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25 1 09 EL LIBRO BIBLIOTECA NUEVA La condición humana De internet al papel. El sueño americano apareció inicialmente en abc. es, la web de ABC. Fue la mirada en primera persona y en seis ciudades del Este, las grandes praderas, la frontera y el vibrante Chicago del país que acabó sorprendiendo al mundo al elegir por primera vez en la historia a un negro como presidente. Obama cristaliza el sueño de Luther King que abrió Lincoln a noche funda otra ciudad. El viento es su policía: gélido, omnipresente, desabrido. Para penetrar en el corazón de América, de esa América que se ha vuelto perezosa sinécdoque, que se olvida y todo lo contrario de que no es la única propietaria del término y que suele enseñar en sus aulas que son siete los continentes (además de los ya memorizados por el resto de nosotros, tres Américas: la del Norte, la Central y la del Sur) hay que asomarse adonde campa el lumpen- proletariat, o al menos quienes están a punto de engrosar sus filas, ingresar en el lado salvaje del abismo, porque todavía se pueden permitir el lujo de viajar. La estación de autobuses de Indianápolis, Greyhound, el reino de los perros, es un comienzo inmejorable. Fiel a la fama de una metrópoli sin contornos, como es tan común aquí, con la destrucción de la ciudad a manos de la mancha de aceite (urbanizaciones que se esparcen como satélites, alejadas de un centro degradado, y que reclaman duplicidad de servicios mientras la polis y el ágora se hacen trizas) el taxista compite consigo mismo. Las 500 millas de nuestro vademécum americano. Lanzado a una carrera desaforada sin que yo haya mostrado la menor urgencia de llegar a ninguna parte, él se esmera, haciendo caso omiso del soul que emite su emisora en sordina, en no dejar que nadie le adelante, y que nadie siga su estela. Es sabido que todos estamos sometidos a escrutinio, pero la paranoia de la observación parece haber encontrado en el mundo anglosajón el relevo a la eficacia de las democracias populares, aquellas que pastoreaba Moscú con su nada metafórico telón de acero, en vigilar a los suyos. Para colmo, mientras el piloto se ha cuidado muy mucho de ajustarse el cinturón de seguridad, los del pasajero son mero atrezzo Y a pesar de todo prefiere abandonarme en el campo de maniobras de los grandes autocares, como si la puerta principal fuera una cueva de ladrones, que lo es, como averiguaré casi enseguida, en cuanto compre el pasaje para Dayton, Ohio, eche un primer vistazo a mis congéneres y tras verificar que el L bar está en reparaciones y que las máquinas expendedoras de productos cancerígenos es la única esperanza de matar el gusanillo, salga a explorar la fachada principal de esta caja de galletas rancias y harinosas. En cuanto piso la dudosa luz del día, como si hubiera entrado en otro hemisferio distinto del de las cocheras, los taxistas apostados al otro lado del pasadizo subterráneo y de los cuatro carriles de asfalto que hace años perdió su color característico y se emparejó con el del cieno (como los indios de los que se compadecía Martí cuando estuvo exiliado en este país y escribía para los periódicos) empiezan a hacerme señales con sus cláxones, no sé si tratando de ofrecerme sus servicios, o acaso de advertirme de que me arriesgo a perderlo todo si me empeño en seguir arrastrando mis dos bultos por territorio comanche. Pobres indios: tras haberles expoliado de la tierra de sus ancestros y reventado la crisma se han convertido en epítome de la barbarie. El despojo completo: sobre la herida un vinagre que no dejamos de renovar los hablantes con nuestros latiguillos. Pero hago como si la alarma no fuera conmigo. Es la una de la tarde. No son horas de forajidos. Paso ante los tres taxis en fila, todos operados por proletarios negros, coches que no saben donde hacerse la ITV Les agradezco el gesto solícito y empujo la tercera puerta del bloque de casas de dos plantas y el ladrillo visto de las películas y de la necesidad. Es un antro. Y no sólo porque los ojos que han visto tanto cine saben reconocer los ingredientes: las tres mujeres que saben Territorio comanche Título: El sueño americano. Cuaderno de viaje a la elección de Obama Autor: Alfonso Armada Editorial: Ediciones del Viento Colección: Viento céfiro Páginas: 168 páginas Precio: 17 euros Fecha de publicación: 26 de enero Alfonso Armada Reportero y escritor, autor de Nueva York, el deseo y la quimera (Espasa) y, con Gonzalo Sánchez- Terán, de El silencio de Dios y otras metáforas. Una correspondencia entre África y Nueva York (Trotta) de sobra qué es la vida y cómo hacerle frente. Los parroquianos colgados como gorriones o gallos mustios del palo de la barra vuelven la cabeza con parsimonia para radiografiar al recién llegado, que tarda unos instantes en adaptar sus pupilas al nuevo diafragma, unos segundos preciosos en los que la silueta se recorta contra la sucia luz exterior. Un blanco perfecto. Interior día. Lo mejor en estos casos es hacer como si nosotros y la costumbre fuéramos la misma persona. Es decir, la naturalidad personificada. Nada de aspavientos, ni de intentar ser más amigables de lo necesario, que suele ser un indicio inequívoco del pavor. Al fondo de la semipenumbra, tras un self- service de poca monta, se atrinchera la cocinera. No hay mucho donde elegir, pero opto por un mejunje en el que conviven como buenos hermanos macarrones, frijoles y carne picada. Ella mete el cucharón, llena un plato hondo, lo reanima en el microondas y añade dos paquetitos de crackers: 5 pavos, sumando la botella de agua. Me llevo mi bandeja de plástico, roja y húmeda, y me siento en el comedor contiguo, donde soy el único comensal, bajo una pantalla gigante que habla de béisbol y no lejos de una ventana con rótulos de neón apagado que da a la calle donde de noche el viento y los cuates se ajustan las cuentas. Las paredes exhiben el característico repertorio de viejos y nuevos reclamos publicitarios y patrióticos, héroes del deporte y de la cerveza, siluetas de neón que me acompañan mientras los gallos mojados de la barra beben en silencio y las mujeres parecen hablar de las elecciones. Me cuesta seguir su parloteo. Pese a la promesa de la cocinera, el condumio sí es picante, pero llevadero, y mucho más sabroso de lo que cabía sospechar. Lo dice Richard Ford en Acción de Gracias por boca de su alter ego Frank Bascombe: Lo que no se ve existe y tiene propiedades que parece una jaculatoria para observadores de astronomía humana. Eso hago en cuanto salgo del local, recorro los doscientos metros que separan el bebedero- comedero El viento y los cuates Lo dice Richard Ford en Acción de Gracias por boca de Frank Bascombe: Lo que no se ve existe y tiene propiedades Una jaculatoria para observadores de astronomía humana. Los parroquianos colgados como gorriones o gallos del palo de la barra vuelven la cabeza con parsimonia para radiografiar al recién llegado, que tarda en adaptar sus pupilas