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10- 11 D 7 LOS DOMINGOS DE REUTERS EPA Caroline Kennedy, hija de los míticos JFK y Jackie, el valor en alza de la familia. Arriba, a la derecha, en un mitin de apoyo a Obama al lado de De Niro. Junto a estas líneas, con seis años, de la mano de su madre en el funeral tras el asesinato de su padre: una imborrable imagen en la memoria de EE. UU. mucho más nutrido. Kerry, ex nuera del gobernador de Nueva York, Mario Cuomo- -que por cierto es quien tiene la última palabra para adjudicar el escaño de senadora de Hillary- -ha viajado por todo el mundo defendiendo la causa de los derechos humanos y es miembro de la cúpula de Amnistía Internacional. Robert F. Kennedy Jr. tuvo un debut tumultuoso en los asuntos públicos. En una de las condenas a trabajo comunitario que tuvo cumplir por sus trastadas de juventud empezó a colaborar con Riverkeeper, una asociación que lucha por mantener el río Hudson limpio de polución. Allí vio Robert júnior la luz de una vibrante carrera como defensor del medio ambiente, como abogado, como activista político, como comentarista mediático, como autor de libros, etc. Un agitador de auténtico lujo. En un primer momento se dijo de él que aspiraba a relevar a Hillary en el Senado si ésta ganaba las elecciones. Hace tiempo desmintió que mantuviera su interés en el puesto. Todos los Kennedy hacen piña ahora para que el trofeo vaya a Caroline. Tendrán sus diferencias internas, pero el mundo les conoce como un clan sin fisuras. El ecologista de la familia había convertido en algo así como la albacea pública de la memoria de su padre. Su condición oficiosa de princesa real da un relieve mágico a cualquier cosa que diga o haga. Esto es lo que ocurrió cuando en enero de 2008 publicó en The New York Times un artículo de opinión apoyando a Barack Obama. El artículo se titulaba Un presidente como mi padre Esta toma de partido prendió la mecha de la división: además de Caroline apoyaron a Obama el senador Ted Kennedy y un hijo de este, el congresista Patrick J. Kennedy. Mientras que el hijo de Robert Kennedy, Robert F. Kennedy Jr, y sus hermanas Kathleen y Mary Kerry se alinearon con Hillary Clinton. Y no renunciaron a este alinea- miento al conocer la posición de sus familiares. Era curioso analizar el reparto de fuerzas. A Obama le apoyaban la voz más ilustre de la saga, Ted, y la más novicia, Caroline, cuya experiencia política era y es nula. Mientras que sus primos, sobre todo Robert y Kerry, podían aportar un historial de activismo público Hasta hace poco nadie pensaba que a sweet Caroline Kennedy le interesara la política. Ahora se habla de ella para ocupar el sitio de Hillary Clinton en el Senado Todos los Kennedy hacen piña ahora para que el trofeo vaya a Caroline. Tendrán sus diferencias internas, pero el mundo les conoce como un clan sin fisuras El ascenso de Caroline puede ser entendido como el de la imagen sobre el contenido en el mito Kennedy: al fin y al cabo el único valor añadido claro de ella es ser no la sobrina ni la prima lejana ni la cuñada, sino la hija del amado presidente muerto. También se puede ver como la evolución de la dinastía hacia los tiempos modernos. No más líderes masculinos a la irlandesa, carismáticos pero irremediablemente golfos, siempre con algún escándalo que les cierra el paso a la gloria en el último minuto. Llega la hora de las mujeres, mucho más formales y serias, glamourosas pero sobradamente preparadas al fin. Los Kennedy ya van camino de ser las Kennedy. Hace tiempo que las damas de esta familia protegen con especial celo el uso de la marca por parte de sus descendientes. En Estados Unidos uno sólo tiene legalmente un apellido, el de su padre; el de la madre se pierde, a no ser que se incruste en forma de middle name (nombre de en medio o segundo nombre) Así por ejemplo los hijos de Caroline se llaman Kennedy Schlossberg y no Schlossberg Kennedy. También los vástagos de Kerry se llaman Kennedy Cuomo, y no al revés. Sin duda, una manera de marcar territorio.