Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
14- 15 D 7 LOS DOMINGOS DE ÁNGEL CÓRDOBA bre la población, sobre sus propios vecinos o amigos. Además, algunos de ellos pertenecían al Partido Radical. Fueron setenta y ocho los guardias de seguridad expulsados de sus puestos por desertar. Se acusó a los asaltantes de saquear y beneficiarse de los bienes sustraídos de los conventos e iglesias. A tenor de las descripciones de los periodistas o de los mismos asaltantes, no sucedió así, ya que parece ser que todo fue enviado a la pira incandescente. Además, esta conducta era reprochada por los mismos asaltantes, que mantenían una dignidad y un orgullo propio de este tipo de episodios urbanos. Por la tarde proliferaron los episodios con cadáveres y fisgoneo de las tumbas. Las mujeres parecían no tener freno en su afán por conocer los secretos de los conventos y se organizó uno de los actos más populares de la semana de la quema de conventos, que viene reseñado en la mayoría de testimonios de aquellos días. Josep Benet lo recoge en su monografía sobre el tema, también Fabra Ribas y José Comaposada. Este último explica el impacto de la obra de teatro de Jaime Piquet sobre Los misterios de un convento, o la monja enterrada viva. La prensa liberal la había aireado profusamente y permanecía en el imaginario popular catalán. La obra se había representado en el teatro Odeón y, de vez en cuando, se reponía. La obra se basaba en un hecho verídico que había sucedido en el convento de las Jerónimas. Poco después, otro acto, que tuvo lugar en el mismo convento, volvió a conmover a la opinión pública: una chica había escapado del convento a causa de los malos tratos recibidos, se intentó suicidar fallidamente, pero desapareció misteriosamente del hospital de la Santa Cruz, donde había sido conducida. Por no hablar de toda literatura fantástica sobre monjas emparedadas, clamores nocturnos, raptos de muchachas, o castigos corporales debidamente distribuidos desde mitad del siglo XIX entre los sectores críticos al papel de la Iglesia. Pero nada hacía presagiar lo que en breves momentos sucedería. Porque aquí lo que se produjo fue una insólita procesión anticlerical que revistió los mismos aspectos que aquellas que pretendían combatir. Las mujeres se hicieron cargo de los cadáveres desenterrados de quince monjas, que estaban atados de pies y manos. Fueron transportados en sus ataúdes, a la vista de todos, hasta el Ayuntamiento, para que las autoridades observasen qué era lo que hacían los religiosos, sus prácticas de martirios y de tormentos horribles, que recordaban la leyenda de la Inquisición, tan trabajada por los anticlericales. El largo cortejo Literatura fantástica fúnebre estaba formado por no menos de un millar de individuos, que iban dejando algunos cadáveres en los momentos en que eran interceptados por la fuerza pública. También protestaban por la gran cantidad de cadáveres que habían sido enterrados, no en los cementerios de la ciudad, sino en las huertas de los conventos, entre las casas de vecinos, algo totalmente antihigiénico, en unos años en que la peste y el cólera hacían estragos entre la población barcelonesa. Y los cadáveres volvieron a la calle, en la macabra ruta hacia las barriadas obreras, hacia las Ramblas y el Paralelo, pero al pasar cerca de las casas de los banqueros Güell y López, los Comillas, los cuerpos fueron depositados en medio de la chirigota general. Los revolucionarios cogieron los cadáveres, y un muchacho, Ramón Clemente Garci, de veintidós años, carbonero y discapacitado, bailó una danza macabra con uno de los Las mujeres se hicieron cargo de los cadáveres desenterrados de 15 monjas, atados de pies y manos. Fueron transportados en sus ataúdes hasta el Ayuntamiento... Ramón Clemente Garci, de veintidós años, carbonero y discapacitado, bailó una danza macabra con uno de los cadáveres mientras lo transportaba a la portería de los Comillas cadáveres mientras lo transportaba a la portería de los Comillas. Y esto le valdría la pena de muerte. Ciertamente, había algo en aquella revolución que seguía siendo intocable en medio de tanto despropósito: los marqueses de Comillas. El sábado por la mañana, la calma regresó a la ciudad. Atrás quedaban los incendios, aunque las columnas humeantes aún señalaban los lugares donde se emplazaban los conventos e iglesias. El Ejército se vio reforzado y se reanudaron las comunicaciones. La ciudad despertaba de su sueño revolucionario o, para otros, de su pesadilla anticlerical. A los pocos días del fin de las jornadas, en una ciudad desconcertada y donde las clases trabajadoras estaban atemorizadas por el impacto de las primeras represiones, aparecieron ya las primeras valoraciones políticas de los hechos. Unas valoraciones cautas, ya que el estado de guerra se decretó el 26 de julio y duró hasta el 17 de agosto. Las garantías constitucionales suspendidas el 27 de julio no volverían a restaurarse hasta el 10 de noviembre. El gobierno Maura reprendería con saña la revuelta urbana que había contradicho su envío de tropas hacia Melilla, y además dimitiría al gobernador civil Ossorio y Gallardo, al que nunca tuvo en mucha estima... demasiado aperturista...