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14- 15 D 7 LOS DOMINGOS DE ÁNGEL CÓRDOBA do el peligro, la urbe recobra su esplendor con las obras de la catedral románica mientras sus obispos reclutan soldados, construyen barcos y organizan la defensa de la región. Con la extensión de sus poderes y su inclinación a las armas, los mitrados gallegos recrean ahora la imagen de Santiago caballero o Matamoros que se difunde en las crónicas a partir del siglo xi, y que encuentra su representación más antigua en el tímpano de la catedral, en el brazo meridional del crucero. Esta visión del apóstol comprometido activamente en la lucha contra los infieles debe mucho a la fértil imaginación del arzobispo Rodrigo Ximénez de Rada, el primero en incluir en su Historia de los hechos sucedidos en España la legendaria batalla de Clavijo. Del latín del arzobispo de Toledo pasaría más tarde al castellano de Alfonso X en la Primera crónica general de España, reflejando una vez más que en el amanecer de la historiografía española se funde lo pasado y lo presente, lo maravilloso y lo cotidiano, lo real y lo irreal, la Biblia y los cantares de gesta: También el apóstol Santiago fue con ellos, tal como les prometiera, y esforzábalos a la batalla, y hería él mismo muy de recio a los moros, de modo que a ellos semejaba... Los moros fueron luego vencidos; y murieron allí bien setenta mil veces mil de ellos, como cuenta la historia. Y de los otros que escaparon, huyeron todos los que pudieron huir. Hay batallas imaginarias que son materia de esa parte del sueño que nutre la memoria colectiva de los pueblos. Como la ilusoria batalla de Calatañazor, que suscita sus apariciones de estandartes y añafiles y paramentos y escudos a unos cuantos kilómetros de Soria y, no obstante, vive sólo en una esfera puramente mental. Del mismo modo la batalla de Clavijo y la invocación al apóstol Santiago, perseverante en las arengas militares como talismán de la victoria, refulgente en las páginas de Gonzalo de Berceo o en los relatos de los cronistas de Indias. Todo está aquí, aquí dormido, en Santiago de Compostela: el relinchar de caballos y el chocar de lanzas y armaduras, los nobles soberbios y los caballeros del Turpín, que quieren emular las famosas gestas del ejército de Carlomagno bajo la protección del apóstol, los obispos de báculo y espada y los orondos canónigos del grano feudal, los gremios de artesanos y los músicos, los cambiadores y las meretrices, los vendedores de conchas y los taberneros, los juglares que dan un no se qué de misterio y melancolía a la noche y las pálidas doncellas salidas del cuadro de un pintor flamenco, envueltas en una dulcísima niebla o música que duerme en el regazo de los siglos. Todo gravita en torno a la catedral, en este lugar encantado donde la memoria ni se hace oscuro sueño ni se desvanece. Y está aquí, sobre todo, aquel peregrino que el arcipreste de Hita inmortaliza en el castellano severo, altivo, grave y sonoro del siglo xiv: Santiago, que no podía aspirar más que a ser la tercera meta del peregrinaje cristiano medieval junto a Palestina y Roma, pronto las igualaría gracias al rango adjudicado al apóstol en el escalafón santoral, a la exaltación producida en Europa por la continua cruzada de los reinos peninsulares contra el islam y, sobre todo, a causa del grave impedimento que el cisma de Oriente y las guerras suponían para los viajes a Tierra Santa. Las primeras noticias del Camino de Santiago (siglo x) hablan de un pasillo por los abruptos pasos de montaña de Guipúzcoa, Vizcaya, Asturias y Oviedo, que evitaba los peligros de la aceifas islámicas de la llanada alavesa y el norte de Burgos. A medida que prospera la Reconquista y el fortalecimiento del valle del Ebro y Castilla, los ca- Hay batallas imaginarias que son materia de esa parte del sueño que nutre la memoria colectiva de los pueblos. Como la ilusoria batalla de Calatañazor o la de Clavijo Santiago, que no podía aspirar más que a ser la tercera meta del peregrinaje cristiano junto a Palestina y Roma, pronto las igualaría gracias al rango adjudicado al apóstol minos se desplazan hacia el sur. Vuelven a enlazar con la vieja vía romana en Clunia y, ya en el primer tercio del siglo xi, gracias a las repoblaciones de Sancho el Mayor en Logroño y Nájera, se restablece la antigua comunicación entre el valle del Ebro y Briviesca, para culminar con un nuevo salto merced a los trabajos piadosos de santo Domingo y san Lesmes en La Calzada y Burgos respectivamente. El camino de Santiago, descrito con pormenor en la Guía del peregrino por el monje Aymeric Picaud, queda configurado ya en el siglo xii. Y aunque los peregrinos abundaron en las antiguas calzadas romanas a lo largo de la ruta descrita por este monje francés en el Códice calixtino, no faltaron tampoco las vías marítimas, sobre todo desde el norte de Europa- Inglaterra, Irlanda, Noruega- y sur de Francia, que tendrían su última meta en Padrón y La Coruña. Así, el irónico comerciante de ilusiones Chaucer, autor de los Cuentos de Canterbury, puede recordarnos que los mercaderes aventureros de Bristol y el gremio de vinateros de Londres amasaban fortunas con la importación de vinos y la exportación de paños, al tiempo que utilizaban sus barcos para el transporte de peregrinos. Y William Wey, un peregrino inglés del siglo xv, puede contar en el puerto de La Coruña ochenta y cuatro barcos de peregrinos de todas las naciones del norte.