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18 1 09 LA IMAGEN Cosecha roja TEXTO: FERNANDO MARTÍNEZ LAÍNEZ FOTO: VÍCTOR LERENA (EFE) e llamaba Catalin Stefan, era rumano, y murió hace unos días de madrugada, a las puertas de una discoteca de nombre celestial (Heaven) que anunciaba paraísos artificiales en pleno centro de Madrid. Dicen que pertenecía a la banda de los Rompecostillas aunque su auténtico trabajo incumbe ahora al secreto del sumario, y estaba relacionado con el sórdido engranaje que controla la noche madrileña, la de Chicote y el agasajo postinero que ha derivado en pasto de vampiros. Su cadáver, entre detritus de la jungla de asfalto y grafitis, con la cabeza reducida a un amasijo de ruina, es un símbolo oscuro de la lucha entre presas y predadores en la selva urbana, cuando las sombras envuelven la gran ciudad como una mortaja de nubes sucias. Madrid, que no ha tenido gran protagonismo criminal como escenario de novela negra, lo está adquiriendo en la realidad, que es mucho peor. Madrid no es Poisonville, pero casi. Algo huele a podrido en sus calles y plazas. En el profundo sopor enlutado de la noche, el crimen funciona como un negocio, con oficinas de cobro, contables y cajeros. Por momentos todo parece ir bien, hasta que el saldo no cuadra y el equilibrio se rompe. Personville, la ciudad corrupta de Hammett, donde cada uno respetaba la parcela delictiva de los demás para mantener su propio beneficio, se convierte entonces en Poisonville, la ciudad del veneno. España es un inmenso pastel mundial de droga y el primero de Europa en cocaína. Somos territorio drogata en el que operan delincuentes de ochenta países. Pretender que todo esto quedaría en mera curiosidad sociológica, como el rayo de sol que pasa por un cristal sin romperlo ni mancharlo, es soñar que Peter Pan existe. Hay en la noche demasiado vicio, demasiada droga, demasiado miedo, demasiado estrago, demasiado dinero, y en ese caos oculto el que amenaza, manda; el que debe, obedece; y el que paga, controla. Perro come perro, y los ajustes de cuentas son una obligación ritual. Seguro que el hombre que yace muerto tendido en la foto lo sabía, aunque no le sirviera de mucho. S