos de por aquí, cuando discuten con los de su edad que les insultan llamándoles mercenarios, ni siquiera se sienten ofendidos. Es difícil entender por qué los únicos que no deberían trabajar por dinero habrían de ser precisamente los soldados. Cuando se parte hacia las misiones se gana el triple de dinero, a veces el cuádruple. Pero está todo lo demás. Lo demás es la posibilidad de crecer, de hacer algo que lleve el distintivo de la respetabilidad, del compromiso, de la paga extra y de los días festivos, de ser reconocido como persona de valor, de ser considerado. Ver un poco de mundo. Y para algunos ver qué efecto tiene hacer la guerra, disparar y que te disparen. Invadir, golpear, desafiar. Pero para muchos, ir y volver lo antes posible, regresar conservando el pellejo. Y algunas fotografías. Soldados de guerras distintas. El sur de Italia tiene el récord de jóvenes muertos por causas violentas. Mientras recordaba para mí su ciego encuentro, Maria tenía los pómulos humedecidos por las lágrimas. Pero dejó de llorar casi de repente. Como si hubiera decidido poner un dique a la marea que estaba por remontar. La primera vez la vi abrazada a un ataúd, de rodillas. En la iglesia. Pequeña, más pequeña de como es ahora ante mis ojos. Y me parece que la estoy viendo de nuevo. Para calmar el recuerdo, Maria coge agua y empieza a beber. El agua le cae por la comisura de los labios. Todo en ella parece silenciosamente famélico. El hambre, la sed, el sueño. Todo parece ser una señal de vida, una vida que se mueve bajo la piel, pero como un combustible que ni siquiera por un momento le permite apagarse. Rendirse. E Título: Lo contrario de la muerte Autor: Roberto Saviano Editorial: Debate Páginas: 112 Precio: 9,90 Euros Fecha de publicación: 6 de febrero Maria hace un gesto, hermoso, de esos que no puedes ignorar cuando lo ves de cerca, y te notas la sangre que te corre por dentro. Un gesto que también hacía siempre mi madre cuando tenía calor. Un gesto que se hace en el campo. Se meten los dedos en el agua que queda en el fondo del vaso después de habérselo bebido y se pasan por el pecho, exactamente entre los dos senos, donde el sudor no baja bien, como aclarándolo. Un gesto que debe de ser instintivo, puesto que tiene el mismo descaro que meterse los dedos en la nariz o quitarse un trocito de carne de los dientes. Y sin embargo, se hace con naturalidad. En ese momento veo la placa que Maria lleva en el cuello. Nada de cruces, nada de estampas religiosas, nada de símbolos de beata, nada de rostros de santos, nada de rosarios. Solo la placa de identificación de Enzo. Deformada por el fuego, por el calor. Y me viene a la mente una escena ocurrida durante los funerales de Enzo. Todos sus amigos del gimnasio tenían las manos apretadas, todos, sentados en los primeros bancos de la iglesia. En el momento de la comunión no se pusieron en fila delante del cura, solo se pusieron en fila las viejecitas, mientras que todos los chicos, militares y no militares, veteranos, compañeros de armas, todos se pusieron sus placas entre las manos. Todos llevaban la placa. Se la quitaron del cuello y en el momento exacto en el que el cura daba la hostia a las viejecitas, ellos se metieron en la boca su hostia de metal. Miré a mi alrededor. Todos lo hacían. Cogí mi propia placa y la apreté entre los dientes. También yo la llevo, y me parece como si la llevara desde que nací. Es una pla- Roberto Saviano Escritor. Autor de Gomorra Ver qué efecto tiene la guerra, disparar y que te disparen... Soldados de guerras distintas. El sur de Italia tiene el récord de jóvenes muertos por causas violentas... Los tráileres llenos de coca viajan casi siempre con dos coches señuelo que controlan las carreteras por las que tienen que pasar, señalando los puestos de control ca de identificación militar, lleva escrito ni nombre, el apellido, la fecha y el lugar de nacimiento, el grupo sanguíneo y una frase en latín de Terencio. Lo suficiente para que se me reconozca, lo suficiente para sintetizar lo que soy: para llevarme de forma escrita colgado al cuello. Todos o casi todos los que conozco tienen la placa, como una biografía de metal colgante. Parece ser una seña de identidad de los jóvenes de la periferia, una provocación, una declaración del estado permanente del conflicto metropolitano. Como una necesidad de sentirse soldados sea como sea, incluso sin ejército, odiando la guerra y amando el combate. En realidad la placa es más bien uno de los elementos determinantes para comprender a mi tierra, a mi pueblo, a mi gente. Un viejo compañero mío de la escuela de medios de comunicación, Salvatore, fue identificado gracias a la placa. Salvatore trabajaba como escolta de tráileres cargados de droga hasta los topes que habían de evitar los puestos de control. Los tráileres llenos de coca o de hachís viajan casi siempre con dos coches señuelo que controlan las carreteras por las que tienen que pasar, señalando los puestos de control o la presencia de coches de los carabineros y de la policía. Cuando hay un puesto de control, el camionero opta por saltárselo saliendo de la autopista para volver a entrar unos kilómetros después, y si esto no es posible, interviene lo que en algunas zonas llaman el cacharro esto es, un coche destartalado que acompaña, siempre a distancia, a los cargamentos importantes y que en caso de necesidad se acerca a los puestos de control conducido de manera vistosamente peligrosa, con la intención de hacerse detener para que el cargamento pase inadvertido. Salvatore era conductor de cacharros. Se había hecho famoso porque, cuando escoltaba los tráileres y no conseguía que lo pararan en los puestos de control, no daba la misión por perdida, sino que estrellaba expresamente el coche al azar, provocaba accidentes a propósito, de modo que a causa de la emergencia había que desmontar el puesto de control y los coches se dirigían al lugar del desastre. Sal-