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20- 21 D 7 LOS DOMINGOS DE LO PENSARÉ MAÑANA El camelo identitario POR E. RODRÍGUEZ MARCHANTE leva razón Carod Rovira, hay que abrir muchas más embajadas catalanas por el mundo para que así la realidad catalana se pueda ver tal y como se quiere, o quiera. Porque las dos últimas visiones que de Cataluña nos han ofrecido los ojos extranjeros no han sido satisfactorias, al menos para el mundo nacionalista. La mirada severa y certera del semanario The Economist, que le ha sentado al Gobierno catalán como un partido de tenis después de una buena fabada, y la otra, la de Woody Allen en su película Vicky L Cristina Barcelona que era todo lo contrario: ligerísima y transparente como el agua embotellada. Francamente, no hay derecho a que revistas prestigiosas y rigurosas, como The Economist, o finos intelectuales con ojo de lince para la observación y percepción de los vicios y virtudes del ser humano, como Woody Allen, pisoteen alegremente décadas de trabajos y maquinaciones. Son muchos, miles, los políticos, intelectuales y notables del tejido social y económico los que aquí en Cataluña se han dedicado en cuerpo y alma a sacar con pinzas una identidad (sé que es absurdo lo que voy a decir, pero el término identitario que no se le cae de la boca a todo aquel que le pongan un micrófono delante, no existe en el diccionario) un tejido propio e inconfundible que los haga merecedores de, pongamos por caso, embajadas propias por el mundo. Los rigurosos periodistas de The Economist sólo necesitaron cuatro días para elaborar ese informe tan perjudicial para los intereses del nacionalismo catalán. En ese tiempo, entre otras cosas, advirtieron que los colegios en Cataluña no les permiten a sus alumnos estudiar en castellano, lengua (co) oficial del país; o sea, que está prohibido, no por ley (todavía) pero sí de hecho. Entiendo el cabreo de los políticos tripartitos, o más, al ver esa imagen de la Cataluña intransigente que están construyendo reflejada en una publicación importante, pero no es comparable al cabreo de miles de padres obligados a escolarizar a sus hijos en una lengua que no es la de casa, porque Cataluña está llena de casas en las que el idioma es también oficial, o sea, el castellano. Y Woody Allen, otrosí: se pasa por aquí medio año y lo único identitario que ve útil para poner en su película es un chiste sobre la identidad catalana ¿cóooomo? que viene a estudiar una de sus protagonistas, una joven americana. El resto de guiños en la película es a lo catalán lo que una ristra de ajos al castillo de Drácula: guitarra flamenca, machote español, juerga, gitanerío y mucha bronca en español y en inglés. ¿Qué se podía hacer con todo eso? pues doblarlo al catalán. Por consiguiente, como decía Felipe, hace falta lo que dice Carod Rovira, muchas más embajadas identitarias por el mundo y mucho más doblaje de películas: que doblen ahora Mogambo TIRA Y AFLOJA Por César Oroz NO SIEMPRE ES DOMINGO La dignidad de la persona POR XAVIER PERICAY igo con verdadero interés el último rifirrafe entre la Comunidad de Madrid y su Ayuntamiento. Ya saben, lo del hombre anuncio. Y más desde que el hombre de la presidenta, Ignacio González, ha calificado de arbitraria, intervencionista e invasora de competencias la nueva ordenanza de publicidad exterior impulsada por la mujer del alcalde, Ana Botella, y ha amenazado con llevar la Corporación a los tribunales. (Y conste que, en la frase anterior, los términos hombre y mujer no S cumplen otra función que la de anunciar el sexo de cada cual, por lo que muy bien podríamos estar, gramaticalmente hablando, ante un hombre anuncio y una mujer anuncio. Como es natural, lo que me interesa del rifirrafe no es tanto el enfrentamiento institucional como la suerte de un colectivo, por modesto que sea, cuyo oficio pende de un hilo normativo. De ahí que no pueda por menos que suscribir la postura del Gobierno regional, que antepone el derecho al ejercicio de una actividad laboral, libremente desempeñada, a cualquier otra consideración. Y, sobre todo, cuando la consideración en que se sustenta la cláusula prohibicionista es la necesidad de defender la dignidad de la persona Yo no sé, francamente, qué hay de indigno en pasear por la calle emparedado entre dos tableros en los que se anuncian, por ejemplo, casas de empeños. La misma indignidad, supongo, que puede haber en repartir octavillas a la salida del metro con la dirección y los precios de ciertos tugurios donde, según dicen, dan de comer. O en obsequiar a los viandantes, cual una verdadera Martina patina con un reclamo de una multinacional alimenticia. O en vestirse, en fin, de Papá Noel para repartir, entre el personal callejero, y en especial entre los más pequeños, propaganda de unos grandes almacenes. En este sentido, si lo que se pretende es regular la exhibición de cuanta publicidad exterior atenta contra la dignidad de la persona, no veo por qué el Ayuntamiento de Madrid no incluye en la nómina prohibicionista esos afiches gigantes que pueblan nuestras ciudades y en los que se exhiben hombres y mujeres en la más fina de las lencerías, para vergüenza de quienes no poseemos semejantes cuerpazos. O, ya puestos, por qué no impide que las vallas publicitarias del municipio estén repletas de estrellas del deporte o del espectáculo- -lo que viene a ser lo mismo- prestas a asociar su imagen a cualquier producto mientras les paguen por ello. Aunque mucho me temo que, en este terreno, la máxima indignidad no es ninguna de las anteriores, sino la de esos políticos que, en vísperas de elecciones, estampan su cara en todo tipo de soporte para vendernos unas promesas que saben a ciencia cierta que no cumplirán.