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22- 23 D 7 LOS DOMINGOS DE Douglas Fairbanks y Buster Keaton, los antiguos films de Ince, Lubitsch y Vidor, y el esfuerzo de algunos precursores cinematográficos, que, en unos metros de cinta introducían más innovaciones que muchos de nuestros actuales genios en varios kilómetros de negativo. Dispongámonos, por tanto a dar el adiós al cine mudo. Para hacerlo, podíamos escribir unas cuantas páginas líricas. Hablar de los recuerdos de nuestra niñez, de las antiguas barracas y de sus cartelones chillones, de los románticos héroes del Oeste y de la zozobra que producían en nuestro ánimo las interrumpidas series de aventuras. Hablar, en fin, de todas aquellas cosas, ya desaparecidas y remotas, que formaron el ambiente de nuestra infancia. Pero no lo hacemos. No nos ocupamos de nada de esto, porque, en verdad, no pasa de ser literatura. Literatura que, si nos descuidábamos un poco, podía resultar hasta cursi. Y nosotros, en contra de la opinión de los productores, tenemos demasiado buen concepto del cine mudo para exponerle a correr ese riesgo. Por esto, en vez de terminar el artículo con una estéril lamentación, lo terminamos rogando a los distribuidores de películas extranjeras que aún tengan en su poder algún buen film silencioso, que no olviden, aunque sólo sea por una vez, que el cine, además de ser industria, es arte. Si en realidad no logran olvidarse de esto, tenemos la seguridad de que dejarán en España esas películas que, si bien es verdad no han de proporcionarles el dinero que las actuales bandas parlantes, les conservarán un prestigio que cada día se aleja más de ellos. El cine como arte En Tiempos modernos (1935) Chaplin reivindicaba el cine mudo, pese a las concesiones al sonoro que tiene el filme que no saben qué hacer con los millones y millones de metros de celuloide que les devuelven. ¿En qué emplearemos el celuloide que impresionamos sin ruidos? se preguntan los productores cinematográficos, especialmente los de Hollywood. Cualquier cosa menos intentar explotarlos piensan, sin duda. Las películas se hacen viejas a los pocos años, y el público las rechaza. Lo más que pueden hacer, por tanto, es guardar una sola copia de los films más famosos- -no de los mejores- -en el más apartado rincón de los almacenes. ¿Y las demás copias? Las demás copias las venden al peso o las emplean para alimentar hogueras monumentales. Pero, si se tomaran la molestia, en esos rollos de celuloide encontrarían las primeras películas de Griffith, los grandes triunfos de En la otra página, David Wark Griffith, uno de los maestros del cine mudo. Sólo realizó dos películas sonoras como director. A la izquierda Buster Keaton en una de las secuencias más recordadas de El maquinista de La General Junto a estas líneas, una imagen de Al Jolson en El cantor de jazz primera película con diálogos sonoros. En ella se utilizó el sistema vitaphone (grabación de sonido sobre un disco) que posteriormente fue descartado por la industria