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28 12 08 50 AÑOS DE CASTRISMO Mientras agonizo Norberto Fuentes, autor de este artículo, en un helicóptero cubano en Angola. Imagen de 1981 (Viene de la página anterior) ABC se descascaró y se convirtió en una ruina, Fidel llamó a su ministro de comercio interior, Manuel Vila Sosa, y le dijo: Coño, Vila, mira a ver qué es lo que repartes. Necesitamos aguantar un año. Si pasamos el año, nos salvamos. Repartir era distribuir alimentos y artículos de primera necesidad a la población. Demostró entonces que si bien vio a tiempo la desaparición de la URSS, no vio en cambio la necesidad de acumular las reservas para aguantar el palo, o sea, sobrevivir a una tanda de palazos. Hasta hubo necesidad de habilitar algunas para convertirlas en funerarias de barrios debido al súbito incremento de la mortalidad de ancianos por mala, malísima, nutrición, e incluso hubo una epidemia de polineuropatía, que no existía desde la época de Colón y que entonces se llamaba escorbuto, una avitaminosis por la exposición de los marinos a extensos períodos sin consumo de frutas y vegetales y cero obtención de vitamina C. Las cosas deben haber mejorado hacia 1995. Empleo como detalle para la aseveración que Fidel mandó a buscar a Zimbabue dos hermosos ejemplares de impalas, de más de 160 libras, para lo cual hizo valer su alianza con Robert Mugabe y despachó un Ill- 62 de Cubana con el propósito de tener esa carne al fuego en la celebración del cumpleaños, el 6 de marzo, de García Márquez. Un impala para Gabo, el otro para el zoológico de la ciudad. Por cierto, que el primero hubo de ser sacrificado porque el impala original del guateque de Gabo, que pastaba en los dominios del comandante Guillermo García- -uno de los llamados comandantes históricos en las afueras de La Habana, fue descuartizado por unos desalmados en vísperas de la fecha es- tablecida para su sacrificio oficial y distribuida y consumida su carne en los poblados de los alrededores, gracias a la red del mercado negro asociada a los diestros descuartizadores. Así, pues, el hombre vital y desafiante (y también de aquellos excesos) se enfrenta ahora a la posibilidad de pasar a la historia como un inconsecuente. Y nada más inconsecuente que un revolucionario cuando se convierte en un conservador. La palabra que aplica de inmediato en ese tránsito, dada la sangre que se ha derramado, es traidor. ¡Cómo le gustaba a él endilgársela a todo el que no estuviera de acuerdo con sus postulados! No acudió a las masas en esta ocasión. Tú no llamas al pueblo para meterte en un refugio y sentarte a escribir cuatro boberías. Mucho menos, después de tanto hablar, vas a recurrir a la gente para transformarte en el guardián de los intereses de los Estados Unidos de América. La muerte que enarbolaba como un talismán, no solo la suya, sino la del país entero, listos todos para las lavativas de la inmolación, actúa ahora como un paliativo de los últimos días. No hay que molestarlo, déjense de presionarlo, el pobre, la está pasando mal. ¿Pero llegaremos a entender lo que de verdad está pasando? Las revoluciones, ya lo sabemos, tienen la potestad de los ¿Un traidor? Un impala para García Márquez En 1990, con el desmerengamiento de la URSS, viendo que la Revolucion quedara al garete, le dijo a Gabo: Nada nos quita que el próximo año esté en la Sierra, luchando Hay poca gloria en su actual conducta. Pero parece muy cómodo en ese ejercicio de cancerbero de la tranquilidad de los yanquis. Ni balseros, ni exportación de guerrillas virajes más sorprendentes. Eso a veces te cuesta que te paren delante de un pelotón de fusilamiento. En los años 60, no fueron pocos los que fusilaron por darle candela a los cañaverales. Era la época de sabotear la industria azucarera, principal renglón económico del país. Luego se descubrió que era un método altamente productivo de preparar los cañaverales para su cosecha, especialmente para el corte con máquinas combinadas. Una vez que se atrapa la idea de que una revolución no reconoce las fronteras de ninguna imposición, lo que te queda como jefe de uno de esos fenómenos es avanzar. Pero el tiempo le está quedando corto. Hoy mismo se le está reduciendo y le sobra espacio dentro del puño para atraparlo. Habría que sacudirse de la modorra, de la autocomplacencia, de la lástima con la que él mismo se está mirando, y de los susurros al oído de su hermano, el disciplinado comunista de la vieja escuela, que siempre confundió el leve barniz de las reformas con el fuego implacable de la Revolución. Tiene que cambiar. Tiene que salvarse. El proyecto de una revolución permanente es ino-