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14- 15 D 7 LOS DOMINGOS DE ÁNGEL CÓRDOBA de la catedral proletaria del transporte y me integro en la no pequeña congregación de los que esperan. Greyhound se ha convertido en el último recurso de quienes no los tienen y necesitan ir de un lugar a otro, escapar de sí mismos, de su destino (como por otra parte también hacen los que pueden permitirse un pasaje de avión o- -señal de que todavía tienes, aparentemente, la cabeza fuera del agua- -dispones de un coche propio y del dinero para alimentar su panza) Por sus bultos los conoceréis, y por el color de su piel. Aquí la concentración de negros por metro cuadrado es siete veces más alta que en cualquiera de los aviones en los que he embarcado desde que empecé este falso diario de viaje. Los blancos que no le hacen el menor asco al compadreo son, salvo excepciones (estudiantes, guitarreros, magos, jugadores de poca monta, antropólogos culturales y escritores) carne de cañón, antiguos inquilinos de psiquiátricos, ex convictos, ex alcohólicos, ex padres de familia, viudos, deportados, fracasados que llevan en el pecho y sobre todo en la cara el pin de su destino: tantas devastaciones. Pero ese tatuaje moral es el que la mayoría comparte con una dignidad tan correosa como incómoda: Hey, man, no me toques los Carne de cañón cojones. Todos somos iguales. This is America (con el acento suave de las grandes extensiones en las que siempre siempre siempre es posible salir adelante, reflotar, hacerte a ti mismo) Uno comprende de qué va la vaina cuando se cruza con homeless que con el ajuar de su existencia enterrado en un carrito de la compra (otra metáfora de la sociedad del espectáculo, del paraíso del consumo, de la república del supermercado) lleva una bandera de los Estados Unidos de América. Eso es una superpotencia, esa es una patria: cuando hasta los despojos del sistema, los aplastados por su maquinaria, están orgullosos de ser ciudadanos de la primera nación de la Tierra, el nuevo pueblo elegido (Israel mediante) el que está más cerca de Dios: In God we trust algo que los billetes se encargan de recordar incluso a quienes los llevan arrugados, insalubres, a punto de ser convertidos en pasta de papel, resúmenes de todas las codicias rotas, de todos los virus que nos acechan. Los pobres que nadie quiere ver están en este salón de los pasos perdidos, en estas estaciones que un día brillaron con luz propia, como parte del alma viajera del conquistador a la americana, herederos de las diligencias, autobuses que si- guen cruzando el país, pero que hacen juegos malabares con los números para no caer en la bancarrota, lo que dejaría sin este último salvavidas a quienes se arrastran bajo los puentes del capitalismo. Un matrimonio hispano se pelea a mi espalda por el pago de una deuda que el hombre dice haber satisfecho: cien dólares que ella (la esposa defraudada) dice que le pertenecían, que era su dinero. Un gigante de casi dos metros con un sombrero de peluche verde y una gabardina que arrastra por los suelos revolotea por la sala de espera pasando, a pesar de todo, inadvertido: aquí la fatiga reina. Una mujer con chador, con una aspillera para los ojos, hace juegos de manos para llevarse a la boca la comida con la punta de los dedos, dejando un rastro de migas y lamparones de algo que prefiero no identificar, mientras su hija, vestida como para una boda pactada de ante- Pobres que nadie quiere ver Uno comprende de qué va la vaina cuando se cruza con homeless que con el ajuar de su existencia enterrado en un carrito de la compra llevan una bandera de Estados Unidos Los pobres que nadie quiere ver están en este salón de los pasos perdidos, en estas estaciones que un día brillaron, parte del alma viajera del conquistador a la americana mano, triste, se derrama en el asiento, y un hijo adolescente merodea como un abejorro. Dos periquitas con botas altas y tacón de aguja, prendas ceñidas que recuerdan que la carne es para hoy y maquillaje a lo Winehouse, cruzan dejando un rastro que no es de agua de rosas. Un veterano del Vietnam y de la democracia apura un vaso que parece de Coca- Cola mientras trata de enfocar la mirada en algo que no sea el televisor que vomita reuniones familiares entre parejas que sólo se desean la muerte o algo peor. Sus mejillas demacradas, su figura de alambre, parecen emparentarle con una nueva estirpe de faquires. Una muchacha negra con pantaloncito de cuadros que sólo afloran cuando se levanta para verificar que no ha perdido el autobús a Toledo y se abre la manta de viaje lee ávidamente una novela de amor y fantasía. Todas sus pertenencias las arrastra en un atado de ropa. Un negro con cazadora historiada por un tatuador profesional se mueve como si fuera hermano del hombre de Michelín. Otros compatriotas de la nación que fue traída a la fuerza para trabajar en las plantaciones y que contribuyeron a fundar las plusvalías más rentables de la Tierra fingen que todo está todo lo bien que puede llegar a estar. Hora de partir. Lo que no se ve existe y tiene propiedades