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2- 3 D 7 LOS DOMINGOS DE Kibera: Los hijos de la miseria africana EDUARDO S. MOLANO NAIROBI. En Kibera, el barrio de chabolas más grande del mundo, hace tiempo que la esperanza de su cerca de un millón de habitantes convive con las flying toilettes unas precarias bolsas de plástico repletas de excrementos que son arrojadas a las calles ante la ausencia de retretes. En este barrio keniano más de un tercio de su población es portador del VIH y su media de ingresos apenas alcanza los 40 céntimos de euro diarios. Pero en pocos lugares del mundo encontrará el viajero tantas sonrisas como respuesta a sus preguntas. Christine Wimbo tiene tan sólo 20 años y una infección en su ojo izquierdo le impide mantener con precisión la mirada. Sin trabajo, sin estudios, su vida discurre en el cuidado de sus cinco hermanos de entre 3 y 14 años. Mi padre padece elefantiasis en una pierna y está internado junto a mi madre en un campo de refugiados de Kisumu, al oeste de Kenia Christine, como la mayor parte de los vecinos de Kibera, recibe el apoyo económico de los millares de iglesias que pueblan el lugar. Estas semi- sectas, que apenas cuentan con unas decenas de miembros cada una, se han convertido en el principal amparo de los habitantes de Kibera. Cada día voy a rezar al templo para pedir a Dios que mis padres regresen dice la joven mientras sujeta con fuerza una Biblia que, por su gastadísimo aspecto, parece saberse de memoria. Las iglesias no son la única vía de escape de la miseria. Otra alternativa igual de popular es la buzaá bebida alcohólica local que hace estragos entre la población. Pero Christine prefiere no rendirse a sus encantos. Su alimentación y la de sus hermanos se reduce a un vaso diario de uji una proteínica bebida tradicional keniana a base de leche fermentada. Hay días que no podemos comer, por lo que preferimos racionar lo poco que tenemos. Es la mejor forma de engañar al estómago Sin embargo, y pese a su calamitosa situación, Christine se puede considerar una privilegiada. Al ser uno de los casi 400.000 desplazados ocasionados por la violencia que se desató tras las pasadas elecciones, su familia logró una subvención que le permitió hacerse con un techo donde pasar la noche, y la mitad de sus hermanos van a la escuela, que les presta los libros. La no escolarización es un mal endémico en Kibera. Eso hace que miles de niños vaguen por sus callejones practicando la mendicidad. Otros, en cambio, y aunque apenas alcancen los 12 años, ofrecer sus favores sexuales por apenas unos céntimos de euro. Bernard (21) y Deniss Ochieng (9) son dos los hijos de la miseria del barrio. De etnia luo, como la familia keniana de Barack Obama, su fortuna poco tiene que ver con la del recién elegido presidente de Estados Unidos. Huérfanos de la guerra, mendigan para huir del infierno. El menor de los hermanos, Deniss, apenas habla inglés y en su mirada perdida se percibe que, pese a su corta edad, sus ojos ya han visto demasiado horror. Bernard, en cambio, acude un par de veces por semana al colegio, aunque la carencia de libros dificulta su tardío aprendizaje. Algún día seré ingeniero y sacaré a mi hermano de este lugar Unos sueños factibles para sus ojos, pero impracticables para sus dedos. Cada día, desde esta pequeña escuela, los jóvenes observan cómo decenas de hijos de las clases más pudientes de Nairobi juegan al golf en el campo El Real a tan sólo unos metros de la última chabola de Nairobi. Claroscuros y contrastes de la miseria africana. Mientras de los surtidores del cuidado complejo deportivo brotan miles de litros de agua, las familias de Kibera deben pagar 3 chelines 3 céntimos de euro por apenas 20 litros, al carecer el barrio de agua corriente. Cada día me aplico más en mis estudios para ser yo quien juegue al golf en el futuro asegura Bernard. Su hermano ya ni siquiera sonríe al escucharle, quizá cansado de unas promesas que nunca se convierten en realidad. (Pasa a la página siguiente) Sexo por unos céntimos EDUARDO S. MOLANO La casa de Christine Wimbo es la de hoja de lata clara E. S. M.