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4- 5 D 7 LOS DOMINGOS DE ¡Alfonso, dales caña! La licencia para insultar parece incluida en todos los carnés políticos, pero la izquierda la ha utilizado con más desparpajo. Las invectivas de Alfonso Guerra están ya en un plano histórico POR BLANCA TORQUEMADA uando Sigmund Freud acuñó aquello de que el primer humano que insultó a su enemigo en vez de tirarle una piedra fundó la civilización no estaba levantando un monumento a los especialistas en palabras hirientes, pues ese aserto, ingenioso en clave de explicación evolutiva (aplicable a trogloditas) no sirve para los hombres públicos de hoy, tan aficionados a los garrotazos verbales. Falta ahora el teórico de un estrato superior de civilización en el que el razonamiento, o al menos la ironía fina, reemplacen al insulto de brocha gorda, asignatura pendiente de la democracia española ya desde los tiempos de la Transición. La licencia para insultar parece incluida en todos los carnés políticos, pero la izquierda la ha venido utilizando con más desparpajo. Sin complejos, emboscada en una pretendida superioridad moral entendida como patente de corso en demasiadas ocasiones. Hasta el punto de que el superviviente Alfonso Guerra, hoy presidente de la Comisión Constitucional del Congreso, ha logrado colocar muchas de sus afamadas invectivas en un C plano ya histórico, en la hornacina de lo intocable, gracias su habilidad para dosificarlas y a un cierto talento ponzoñoso para formularlas desde una supuesta solidez intelectual tan indiscutida como discutible. Al menos en opinión de Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, para quien Guerra era un simulador de cultura La infinita capacidad de zaherir demostrada por quien fue número dos del PSOE tanto desde la oposición (1977- 1982) como desde el Gobierno (1982- 1991) marcó una época. O varias, presididas todas ellas por el hambre de los asistentes a los mítines socialistas, que le jaleaban: ¡Alfonso, dales caña! Y él procedía, ya fuera en la tribuna de una plaza de toros, en charlas con simpatizantes o en declaraciones a los periodistas. Así alumbró su tríada de frases antológicas A España no la va a reconocer ni la madre que la parió tras la primera victoria electoral socialista, Montesquieu ha muerto y El que se mueve no sale en la foto y, como complemento, un nutrido catálogo de insultos. Ya abrió fuego en plena Transición cuando llamó a Adolfo Suárez tahúr del Mississipi época en la que dijo también de él que si Pavía volviera a entrar a caballo en el Congreso, se subiría a su grupa. Con Suárez, Guerra abrió la veda de los insultos a los líderes del centro- derecha. A Leopoldo Calvo Sotelo le llamó marmolillo de calle peatonal y de Aznar, al que motejó como José María el Tempranillo dijo también que era un híbrido entre Onésimo Redondo y Escrivá de Balaguer Con estos resabios, ponía en escena lo que en pleno auge del felipismo el entonces líder del PSC, Raimon Obiols, definió como dualidad necesaria El número dos del PSOE se reservaba el papel de azote de fascistas mientras González, al frente de Gobierno, trataba de preservar su imagen con pronunciamientos más moderados. Un andamiaje que ha creado escuela (de ahí el tándem José Luis Rodríguez Zapatero- José Blanco) pero que en su reedición carece de la pátina histórica de Suresnes y del barniz de las citas eruditas de Antonio Machado. Así, con presuntas credenciales de político leído, se permitió Guerra llamar liendre con gafas a Jorge Verstrynge, monja alférez a Loyola de Palacio o Carlos II vestido de Mariquita Pérez a Soledad Becerril. Pero Felipe González no supo permanecer siempre en la trinchera de la contención y se subió también al carro del insulto ocasionalmente: en el más llamativo, disparó a dos bandas Anguita y Aznar son la misma mierda Como ex presidente, también se le ha soltado la lengua: no fue elegante su alusión a Mariano Rajoy en la última campaña electoral, cuando dijo que sólo se le entenderá cuando se saque los fideos de la boca Fuera de primera línea (genio y figura) Alfonso Guerra tampoco ha bajado la guardia, por mucho que su figura esté ahora preservada por su calidad de supuesto guardián de las esencias jacobinas del PSOE. Así, en la última campaña electoral ha dicho que los dirigentes del PP son una partida de mentirosos genéticos Y hace unos años dedicó a Rajoy el atributo de mariposón exceso que fue reprobado por colectivos de gays y lesbianas y que él trató de justificar en que se refería a que va de flor en flor y cambia de ideas. También tiene ya larga tradición el insulto sin fronteras. Y si levanto ampollas José Bono cuando soltó que Tony Blair es un gilipollas integral desliz cazado por un micrófono abierto, ya Alfonso Guerra había dicho públicamente años antes que Jimmy Carter era un asesino y un pistolero Pero la nómina de denuestos de Bono (muy reducida, por ahora) es de otro estilo, de petit comité Por eso el presidente del Congreso volvió a resbalar, sin reparar en los artilugios de grabación, y se le captó en lo de los de los partidos propios son unos hijos de puta a cuento de la polémica por la placa de la Madre Maravillas. Pero, ¿qué ocurría durante la Transición y el felipismo mientras la izquierda insultaba? Que la derecha también lo hacía, pero sólo con la infantería, pues la destemplanza de Manuel Fraga, contundente en lo genérico, raramente entraba en lo personal. Así que esa labor de zapa la asumió el diputado Luis Ramallo durante varias legislaturas, mientras los líderes del PP, desbarrasen o no en sus pronunciamientos públicos, raramente incurrían en los apelativos desdeñosos. ¿Cuestión de reflejos, de educación o de complejos? También Felipe Del marmolillo al mariposón Ni la madre que la parió Guerra se permitió llamar liendre con gafas a Jorge Verstrynge, monja alférez a Loyola de Palacio o Carlos II vestido de Mariquita Pérez a Soledad Becerril Insultos sin fronteras Felipe González, Alfonso Guerra y Manuel Fraga. Guerra fue el poli malo en los tiempos del felipismo CH. BARROSO K. RANGEL J. GARCÍA