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14 12 08 ACTUALIDAD Bill Clinton, izquierda, y su antiguo vicepresidente Al Gore. Dos estrellas del circuito de las conferencias, donde ganan una fortuna REUTERS Llega la crisis discursos y lecciones magistrales por el mundo POR: A. GRAU. NUEVA YORK a crisis está visto que no perdona y su próxima víctima podrían ser los parados más ricos del mundo: los ex dignatarios y altos cargos políticos, económicos o de cualquier otra índole que se ganan la vida pronunciando discursos sobre su antigua especialidad. Gente como Bill Clinton, su antiguo vicepresidente Al Gore o la que fue su secretaria de Estado, Madeleine Albright, como Colin Powell o incluso como el escritor Tom Wolfe. Durante años, muchos de ellos han obtenido más ingresos de dar cotizadísimas conferencias por todo el mundo que de ninguna otra actividad. Pero ahora parece que la jubilación de oro de los picos de oro del mundo pende del alero. The New York Times informaba hace poco de que las principales firmas norteamericanas que gestionan es- Picos de oro La crisis amenaza el negocio de los ex dignatarios y altos cargos que se ganan la vida- -y muy bien- -dando L ta industria- -porque es una industria, con sus tarifas bien reguladas y sus comisiones- -se enfrentan a una reconversión importante. Paradójicamente el problema tiene que ver con cierto exceso de glamour. Un conferenciante que juegue en la liga de campeones puede cobrar de 5.000 a 50.000 dólares (de 3.850 a 38.500 euros) como media, aunque hay quien llega tranquilamente a los 75.000 (57.750 euros) Y con esto aún no nos hemos acercado a los superhonorarios de las supercelebridades, sino que permanecemos en el nivel de los sobradamente preparados pero menos conocidos: por ejemplo un director ejecutivo de Greenpeace en Norteamérica, que pueda hablar de los retos del cambio climático. Las conferencias verdes han tenido un creciente predicamento en los últimos tiempos. Lógicamente todo el mundo prefería a Al Go- re, pero ante la imposibilidad de contar siempre con él había campo abonado y fértil para una amplia gama de conferenciantes tanto o más preparados, sólo que ligeramente menos famosos. Estos son las grandes víctimas de la actual crisis. El presupuesto para oírles hablar es de los primeros que caen bajo la tijera, entre otras cosas porque sus contratadores solían ser instituciones públicas obligadas ahora a la austeridad, o grandes empresas y corporaciones de Wall Street a las que ahora se exige que cancelen toda exhibición de lujo. Se acabaron los jet privados y los simposios que cuestan cientos de miles de dólares. Si nos ceñimos a las celebridades indiscutibles y verdaderas, no descienden las tarifas pero sí la frecuencia con que se les llama. Por ejemplo, la agencia que representa, entre otros, a Alan Greenspan, habla de un 20 por ciento menos de facturación. Bien es cierto que en el caso particular de Greenspan ha habido cierta pérdida de atractivo del conferenciante, antaño considerado infalible y hoy como uno de los coartífices del desastre financiero. En general se vuelve mucho más selectiva la paleta de las especialidades más solicitadas. La hegemonía de los conferenciantes sobre la lucha contra el cambio climático se ve ahora fuertemente desafiada por la de aquellos que pueden ilustrar a la audiencia sobre la transformación del mapa político de los Estados Unidos provocada por la victoria presidencial de Barack Obama. También hacen furor los análisis sobre las causas profundas de la crisis, cuanto más críticos con Wall Street, mejor.