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14 12 08 ACTUALIDAD Alexandros chico tímido, muy normal, en el lugar y momento equivocados POR BEGOÑA CASTIELLA CORRESPONSAL EN ATENAS n Grecia se celebra el día del santo, no los cumpleaños. Y se celebra con una invitación. El sábado pasado era la festividad de San Nicolás, patrón de los marinos, un santo muy querido en Grecia donde el nombre Nikólas, abreviado en Nikos, es muy corriente. Alexandros Grigorópoulos, de quince años, un chico normal de familia acomodada que salía los sábados con sus amigos, había quedado con sus dos mejores colegas en una zona próxima a la Universidad Politécnica de Atenas y cerca también del Museo Arqueológico Nacional. En Exárjia, un barrio céntrico de Atenas, lleno de estudiantes, de librerías, de casas editoriales, de puestos de venta de ropa étnica y de tiendas de ordenadores. Y también a rebosar de cafeterías, donde los estudiantes griegos pasan gran parte de sus días y sus noches. Un barrio no muy diferente de lo que podría ser Argüelles, en Madrid: de estudiantes, marcha y joven fauna urbana Alexandros (Alexis en familia y Gregory para los muy amigos) estaba sentado en una cafetería con sus dos mejores amigos de su antiguo colegio. Uno de ellos, Niko, era el que invitaba por su santo. Los tres habían planeado ir después al barrio de Kifisiá, de la acomodada zona norte de Atenas. Alexis vivía con su madre- -dueña de una joyería fundada por el abuelo en una de las más selectas zonas del centro de Atenas, cerca de la Plaza de la Constitución- con su hermana mayor y su abuela en un coqueto piso de la zona residencial de Psijicó, al norte de la capital. Una zona privilegiada con varios colegios privados de prestigio, entre ellos el Moraíti, del que Alexandros fue alumno desde el jardín de infancia hasta junio pasado. Del padre nadie habla, pero se sabe que es ingeniero, y que trabaja haciendo informes inmobiliarios en un banco. Hace ya mucho tiempo que se divor- Un chico bien en el lugar equivocado Alexandros Grigoropoulos, estudiante griego de 15 años a quien mató la Policía tras una riña verbal, no era un anarquista ni un antisistema. Era un E 32.000 fans en Facebook La fama después de la muerte. Seguramente, Alexandros Grigoropoulos nunca pensó ni en una cosa ni en la otra. En la página abierta en su memoria en Facebook, la primera red social del mundo, sumaba a media tarde del viernes 32.000 apoyos, y creciendo, además de casi tres mil comentarios, fotos y vídeos. Una memoria que estuvo también en la Prensa, donde sus amigos han publicado una carta abierta que reza: No nos lancéis bombas lacrimógenas, nosotros ya lloramos solos... No somos los conocidos desconocidos no somos los encapuchados... somos vuestros hijos. Tenemos sueños, no los matéis. Acordaros, hace tiempo vosotros también erais jóvenes. Ahora perseguís el dinero, habéis engordado, os habéis quedado calvos, habéis olvidado. Esperábamos que nos apoyarais. Inútilmente. Vivís unas vidas falsas, habéis bajado la cabeza y esperáis que os llegue la muerte. No tenéis fantasía, no os enamoráis. Todo material. Sin amor. ¿Dónde están los padres? ¿Dónde están los artistas? ¿Porque no salís a protegernos? Nos matan. Ayudadnos... ció el matrimonio. El chico era reservado y cariñoso. Había cambiado de escuela en septiembre. Se había matriculado en el colegio Othisi (Empuje) en el que le obligaban a más horas de estudio intensivo. No era empollón ni muy buen estudiante, pero su comportamiento fue siempre excelente. Sus amigos cuentan que desde que cambió de colegio se había vuelto más serio, más responsable y estudioso, aunque no por eso dejaba de seguir viéndose con sus colegas de siempre, con quienes quedaba para salir por la noche. Nunca había manifestado un interés particular por los movimientos anarquistas o antimundialistas ni por las tanganas de protesta. Le gustaban los Scorpions (un heavy bastante suave) practicar skateboard las cafeterías Starbucks, tocar la guitarra y ensayar canciones con su grupo. En la zona de Exárjia, donde había quedado con sus amigos aquel fatídico sábado 6 de diciembre, suelen estar apostados un coche patrulla y un vehículo de transporte de la Policía. Por allí pasan muchos estudiantes, anarquistas alternativos y diversos ejemplares de variada jungla urbana (incluidos drogadictos y sin techo A menudo se producen intercambios de insultos entre jóvenes y agentes del orden que acaban en alguna que otra persecución. Los policías ya hace años que prefieren no bajar del coche ni patrullar a pie por la zona. La noche del sábado había empezado como cualquier otra, con buen tiempo y mucha gente en las terrazas. Entonces un par de chiquillos de 15 y 16 años sentados en una de Los policías no bajaban del coche Nunca había manifestado un interés particular por los movimientos anarquistas o antisistema. Vivía en una zona rica en la que hay varios colegios privados de prestigio las terrazas arrojaron dos botellines de agua y un cenicero al coche patrulla. ¿Qué hubo entre aquellos críos y los agentes del orden? Posiblemente un cruce verbal en el que se dijeron unas cuantas barbaridades, nada del otro mundo en un país tan visceral como Grecia donde los conductores se lanzan los más altisonantes insultos por un pequeño frenazo. El caso es que uno de los agentes acabó bajando del coche para regresar después con su compañero Epaminondas Korkoneas, de treinta y siete años, padre de tres hijos pequeños y miembro de las denominadas fuerzas de seguridad cuerpo formado por agentes entrenados en el ejército y que apenas reciben dos meses de formación policial antes de patrullar las calles. A Korkoneas le llamaban Rambo por su tamaño y actitud. Hay distintas versiones de lo que ocurrió: que si los chicos siguieron provocando... que si ame-