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18- 19 D 7 LOS DOMINGOS DE LO PENSARÉ MAÑANA Nicole Kidman y el didgeridoo POR E. RODRÍGUEZ MARCHANTE esde hace unos días que descubrí la existencia del didgeridoo, creo que algunos de nuestros mayores problemas tienen arreglo. El didgeridoo es un tubo largo de madera que los aborígenes australianos utilizan como instrumento musical, y aquí lo hemos conocido (o al menos yo lo he conocido) cuando la actriz Nicole Kidman se lo echó el otro día a la boca y se armó un buen lío, porque, con ese gesto, había ofendido a los australianos. Al parecer, el didgeridoo es de uso exclusivo del hombre y aquellas mujeres que osan to- D carlo perderán de inmediato la fertilidad. O sea, que no hay que recorrer un gran trayecto reflexivo para llegar a la sorprendente conclusión de que el didgeridoo es un método anticonceptivo. A partir de este repentino descubrimiento, el panorama que se abre ante nosotros (los españoles, me refiero) es totalmente esperanzador. Me explico. De todos es conocido el desencuentro entre los dos grandes partidos políticos, el PSOE y el PP, en lo tocante a cómo se han de enfocar estos asuntos, métodos anticonceptivos, embarazos no deseados, aborto... Y albergo la esperanza de que este descu- brimiento del didgeridoo como método anticonceptivo acerque posturas hasta ahora irreconciliables. Para empezar, sería mucho más estética una campaña en las escuelas de toquemos el didgeridoo que una de condones gratis para la peña Por no hablar de ese ridículo anuncio del hip- hop de con el condón yo floto pronto o algo así, que caería por su propio peso ante el arrebato musical del flautón australiano. No sé, me confieso lego en el asunto, pero tengo la impresión de que hasta el Vaticano vería con buenos ojos el aprendizaje del didgeridoo entre la juventud. No he explorado a fondo todas las posibilidades, pero, así, por encima, todo lo que se ve son ventajas. Por ejemplo, ya no serán necesarias esas máquinas expendedoras en calles, plazas y locales, tan indiscretas o más que el propio didgeridoo, porque con unos cuantos de estos tubos bien situados se pue- de dar una gran cobertura musical (recuérdese que no es preciso tocar una sinfonía: basta con una nota y una sola vez para que la fertilidad huya despavorida) El mayor problema que le veo a esto es que podría afectar negativamente al sector del preservativo, y abundar en otras inesperadas crisis laborales, pero eso tal vez se pueda solucionar al modo Carod Rovira que, como saben, invirtió casi medio millón de euros en condones para enviarlos a Mozambique. O sea, al tiempo que se intensifica aquí el uso del didgeridoo, habría que ampliar generosamente nuestra contribución en este sentido al tercer mundo, y no con el sobrante, sino a estrenar. Y luego, claro, bien entendido por todas las partes en conflictoque el uso del didgeridoo no es incompatible ni con la abstinencia ni con el uso del condón. Allá cada cual con lo que toque. TIRA Y AFLOJA Por César Oroz NO SIEMPRE ES DOMINGO Echando cuentas POR XAVIER PERICAY a Administración, ese pulpo que vela- -o asegura velar- -por todos nosotros, no para de echar cuentas. Ya sean los turistas y sus pernoctas; ya los manifestantes y sus marchas; ya los enfermos y sus esperas hospitalarias, el caso es contar. Y tenernos contados. Lo cual, por cierto, no debería extrañarnos. Un Estado ha de saber con quién se las ve. Al igual que hemos de saberlo nosotros, los ciudadanos, que es como decir que hemos de exigir a ese Estado la máxima transparencia. En L este sentido, nada hay más transparente, más unívoco, más irremediable, que una cifra. Ahora bien, hay maneras y maneras de contar. O de presentar las cifras. En lo tocante, por ejemplo, a la violencia doméstica, una cosa es ofrecer las estadísticas globalmente, sin diferenciación ninguna, y otra muy distinta especificar también la nacionalidad de víctima y verdugo. O, lo que es lo mismo, una cosa es impedir que afloren determinadas tradiciones culturales y otra muy distinta dejarlas aflorar. No hace falta indicar dónde está la máxima transparencia. Algo parecido ocurre con las cifras del paro, aunque la distorsión, aquí, sea de otra índole. Se puede calcular el número de parados como se ha venido haciendo hasta la fecha o se puede cambiar de método. ¿Cómo? Pues eliminando del cómputo a los desempleados que asisten a cursos de formación o sugiriendo que los prejubilados pierdan la condición de parados. En ambos casos- -como bien sabe el ministro Corbacho, promotor de las medidas- las cifras del paro van a reducirse. Y semejante rebaja, en tiempos de crisis y destrucción de empleo, es, para cualquier político, una suerte de bendición. Pero toda esta picaresca numérica no admite comparación con la que se da en ciertas regiones de China. Desde hace ya muchos años, la ley compele al ciudadano a incinerar a sus muertos. Nada de enterrarlos, pues. Nada de obede- cer a las creencias, que anuncian para ellos, en caso de entierro, una nueva existencia en el más allá y, para sus descendientes, unas mejores condiciones de vida. Con tanta gente y tan poca tierra, sólo falta que encima la ocupen los muertos, piensan las autoridades. De ahí que no admitan desajustes: tantas defunciones, tantas incineraciones. Pero, claro, que las autoridades prescriban la cremación no significa que las familias la practiquen. Al menos con quien deberían. Parece que en los últimos años han proliferado las bandas que secuestran y asesinan. Y el consiguiente tráfico de cadáveres. Y parece que las familias, para no traicionar sus creencias ni incumplir la ley, entierran al propio y queman al extraño... Pero lo más gordo no es eso. Lo más gordo es que la Administración no hace nada. Como le salen las cuentas...