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11 1 09 HORIZONTES Moscú Las capas de la cebolla Moscú es una urbe de varias pieles que el viajero debe ir levantando para conocerla. Una matrioshka de apariencia bárbara pero de sorprendente interior POR MANUEL LUCENA GIRALDO. HISTORIADOR inston Churchill, en una de esas típicas afirmaciones del gran reportero que fue, señaló que Rusia era una adivinanza envuelta en un misterio dentro de un enigma Para que la frase fuese perfecta le quedó por decir que la llave de ese misterio había que buscarla en Moscú, una urbe inaprehensible, de compleja geometría formal, que se muestra ante los ojos estructurada W El GUM, el gran centro comercial de Moscú construido en 1893 AP por anillos: el Kremlin, la muralla blanca, los bulevares o jardines, el de transporte y la circunvalación. Incluso con los sentidos embotados por el largo viaje, el viajero percibe al llegar a Moscú que algo no encaja. La ostentación obscena de los grandes planos, con avenidas rectas de increíble longitud que debieron ser pensadas para interminables y obligatorias celebraciones revolucionarias, así como el horizonte demasiado definido, nos llevan a pensar que lo más interesante rehúye la superficie. En este sentido, no es casualidad que si Moscú tiene varias pieles que el viajero debe ir levantando para conocerla, las matrioshkas las tradicionales muñecas de madera en vivos colores, sean el símbolo de Rusia. También constituyen una expresión tradicional del alma escondida y expresan el poder del matriarcado (la raíz de la palabra es la misma) la vigorosa madre de familia o clan destinada a vivir para siempre. Queda muy poético, pero como tantas ancestrales tradiciones nacionalistas, esta tampoco resiste el análisis de la Historia. La matrioshka fue inventada hace cuatro días, como aquel que dice, pues la primera data de finales del siglo XIX. Por entonces, el editor y coleccionista de arte Savva Mamontov reunió en torno al taller llamado La educación de los niños a un equipo de artesanos que crearon, quizás con una mezcla de inspiración autóctona y japonesa, las famosas muñecas. El episodio ilustra otro elemento clave del alma moscovita, la añoranza de una etapa gloriosa de la urbe, de 1880 a 1917, aquella en que se acumuló mucha riqueza e ilustración en la capital del entonces imperio de los zares, establecida en 1147, convertida en principado independiente en 1301 y muralla primero ante las invasiones de los salvajes tártaros de las estepas de Asia y después ante las tropas mercenarias y despreciables de Napoleón, que só- lo pudo hacerse cargo de una urbe incendiada por sus defensores. El maravilloso barrio del Arbat, en cuyos tránsitos el viajero evoca a Pushkin o Dostoievsky (ambos moscovitas, ambos muertos en San Petersburgo) constituye el mejor vestigio de aquel período, pues abunda en espacios de conversación y sociabilidad. Ya sabemos lo que siguió a aquel esplendor decimonónico, la revolución de los soviets, que inventó un relato histórico de Moscú y de Rusia según el cual ellos llegaban para liquidar los privilegios feudades y las contradicciones del sistema capitalista Como también sabemos, entre los dirigentes de los bolcheviques abundaban los elementos de origen burgués, de modo que a partir de los años treinta, cuando quiso el padrecito Stalin, el lujo en el que vivían las elites soviéticas resultó más una tradición que una innovación. Viniendo de donde venían aquellos revolucionarios (liquidados en buena medida en las purgas de 1937) no es extraño que muchos tuvieran mucho que esconder. El Genplan que iba a hacer de Moscú la capital que merecía la Unión Soviética, resumió su filosofía en el poético aserto Lo viejo es basura. Debemos elevar las construc- Lo viejo es basura