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12- 13 D 7 LOS DOMINGOS DE IN MEMORIAM Olga Lepenshinskaya El brillo del arte, la sombra de la espía Llevó el ballet ruso a la cumbre soviética, donde se la aclamó como a una de sus heroínas. Murió el sábado 20 de diciembre, a los 92 años, en Moscú, mientras dormía POR EDUARDO CHAMORRO arece ser que Andre Breton le dijo un día a Trotsky, en París, después de haber visto bailar a Diaghilev y cuando el revolucionario ruso exponía al surrealista su idea de pintar de distintos colores las casas de los diversos barrios de la Ciudad Luz, que lo auténticamente revolucionario sería que el bailarín llevara la pirueta de su salto al extremo de quedarse para siempre colgado de sí mismo en el aire. Con el tiempo, aquellas palabras debieron de alcanzar lo más íntimo del corazón de Trotsky, que era un idealista y sabía de la pasión de Stalin por las bailarinas y, sobre todo, por Olga Lepeshinskaya, condecorada por Putin poco antes de fallecer en su casa de Moscú, donde el presidente Medvedev acudió para rendir un puntual homenaje. Tardó un poco en ser primera bailarina, y su fama tardó aún más en superar las fronteras ideológicas del régimen al que sirvió con toda la reciedumbre de un fiero carácter. Íntegra y rebosante de impetuosa energía, supo alzar la vitalidad de su virtuosismo sobre la rudeza de sus primeros modales hasta convertirlos en la gestualidad artística de la revolución y de la guerra patriótica. Nacida en Kiev, en 1916, y graduada en la escuela del ballet Bolshoi en 1933, el coraje y la crisis de los tiempos le ofrecieron los personaje que la pondrían en la epopeya y en la fama. Así fue en 1939, con sus interpretaciones de Svetlana la combatiente ideada por Radishkin, cuya severa pujanza, casi masculina, no le impide seducir al saboteador enemigo, o de Tao- Hoa, la revolucionaria china de Lavrovsky en La amapola roja Fue también la Cenicienta de Prokofiev cuando la obra se estrenó en Moscú en 1945. Y no le bastó con llevar los conflictos de la época a los escenarios de la capital. También supo trasladar las delicias de los teatros moscovitas a los campos donde la gente se jugaba más plena y abiertamente la vida. Leonid Jacobson diseñó para ella unas coreografías de campaña, pequeñas, plegables y transportables, con las que se fue literalmente a la guerra. Tenía redaños no sólo para ir sino hasta para quedarse y no volver a casa si eso era lo que le pedía el Partido Comunista, del que fue militante desde 1943, desempeñando en varias ocasiones su representación electa para el Consejo Municipal de Moscú. Fue premiada en cuatro ocasiones con el galardón soviético más distinguido, el Premio Stalin, con lo que el carisma del más alto líder quedó para siempre unido en la sospecha al poderío erótico de la más activista de sus bailarinas. No le arredraba el mando, tal vez porque lo ejercía, de una manera u otra, y porque sabía aplacarlo. Al fin y al cabo, el ballet es un modo de insurgencia frente a la ley de la gravedad. Ya lo decía Breton. El caso es que Olga Lepenshinskaya volvió de su gira por la guerra con el amor de dos generales que no sólo coincidían en eso y en el generalato sino en la especialización de sus tareas. Ambos eran espías. Y es ahí donde la historia de la bailarina se desvanece en la tiniebla, si es que no en la doblez. Nada más se sabe de esos dos maridos. Los dos murieron hace años y lo que no se supo antes siguió luego en la ignorancia. Su viuda se retiró del Bolshoi en 1963, pocos años después de que los servicios de inteligencia occidentales dejaran claro que se habían fijado detenidamente en ella. En 1959, cuando el empresario americano Sol Hurok puso en Nueva York al ballet ruso, Lepenshinskaya no estaba junto a las bailarinas que dejaron atónito al público americano: Galina Ulanova, Maya Plisetskaya y Ekaterina Maksimova. El Departamento de Estado no autorizó su entrada en los Estados Unidos hasta 1998. P ABC Guardia de honor para una bailarina legendaria Tenía redaños no sólo para ir al frente de guerra, sino hasta para quedarse y no volver a casa si eso era lo que le pedía el Partido Comunista, del que fue ferviente militante desde 1943