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7 12 08 ACTUALIDAD José y Mari Carmen, hermanos de Rosario, con el alcalde y el presidente de la Diputación en la concentración de Ponte CaldelasÓ. C. Vivir con un verdugo Era la maldad en persona Manuel Couto Buceta en el salón de su casa. Tras él, las fotos de sus hermanas (Viene de la página anterior) ÓSCAR CORRAL guise, en Lanzarote, fue cesado justo después de que el 29 de noviembre de 1997 dos delincuentes menores se fugasen serrando los barrotes. Ella fue a recoger a su galán como hacía siempre, y los dos tomaron rumbo a Tourón, en Ponte Caldelas, donde moraban juntos. El sábado, antes de la hora fijada para el regreso al presidio, Maximino pidió a su novia las llaves del cuarto de las herramientas, porque quería el taladro. Ella se negó. Sospechaba. Él, -así lo declaró- la agarró y la tiró con tanta fuerza que se clavó la cabeza con un pico de obra, y agonizó. La interpretación no encaja con la tesis de la Guardia Civil y la autopsia, que da cuenta de muchos más golpes. Muerta su compañera, a la que quería muchísimo reconoció, tenía su vida arruinada y se propuso hacer más daño. Se fue, presuroso, al hogar del médico Ángel Echeverri, del Complejo Hospitalario de Pontevedra (CHOP) El galeno, para el que trabajó Herminia, estaba ausente. Máximo, como creía no tener prohibida ninguna apetencia, guió sus pasos, ensangrentado y con un cuchillo enorme, a la vivienda de Concepción. La apuñaló por unas palabras que ella dijo a la televisión cuando se celebró el juicio que lo encerró. Su marido, Francisco, se echó sobre él para defenderla. Y recibió cuchilladas graves. El novio de su hija menor evitó una tragedia mayor. A por él, no iba admitiría con posterioridad Couto Durán. En el domicilio de su ex mujer no halló tampoco a nadie. Falló la pulsera GPS. Forzó la puerta, robó otros cuatro cuchillos, revolvió las camas y echó una ojeada en los armarios. Ni rastro. Al contrario que en la buhardilla, donde se refugiaba, presa del pánico, una familia de rumanos que hace ocho meses alquiló el ático a Maximino. Cuatro niñas, un bebé y tres mujeres adultas estaban allí. Lo vimos, sanguinolento precisaron. Al poco, se personaron las fuerzas de seguridad. ¡Disparadme si hay güevos! El recluso, cual bestia, hirió con una de sus dagas jamoneras a P. B. Policía Nacional de 33 años, que lleva una década en el cuerpo. Quería clavársela en el abdomen, pero la esquivó y se hirió el antebrazo. No se sabe si sufrirá una minusvalía. ¡Disparadme si hay güevos! repetía el malhechor, hasta que desembuchó y aceptó sus crímenes. No estaba fabulando. Luego intentó herir a otro agente más, y en el coche patrulla causó destrozos. Por su ferocidad y sangre fría, muchos que otrora eran sus amigos lo llaman alimaña En su testimonio matizó que se habría ido contento a su confinamiento, si le hubiese dado tiempo a cepillarse al doctor al abogado de su ex mujer, Celestino Barros, al cabo José Fernández, que lo detuvo en 2004; y a su ex mujer. Su hijo Manuel Couto rescató otra de las aciagas profecías de su padre ante el juzgado. Dijo que él no se iba a suicidar hasta matarnos a todos; que si no podía salir de entre rejas, pagaría a alguien para que lo hiciese. Desde luego, no se suicidará En prisión eran vox populi sus ansias de venganza contra los que figuraban en su lista negra a los que acusaba de robarle (el dinero le obsesiona) o de destrozarle la vida. Era antisocial, tomaba antidepresivos suaves, se negó a seguir un programa voluntario para maltratadores; y quebrantó la orden de alejamiento por 15 años de Herminia Buceta el 21 de diciembre de 2005 y el 23 de enero de 2006. Con Rosario Peso era correcto. Ella, de 57 años, era empleada de la limpieza en el Hospital Montecelo. Enviudó hace años, y fue maltratada. No tenía hijos. Sus hermanos, José y Mari Carmen, que el miércoles portaron la pancarta contra la violencia de género en la Alameda de Ponte Caldelas, al lado del alcalde, Perfecto Rodríguez, y el presidente de la Diputación Provincial, Rafael Louzán, puntualizaron que él la había alejado de los suyos. A nadie le parecía trigo limpio este verdugo sin medias tintas que, como J. M. G. O, -el preso de 44 años que el 5 de enero de 2006 apuñaló de muerte en Palma a su esposa de 28 en plena calle tras la Cabalgata de Reyes y delante de sus hijos menores- aprovechó un permiso para perpetrar su ajuste de cuentas Ana Míguez, de la asociación feminista Alecrín, opina que en A Lama el tercer grado penitenciario se da de forma muy sencilla y Xosé Freire y Marcos Castro, del Sindicato Unificado de Policía, confirman que Maximino Couto, desde la prisión, seguía apercibiendo a todos sus torturados. Primar la reinserción más que la seguridad de las víctimas es, a veces, un experimento indecente concluyen. En Boiro (La Coruña) M Luisa Rodríguez está angustiada. Su maltratador sale el próximo día 10. Ella quiere que se legisle bien, pero no a costa de más atrocidades.