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11 1 09 ACTUALIDAD mió Enrique Barcos, cuestionado por parte del vecindario. Los críticos dicen que se ha rodeado de una camarilla para tomar las decisiones sin contar con todos los vecinos. Fago, dada su escaso censo, funciona como concejo abierto: los acuerdos los votan todos los habitantes, en asamblea vecinal. El último motivo de controversia ha sido el cobro del agua potable. Cuentan algunos vecinos que en Fago nunca se había pagado por el caudal que llega a las casas por la red de tuberías del pueblo. Pero eso ha cambiado. A finales de diciembre les llegó el primer recibo. Fago tiene una treintena de empadronados. Pero vivir, lo que se dice vivir de continuo, la mitad. El pueblo está próximo a Francia y al navarro Valle del Roncal. Cerca, a unos veinte kilómetros, está el camping de Zuriza y las pistas de esquí de fondo de Linza. Sí van turistas, sí, sobre todo van muchos vascos dice Isidro, un vecino de los de toda la vida de Fago que aún recuerda el revuelo mediático que se desató tras el crimen, hace dos años: En los seis metros que van de este banco en el que le encontramos sentado hasta la puerta de mi casa me pararon siete periodistas, y yo no quería decir nada, y venga a preguntarme La vida sigue pasando lenta en Fago, al ritmo de la montaña FABIAN SIMON Fago Historia de una obsesión Un pueblo dividido Fago perdió hace dos años, a sangre y fuego, el anonimato que mantuvo durante siglos al abrigo del Pirineo, afloraron rencillas individuales y divisiones colectivas que todavía se mantienen POR ROBERTO PÉREZ. FAGO l de Fago sigue siendo un vecindario dividido. La disputa personal entre el alcalde Miguel Grima, asesinado hace dos años; y el forestal al que se acusa del crimen, Santiago Mainar, catalizó aquella división vecinal y, en parte, la retroalimentó. Mainar llegó a Fago desde Montañana, en Zaragoza. Después acudió Miguel Grima, precisamente de la mano del forestal, dada la relación que había entre éste y la familia de Grima. Pero la amistad mudó en disputa. En este pequeño pueblo todo está concentrado: el caserío, las calles y las pocas gentes que habitan de continuo. Quizás eso ayudara también a condensar los sentimientos encontrados entre Grima y Mainar. Las disputas personales entre uno y otro encontraron coro E a vueltas con las decisiones que iba tomando Miguel Grima desde su puesto de alcalde. Su modo de entender la gestión de un pequeño municipio al abrigo del Pirineo no era compartida, ni comprendida, por una parte del pueblo. Y entre ellos, alguno encontró en Santiago Mainar el referente de su oposición al alcalde. Fago, que en población es el equivalente a una pequeña comunidad de vecinos en un bloque mediano de pisos de cualquier ciudad, no es un pueblo fácil para los periodistas desde que ocurrió el crimen. Los vecinos, los escasísimos que uno se puede encontrar en la calle un día cualquiera, no quieren hablar de aquello. Hay recelo. Y la división que se instaló con las disputas de dos forasteros, Grima y Mainar, ahí sigue. Tras el crimen, el puesto de alcalde lo asu- Testigos directos y mudos de aquel episodio quedan las casas de turismo rural que regentaban Miguel Grima y Santiago Mainar. Otra muestra de la competencia entre ambos. Desde el exterior, ninguna de las dos casas muestra señal alguna de abandono. Pero ambas están cerradas, no funcionan como viviendas de turismo rural. Tampoco la tienda- bar Marieta. La pareja a la que pertenece la casa y lo que fue el negocio se contaban entre los críticos con la gestión de Grima. La tasa que había fijado para las escasas mesas que el bar sacaba a la calle en verano les hizo protestar. Colgaron un cartel en el que decían, irónicamente, Fago no es Nueva York Ahora lo que cuelgan son los carteles de Se vende Al parecer, quieren marcharse, buscar otros horizontes. La que sigue en Fago es la viuda de Miguel Grima. Acude con frecuencia a la casa que mantiene en este pueblo en el que su vida familiar se truncó trágicamente hace dos años. Y a escasos kilómetros del pueblo queda la granja que tenía Santiago Mainar. Pero está sin uso. Sus familiares vendieron las 53 vacas, las dos yeguas y las vacas que dejó cuando fue detenido. Por lo demás, la vida sigue pasando lenta en Fago, al ritmo de la montaña. Igual que ocurre desde hace siglos en un pueblo en el que la llegada de dos habitantes en busca de nuevas vidas acabó con uno asesinado, otro en la cárcel por el crimen y un vecindario dividido. La viuda no abandona el pueblo